Mañana arranca el juicio a Adelqui Benegas, el ex comisario de Gigena que se hacía llamar el “sheriff” y que durante meses tuvo en vilo a dos mujeres policías porque no accedían a tener sexo con él. Por primera vez, el esposo de una de las víctimas relató públicamente el calvario que vivió su familia
Para el caminante desprevenido, este hombre de 40 años y cabellera rubia al ras pasa por un agente más, pero no lo es. Germán Fenoglio es el viudo de Olga Meckler, la mujer policía que en apenas cuatro años en la fuerza vivió un vía crucis que se inició en 2010 y se prolongó casi un año hasta que, junto a una compañera de tareas, denunciaron al entonces comisario de Alcira Gigena Adelqui Bengas, por el acoso a que las sometió durante meses para que accedieran a tener relaciones sexuales con él.
Ese accidentado comienzo en la Policía de la Provincia tendría el peor final, pues en su nuevo destino, -la comisaría de Elena- Olga Meckler recibió un disparo a quemarropa de su compañero Gustavo Baranosky que le provocó la muerte después de largas semanas de agonía.
Así, el juicio contra el ahora retirado comisario Adelqui Benegas que se inicia mañana en los tribunales de la ciudad, no contará con una de las testigos claves. En su lugar, queda la denuncia por escrito que Meckler se atrevió a radicar en noviembre de 2010. Eso y la memoria de su esposo Germán Fenoglio que nunca podrá borrar el infierno que vivió junto a su mujer y a sus dos pequeñas hijas cuando ella le confió el amedrentamiento que estaba sufriendo en plena comisaría de Gigena.
Al filo del juicio por el abuso sexual contra dos policías, Fenoglio habló por primera vez con la prensa y dijo que fueron sus hijas las que lo sostuvieron y le dieron fuerzas para evitar cometer una locura que hubiera significado el fin de su carrera profesional y hasta la pérdida de su libertad.
“Sigo vistiendo con orgullo el uniforme porque yo no hice nada malo. Siempre me manejé por el camino correcto. En cambio, Benegas no puede decir lo mismo. Él, a través de su uniforme, amedrentaba, amenazaba y exigía cosas imponiendo la jerarquía que ostentaba en ese momento”, dijo en una extensa charla con PUNTAL.
-¿Qué motivos llevaron a su esposa a querer ingresar en la policía?
-Ella siempre quiso entrar, pero yo no estaba de acuerdo por las exigencias que iba a tener, por el riesgo de vestir el uniforme y porque uno quiere cuidar a su familia. Yo siempre estuve a cargo de los cursos. Me encargo de la formación de los aspirantes desde las promoción 207 y ahora ya vamos por la promoción 216. Cada comienzo de año era la misma pelea, por decirlo así, quiero entrar, quiero entrar… Al principio estuvo dedicada tiempo completo a la crianza de nuestras hijas y cuando fueron creciendo siguió insistiendo hasta que un día me agarró con las defensas bajas y se metió. Ella ingresó en la promoción 210. Me tocó a mí darle instrucción porque imaginate que todos los policías actuales desde cabo primero hacia abajo, dentro de esta departamental, todos pasaron por mí. Enseguida se notaba que tenía más vocación que yo, incluso. No lo hacía por una necesidad sino por una verdadera vocación, esa es la palabra.
-¿En esos primeros pasos en la Policía Meckler se sentía cómoda?
-Sí, sí. Le gustaba lo que hacía, quería progresar y hacer carrera como todo el que entra a la fuerza… hasta que se topa con esta situación.
-¿En qué momento sucede eso?
-Fue en el 2010. Un año muy caótico para nosotros porque al principio ella se lo venía bancando sola para protegerme a mí, para que no me afectara profesionalmente porque uno dentro de la policía es un funcionario que tiene respeto por la profesión y siempre fue bien visto. Entonces ella quería cuidar mi imagen, mi profesión, mi carrera… Pero pasaron unas semanas y llegó un momento en que la situación se hizo insostenible y uno de los compañeros de trabajo de la Negra le aconseja que me cuente lo que pasaba.
Obviamente me puse a su lado y cuando tomo conocimiento pensé que las cosas se iban…no sé si a calmar pero por lo menos que iba a decir hasta acá llegamos. Pero no, siguió, siguió, siguió hasta que llegó a un punto tal que por decisión mía puse en conocimiento de lo que pasaba a mis superiores, es decir, al segundo jefe de la departamental en aquel entonces, que era Yobstraibizer. Esa fue la gota que rebasó el vaso. Yo dije basta porque nos estábamos volviendo locos todos… ella, mis hijas, yo. Recuerdo que un domingo a las once de la noche se tenía que presentar en la comisaría, Benegas le había dicho que fuera calladita la boca, que no le dijera nada a nadie, que entrara al loft como él le llamaba a la habitación que el tenía al lado de la comisaría, que entrara, que se sacara toda la ropa y que lo esperara desnuda. Siempre con la amenaza de que si no lo hacía iba a hacerla despedir de la policía, no sabés quién soy yo, no sabes los contactos que tengo, que te puedo hacer echar…
En aquel tiempo mi jerarquía era la de sargento y Benegas siempre le decía “vos estás casada con un sargentito de mierda, yo soy comisario yo soy el sheriff”, porque así se hacía llamar. El siempre me denigraba a mí, la amenazaba y la amedrentada. Muchas veces ella venía de la guardia y se tiraba en la cama sin ganas de hacerse ni un té. Estaba mal ella, mal yo y mis hijas porque absorbían todo eso. La más chica hasta el día de hoy está en tratamiento psicológico.
Fenoglio tiene 40 años y 14 dentro de la fuerza. Relató que su experiencia le permitía darse cuenta que aquellos recargos de tarea que todo policía está obligado a cumplir no obedecían a una necesidad de la institución. “Uno ya sabe cuándo ese recargo es justificado y cuándo detrás de ese recargo hay otra intención como la que tenía Benegas. Eso fue lo que me hizo decir basta.
-¿Cómo resolvieron esa situación?
-Decido ponerlo en conocimiento al Jota 2 (Yobstraibizer), para resolverlo de la mejor manera posible. Como se deciden las cosas, profesionalmente. Siempre le di mi apoyo cien por ciento, porque siempre fuimos a la par. Tanto cuando me tuve que ir a Córdoba a estudiar y ella se quedó sola con las dos nenas, como en esa situación. Entonces, me conmunicó con el comisario inspector Yobstraibizer y ahí se pone en movimiento esta gran rueda. Primero hicimos una denunca en el tribunal de conducta que tenemos nosotros en la policía. Es decir, ella mi esposa y una compañera de trabajo que estaba atravesando el mismo acoso. Eso habrá sido a mediados del 2010 y estábamos esperanzados en que tomaran una solución, yo estaba convencido de que así se haría porque confié en la justicia del tribunal de conducta. Pero cuando vimos que hasta allí iban a llegar, mi esposa y la otra chica decidieron hacer la denuncia en la Justicia ordinaria, en los tribunales.
-¿Qué pasó cuando usted habló con el Jota 2, como lo llama, ese jefe se comunicó con
Benegas, le hizo conocer su preocupación?
-Creería que sí. En aquella oportunidad me dice, “decile que por orden mía ella no vaya al recargo” y que me quedara tranquilo que las cosas se iban a resolver. Pero todo se resolvió recién después de la denuncia judicial, cuando a Benegas le dan la licencia y a mi señora la sacan de la guardia de Gigena y le dan el pase a Elena, y a la otra chica le dan el pase a Berrotarán.
Por entonces, Meckler y su familia ya estaban viviendo en Elena, el pueblo donde nació y se crió su esposo. Hasta allí habían llegado en 1999, para tratar de aliviar las cargas de un alquiler que no podían seguir solventando en Río Cuarto.
Todo parecía encaminarse en la tranquilidad del pueblo. Las hijas del matrimonio tenían el colegio a una cuadra, y ella tendría más tiempo en familia. Pero la tragedia la aguardaba la vuelta de la esquina.
“Ella termina trabajando en la comisaría de Elena hasta que la asesinaron el 14 de marzo cuando recibe el disparo de Baranovsky”, dice el viudo sin medias tintas.
-¿Nunca asoció el desenlace fatal de su enlace con la experiencia traumática en la comisaría de Gigena?
-No, porque no tenemos elementos para relacionarlos.
-¿Cómo hizo para mantenerse dentro de la fuerza, luego de todo lo que pasó?
-(Fenoglio cierra los ojos y se toma unos segundos) Mirá, pudieron parar muchas cosas... Pero siempre tuve en claro que por encima de todo estaban mis hijas. Ellas fueron las que me sostuvieron siempre para no cometer una locura. (Se quiebra por unos segundos, y hace esfuerzos por evitar el llanto).
Minutos después el grabador vuelve a encenderse y Fenoglio retoma la palabra.
-Ahora que estoy mejor, si me volvés a preguntar cómo hice para controlarme es muy sencillo, como papá pensás qué pasaría si yo me salgo de los cabales y hago una locura, estaría haciendo cosas que me pueden perjudicar laboralmente y también puedo perder la libertad. Llega un momento en que tenés que poner cosas en la balanza y ser frío.
Sacarte el corazón y pensar con los pies sobre las tierras. Yo en este momento soy el único sostén de mi familia, ¿si me llegara a pasar algo a mí qué pasaría con mi hijas? Mis papás son grandes, ellas dependen de mí. Sé que para ellas también es difícil que yo continúe dentro de la policía y, le soy sincero, para mí también es difícil, pero tengo la tranquilidad de que yo no hice nada mal. Todo lo contrario, siempre di aviso de lo que estaba pasando y me manejé en el lado correcto. Por eso sigo visitiendo mi uniforme con orgullo. No así Benegas que a través de su uniforme amedrentaba, amenazaba y exigía cosas imponiendo la jerarquía que ostentaba en ese momento. Yo luzco este uniforme con orgullo porque soy una buena persona, por eso digo que hay que separar las cosas.
Una cosa es la policía como institución y otra cosa son los malos policías. Cómo institución la policía más alla de ser mi sustento a mí me inspira respeto si no no estaría acá, después de todo lo que me pasó. Benegas, desde mi punto de vista, es un muy mal policía o lo fue y no solo yo lo digo, te puedo asegurar que hay tanto personal femenino como masculino que fue amenazado por esta persona, que ha sufrido recargos y arrestos injustificados, pero qué pasa, siempre se opta por bajar la cabeza, por mirar para otro lado y decir “acá no ha pasado nada”. Es difícil dar la cara, para muchos es más fácil terminar callándose la boca o, peor aún, accediendo.
-El martes arranca el juicio y comenzará el desfile de testigos, ¿cree que ese temor puede influir a la hora de hablar frente a un juez?
-Yo lo que puedo decir es que confío en la Justicia, confío en los jueces y en su buen criterio. Tengo la plena seguridad de que mis compañeros en la fuerza van a decir la verdad, y van a decir exactamente lo mismo que dijeron en su momento. Con sus declaraciones ellos apoyaron lo que sostenían mi esposa y la otra chica, no veo por que van a cambiar de parecer. Si hay algo que tengo que destacar de todo esto fue la decisión que tuvieron ellos para decir la verdad y respaldar a sus compañeras porque, como te decía recién, no es fácil tomar esa actitud dentro de la institución.
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