La titular del Cucai de Neuquén, la médica Andrea Faynblock, no sabe si seguirá en ese cargo. Es más: un funcionario nacional le sugirió que renunciara. Una inexplicable atonía política ha provocado que el Cucai pasara de una excelente calificación a ser el último orejón del tarro.
El ministerio (de Salud) ha pasado a ser una figura kafkiana en esta historia. La crisis en Salud Pública ha desarrollado una notable habilidad para poner parches, tapar agujeros, atajar goles prácticamente hechos. Al mismo tiempo, ha condenado al ostracismo y la eventual desaparición áreas que son tan o más importantes que cualquiera otra.
El Cucai es una de esas áreas. Su mayor sostén es el Estado nacional. Es poco lo que necesita de aporte del nivel provincial. Sin embargo, ha faltado de tal manera que desde el nivel mayor se advirtió seriamente que Neuquén puede perder todo lo que ha construido en años anteriores.
La situación es mala. De 20 por ciento de donantes, Neuquén pasó a tener 1,7 por ciento. El porcentaje más bajo del país. La culpa no la tiene la sociedad o la indiferencia, sino la falta de un equipo, de una organización que provoque la respuesta. Hay una relación directa: si el Cucai tiene lo que tiene que tener para hacer bien su trabajo, la respuesta mejorará inmediatamente.
La doctora Andrea Flaynbock, firme defensora del sistema pública de Salud, decidió ante tantos oídos sordos, recurrir a la presidenta de la Legislatura y vicegobernadora de la provincia, Ana Pechen. Desde allí ya le contestaron: habrá una reunión la semana que viene.
El horror, en este caso, no es sanitario. Es político.
Tal vez, así ha sido siempre.

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