Una huelga que terminó entre insultos y ánimos caldeados

El grupo más duro de manifestantes tardó cuatro horas en acatar el decreto del gobernador y se mostró reacio a abandonar la protesta.

"Ya está muchachos, perdimos. Recuerden que fueron los del Comando los que rompieron nuestra lucha, no nos olvidemos lo que son", dice el sargento que durante toda la tarde habló con el rostro cubierto por un pasamontañas. Era cerca de las 20.30 y el ala más radical de los efectivos que se había declarado en huelga deponía su actitud. Atrás habían quedado cuatro horas de tensión y hasta insultos al abogado Luis Tomasevich (vocero de los uniformados durante el conflicto), que llegó hasta allí con el decreto del gobernador disponiendo el aumento salarial en la mano y se tuvo que ir en medio de insultos y escupitajos.

Así terminó una huelga que durante cuatro días mantuvo en vilo a los rosarinos. El último bastión de la resistencia policial en caer fue el que bloqueaba los ingresos a la Jefatura de Ovidio Lagos al 5200. Estaba compuesto por unas 200 personas que habían rodeado el edificio e instalado estratégicos piquetes en los cinco accesos que tiene a lo largo de la manzana que ocupa.

Tomasevich llegó al lugar veinte minutos después de la 18 e intentó en vano explicar los alcances del decreto firmado por el gobernador. "¡Viejo traidor, nos vendiste!", le gritó un efectivo que con el rostro cubierto se le paró a centímetros en actitud desafiante.

El abogado intentó seguir explicando lo dispuesto por Antonio Bonfatti pero fue imposible. Rodeado por un centenar de personas que empezó a gritar "No nos vamos nada", tuvo que retirarse del lugar y dejar los ánimos bastante caldeados.

A partir de allí empezaron a surgir distintos líderes de la protesta, la mayoría encapuchados, que arengaban al resto a no bajar los brazos e impedir "cueste lo que cueste" la salida de los móviles.

Diálogos truncos. Desde el momento en que Bonfatti firmó el decreto no fueron pocas las veces que salieron desde el interior de Jefatura varios comisarios a intentar hacer deponer la actitud de sus subalternos. Y en esas conversaciones surgieron entredichos donde la obediencia y el respeto a la cadena de mando quedaron en el olvido. Es más, casi se trenzan a las trompadas tras recordarse algunas sanciones del pasado.

El grupo de manifestantes fue bastante heterogéneo. Estaban los encapuchados (ala dura que se encargaba de remarcarle a los fotógrafos la poca conveniencia de tomar imágenes), las mujeres y los hijos de los policías y efectivos que ya no forman parte de la fuerza.

Entre este último grupo sobresalía Mauricio Casco, un suboficial al que le abrieron un sumario en 2010 por una gresca con su cuñado, que fue sobreseído por la Justicia y que clamaba por su reincorporación.

A unos metros, otro suboficial se quebró en llanto mientras mostraba su recibo de sueldo. "¿Podés creer que me paguen cuatro pesos por mi hija?, ¿cómo hago para mantener a mi familia?", se preguntaba.

A su lado, otro suboficial no dudó y sacó su recibo de haberes. Estaba intacto, sin descuentos, con siete años de antigüedad cobraba por todo concepto 5.900 pesos.

Corrieron las horas y la protesta se fue desactivando. Cada vez eran menos los que rodeaban a la Jefatura mientras el barrio retomaba su ritmo habitual. Por Francia, una familia tomaba mates en la vereda y unos pibes jugaban a la pelota en el cantero central a metros de cuatro policías encapuchados que arrojaban cubiertas para avivar el fuego de un piquete.

Minutos después de las 20 los primeros móviles del Comando salieron a la calle. Era el final de la protesta. El grupo más radical comprendió que ya no se podía seguir adelante con la huelga. "Ya está muchachos, perdimos", dijo el suboficial del pasamontañas. Aplaudió la lucha, se saludó con algunos y partió.

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