Un estudiante cordobés creó un servicio de cerrajería ambulante en la plaza Colón. El emprendimiento le permite seguir con su auténtica pasión: estudiar Historia.
“Yo respeto mi horario de trabajo a rajatabla, porque mi prioridad son los estudios. Quiero acabar para poder dedicarme a mi verdadera pasión”, dice este joven de 33 años que todas las tardes, al cerrar el changuito, parte para el Instituto de Culturas Aborígenes (ICA), en Alto Alberdi, donde estudia el Profesorado de Historia.
“No gano mucha plata porque no puedo hacer muchas changas, ya que fuera de mi horario de trabajo suelo estar ocupado con los estudios”, dice Franco, que dejó su Villa del Totoral natal para estudiar y “construirse como persona”.
Su interés por las culturas de los pueblos originarios influyó en el nombre que eligieron para su hijito, que ahora tiene 6 años: Duham, nombre mapuche que significa “voluntad” o “memoria”.
“Estábamos pensando en un nombre sanavirón o comechingón, pero nos decidimos por uno mapuche”, cuenta Franco, que aunque está divorciado de la mamá de su nene –una veterinaria de Villa del Totoral– viaja todos los findes los 80 kilómetros que lo separan de él para visitarlo.
Marketing placero. La cerrajería portátil de Franco te recibe con un cartel que dice: “¿De qué sirve la vida si uno no intenta ser feliz?”. Esa es su filosofía de vida: ponerle el pecho a la vida.
“Ese cartel es un llamador, y cuando se hacen una llave acá, la gente se va con una onda positiva, yo trato de llenarlos de buena onda”, cuenta Franco, que aprendió cerrajería por correspondencia. “Fue una confusión. Yo quería darle el gusto a mi papá, al que una vez le sentí decir que le gustaría que su hijo fuera cerrajero. Así fui aprendiendo por correspondencia y cuando ya supe, fui y se lo dije. Él se rió y me dijo ‘Tornero, había dicho yo, tornero!’”, relata.
Pese a la utilidad del servicio que presta, Franco no gana mucho dinero, por lo cual este año el ICA lo ha becado. “Me ahorro los 400 pesos que sale la cuota, es una gran ayuda”, cuenta, agregando que antes, cuando no le alcanzaba la plata, pagaba haciendo changas.
Le pone el pecho. Franco está contento con la decisión de venir a estudiar a Córdoba, donde vive en una pensión de la calle Santa Rosa. “Elegí un cambio de dirección y me fue bien. Vengo de una familia pobre, en la que si nos hubiésemos dejado vencer estaríamos malviviendo en una villa. Respeto a quienes están allí porque no han tenido otras posibilidades, pero yo le pongo el pecho para poder tener una vida mejor, al igual que mis dos hermanas mayores”, cuenta.
Además de darle trabajo, su changuito le permitió abrir la puerta del corazón de su actual novia, Valeria, hace nueve meses. “Le copié dos veces mal una llave de su edificio, y ella dice que lo hice a propósito, para hacerla volver”, cuenta.
9 a 16. Plaza Colón. A esa hora, todos los días, Franco planta su cerrajería “al paso” y comienza a atender a los clientes.
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