Un hospital inaugurado a la fuerza

Un hospital inaugurado a la fuerza
Hace 73 años, el único médico del territorio del Neuquén, Eduardo Castro Rendón, junto al enfermero Oscar Arabarco pusieron en funcionamiento las instalaciones del primer hospital de la provincia.

“Vamos a poner a funcionar el hospital”, convocó Eduardo Castro Rendón a sus colaboradores y enfermos que por ese entonces permanecían en la vieja sala de primeros auxilios, ubicada en 12 de Septiembre y Láinez.

Sin dudar, todos siguieron al médico. Levantaron los colchones y demás cosas y caminaron hasta Talero y Buenos Aires para poner en funcionamiento el primer hospital de la provincia el 14 de abril de 1940, aunque el edificio ya estaba terminado.

Ya desde su llegada a la ciudad, en 1926, Castro Rendón había visto la necesidad de que Neuquén tuviera un establecimiento sanitario. Y desde entonces hizo las gestiones necesarias para su creación.

Él fue el que eligió el lugar donde construirlo y sabía las necesidades de la población. Pero la burocracia se demoró más de lo que un médico que luchaba por la salud de sus pacientes podía esperar, y fue por eso que antes de que le dieran la apertura oficial desde Buenos Aires decidió mudar las cosas por sus propios medios y estrenar los flamantes servicios.

Por ese entonces la ciudad tenía 5 mil habitantes, ascendía a 53 mil en toda la provincia y contaba con alrededor de 12 médicos.

“El lugar donde trabajaba mi padre era completamente paupérrimo y desde que llegó a Neuquén empezó a luchar por un hospital”, recordó Inés Castro, una de las hijas del médico, en diálogo con La Mañana de Neuquén. La mujer, que por aquel entonces tenía 5 años, aseguró que su padre “ya había acumulado enfermos como para llenar ese hospital y por eso fue a abrirlo”.

Amante de su profesión, tenaz y trabajador, Eduardo Castro Rendón defendió las instalaciones con el acompañamiento de la sociedad que lo conocía y respetaba.

El médico Víctor Peláez, quien trabajó en el hospital años más tarde, aseguró que Castro tomó esa decisión ante el rumor de que el Comando del Ejército miraba “con cierta codicia” el nuevo edificio.

“Ese hospital estaba hecho a pulmón por mi padre, luchando para que eso se haga y controlando todo para que no pongan otra cosa. Era una construcción destinada a un hospital”, afirmó Inés, quien describió a su padre como un hombre “muy inteligente y capaz”.

“Mi padre dio todo por su profesión, fue eso lo que quiso ser y lo fue. Brindó todo su esfuerzo para curar, para aliviar y acompañar en la enfermedad. Lo que más pudiera hacer por ese paciente él lo iba a hacer”, enfatizó Inés, mientras señalaba en su pared una conocida fotografía que tiene encuadrada, donde se ve a su padre atendiendo a un hombre.

Entre los recuerdos surgió el nombre de Oscar Arabarco, el primer enfermero que acompañó codo a codo el trabajo de Castro Rendón.

“Arabarco era muy sobresaliente en su desempeño, él se destacó y era muy apreciado en la ciudad y por mi padre quien lo mandó a estudiar a Buenos Aires. Comenzó manejando el Ford que oficiaba de ambulancia y terminó ayudando a operar”, recordó Inés.

Las flamantes instalaciones eran muy distintas a la vieja casa alquilada de la calle Láinez. “Acá (por el nuevo edificio) era otra cosa, había internación, había higiene. Allá cuando operaban tenían que poner sábanas tapando el cielorraso porque con el viento se venia abajo todo el polvo, iluminaban una operación con un sol de noche. En el nuevo edificio había electricidad, quirófano, era un hospital que diseñó mi padre que sabía las necesidades, había camas para internación, consultorios para atender, comenzaron a atender otras especialidades y vinieron otros médicos”, remarcó.

Según indica un cartel instalado en Santa Fe y Talero, en 1940 el hospital contaba con 30 camas de internación, consultorios, guardia, sala de partos y quirófano.

“La construcción finalizó y no me lo entregaban porque faltaba la puerta que debía comunicar un consultorio con otro y la Dirección Nacional de Arquitectura no autorizaba su entrega. Así que un domingo, como teníamos mucha necesidad de trasladar la asistencia pública lo tomamos un poco a la fuerza, pero no quedaba otra. O sea que el hospital nunca me fue entregado oficialmente", rememora el cartel, sobre los dichos del propio Castro Rendón.

Inés deslizó que su padre era "ingenioso" para todo.

"Una vez, una señora llegó en búsqueda de ayuda porque su mamá estaba enferma y no sabían lo que tenía porque era muy pudorosa y no quería que la vieran. Mi padre la atendió, salió de la habitación y le detalló a su hija cuál era el diagnóstico, a lo que la señora no entendía cómo había podido hacerlo. Entonces él saca de su maletín una muñeca y cuenta que sobre la muñeca le fue preguntando a la enferma dónde le dolía. Tenía recursos para eso, para los niños tenía una paciencia infinita, y un gran sentido del humor", relató.

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