Cuenta cómo el amor la llevó a practicar el deporte que hoy es su pasión y su forma de vida. Quiere ser campeona argentina y armar su escuela de box en el barrio Eva Perón.
El lugar que por un buen tiempo fue su casa es hoy un improvisado gimnasio con bolsas colgadas de unos tirantes de madera y techo de chapa, pero piensa transformarlo si la suerte sigue viniendo a su vida.
Porque hizo del boxeo una forma de vida, entrenando desde que se levanta hasta que se acuesta. Tiene 29 años, ocho peleas disputadas y lleva un año como profesional.
Confiesa que cuando se sube al ring le gusta ir a la “guerra”, pero cuando se baja es una madre. Es sensible, incansable y, a la vez, paciente. Paciente porque sabe que hay cosas en su vida que deberían cambiar, pero también sabe que requieren tiempo. Y mientras espera esos cambios, entrena, no deja de entrenar.
El improvisado gimnasio de su casa es el lugar donde le pega a las bolsas y donde enseña a cinco chicos y cuatro chicas del barrio. “Este lugar es importantísimo para mí y tenerlo para que los chicos entrenen, es mi orgullo. Porque el boxeo es un deporte que los saca de la calle, de las drogas, del alcohol. Sé que no es cómodo, no hay espacio suficiente, pero trato de arreglármela como puedo. Me gusta enseñar y ayudarlos porque a ellos les gusta mucho y no faltan nunca a los entrenamientos”, asegura Soledad. En las paredes hay recortes de diarios, por un lado un cuadro dedicado a las mujeres del boxeo; y por el otro las fotos de sus peleas y también las de su marido. Pero además hay música de fondo y trofeos que adornan los rincones. Hay alumnos y están sus hijos como los principales espectadores del entrenamiento.
¿Cuándo descansa? “A la noche, cuando voy a acostarme”, dice. Porque a la mañana sale a correr, luego de prepararle el desayuno a sus tres hijos, y a la siesta también, luego de hacerles el almuerzo para que se vayan a la escuela. Y a las siete de la tarde llegan las dos horas más duras de su entrenamiento.
Soledad es sincera, y dice que hasta que no conoció a quien hoy es su pareja, hace 11 años, nunca antes el boxeo le había llamado la atención. “Lo iba a ver a él más que nada”, cuenta y se ríe. Su marido, Marcelo González, también un boxeador profesional, es quien la entrena. Cuando nació su segundo hijo, lo decidió. Tenía que ponerse los guantes y salir al frente. Ahí fue entonces cuando descubrió que tenía un talento especial. “Tenés que ser dura, frontal, con garras y con aguante. Porque no es sólo ir a pegar, allá arriba también te pegan”. Y dice que nunca sube con miedo: “Voy con toda la confianza, por el entrenamiento y por el entrenador que tengo”.
Lo que comenzó como una curiosidad se transformó en una pasión que le fue exigiendo cada vez más trabajo. “Me encanta lo que hago, y si me das a elegir entre diez cosas más, diez veces voy a elegir el boxeo y lo voy a defender siempre. Porque no sólo te puede servir para defensa personal, sino que también te sirve para desahogarte”.
Tener su escuela para enseñarle a los chicos de la calle no es el único sueño: “Quiero ser campeona argentina y representar a mi provincia, aunque no tengo mucho a favor por ahora y las oportunidades se me están dando afuera. Pero siempre quiero representar a San Luis, adonde vaya”.
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