Por: Osvaldo Pepe.Juan Pablo II volvió a convocar multitudes , ayer en el Vaticano, en la ceremonia de su beatificación, rito previo a la condición de Santidad según establece la liturgia de la Iglesia Católica.
Es que, más allá de las comprobaciones que los dogmas de la fe cristiana demandan para su santidad, como haberse verificado dos milagros de su autoría, millones y millones en todo el mundo, incluso entre los no creyentes, vieron en este polaco de temple y voluntad de acero, no un santo sino un hombre de coraje y convicciones . El más terreno de todos los representantes de Dios en el planeta.
Los argentinos supimos de él en los días sufrientes de la guerra de Malvinas, cuando a su paso por Buenos Aires una multitud bramó, entre desesperación y ruegos infinitos, la palabra “paz” . Un sinónimo de la extendida voluntad nacional que no renegada por eso de los derechos soberanos argentinos, pero en cambio deploraba la matanza a que estaban siendo sometidos jóvenes compatriotas por la mayor maquinaria bélica del planeta y repudiaba también la irresponsable aventura la dictadura autóctona , feroz y sangrienta.
Juan Pablo II supo sintonizar con la era mediática y fue en esas arenas donde multiplicó su prédica pastoral que lo llevó a ser protagonista de uno de los hechos clave del siglo XX. Al quebrar férreos dogmas comunistas mediante la batalla por la fe y la espiritualidad aceleró el desplome de la Guerra Fría.
Una vez que logró ese objetivo, cuestionó con energía al “capitalismo salvaje” y aspectos negativos de la globalización. Quebró esquemas de siglos de la Iglesia al pedir público y reiterado perdón por el Holocausto y por el empecinamiento del Vaticano ante las verdades de la ciencia simbolizadas en Galileo Galilei. Humano al fin, el gran pastor global dejó pendientes temas como la libre sexualidad y los anticonceptivos, entre otros. Si santificarlo es misión de la Iglesia, también debería serlo abordar estas cuestiones que involucran a millones de quienes tanto lo aman y extrañan.
Comentá la nota