Susana Jugo de Benavente, una de las tantas residentes santiagueñas de verano en la villa, recordó con profundo dolor la pérdida de vidas humanas de personas muy queridas para ella, su familia y todos los comprovincianos en el primer mes de la catástrofe.
Al mismo tiempo, mostró un pensamiento un poco más esperanzador y superador: “Estamos tratando de recuperarnos, de que El Rodeo vuelva a ser el de antes, a pesar de todo. Sin olvidar, pero sí tratando de recordar los buenos momentos que antes de esta catástrofe pasamos juntos. Tuvimos un Rodeo floreciente hasta el día del alud, y desde ahí se transformó en desesperanza”.
Consultada sobre si consideran a la villa como un lugar seguro, respondió afirmativamente: “Yo pienso que sí, esto fue algo excepcional por el crecimiento del río en la parte de arriba de la montaña”.
Abundó: “Estas crecientes son cíclicas, la anterior fue hace diez años, más o menos, esperemos que no se repita hasta dentro de muchos años, porque ésta no fue una creciente común, fue un alud (desprendimiento de roca y otros sedimentos por la acción del empuje y arrastre del agua que desbordó). Yo estuve en todas las crecientes que también fueron con agua y piedras, pero nunca fue de estas características, no con esta magnitud”.
En cuanto a otras circunstancias que pudieron agravar el desborde natural, la santiagueña señaló: “Pensamos que el puente que hicieron (de Villafáñez, como se lo nombra comúnmente), es una obra que atajó el paso del río, porque el alud se desvió hacia las casas”. Consideró como probable que si no hubiera estado, quizás “se ensanchaba y pasaba como siempre”.
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