Hazaña de un mendocino en el Polo Norte

Juan Benegas (46), junto a tres rusos, un italiano y un belga, logró el 10 de abril llegar allí en esquíes y sin “ayuda” de elementos tecnológicos. Aquí cuenta cómo fueron los siete días de esta “espectacular aventura” en medio del hielo.

Benegas en el punto exacto del Polo: la latitud 90 norte del globo, donde se unen todos los meridianos.(Gentileza) Textos: Ángeles L. Acosta - aacosta@losandes.com.ar

lo logró; Juan Benegas hoy puede decir que fue el primer argentino que llegó al Polo Norte en esquíes arrastrando un trineo. A eso se le suma, para orgullo de muchos, que este enérgico y entusiasta hombre de 46 años es mendocino. A mediados de marzo, el andinista adelantó a Los Andes los detalles de la travesía en la que se embarcaría en abril.

Ahora, con el objetivo cumplido y desde su casa en Buenos Aires (donde vive hace más de una década), lo calificó como “una experiencia maravillosa”. Fue el martes 10 de abril, cuando Juan y las personas que integraban el grupo de aventureros lograron la hazaña: pisaron la latitud 90 norte del globo terráqueo.

Veamos cómo empezó todo. El 4 de abril, Juan, cinco rusos, un italiano y un belga partieron con sus esquíes y trineos desde la base rusa Barneo. La meta, de la cual los separaban unos 150 kilómetros, era llegar hasta el llamado Polo Norte geográfico; esto es, el sitio en el cual se unen todos los meridianos terrestres. Durante el segundo día de expedición, dos de los deportistas provenientes de Rusia sintieron un principio de congelamiento en sus pies y tuvieron que ser evacuados. El resto, no sin inconvenientes y sin riesgos, continuó.

“Tuvimos la gran suerte de tener una ‘deriva positiva’, esto quiere decir que las corrientes de agua empujaban hacia el norte el gran bloque de hielo que atravesábamos. Hacíamos campamento para pasar la noche y, cuando nos despertábamos estábamos 5 kilómetros más cerca del punto de llegada”, recuerda Benegas, que esta semana volvió a su trabajo “de oficina”, pues es gerente de Operaciones en una empresa pesquera.

Lo describe como un viaje típico cuando se refiere al relieve recorrido; pasaron por zonas desérticas, por placas de hielo, por bloques y hasta por ríos que iban de los dos a los 100 metros de ancho.

Un sitio tremendamente húmedo (quizá el más húmedo del planeta, dice Juan) fue el que rodeó a estos valientes. Por supuesto, pasaron frío y también estuvieron en situaciones de peligro. “En un momento se rompió el bloque de hielo que estaba cruzando y me caí medio cuerpo al agua (helada). Logré agarrarme de un borde y mis compañeros pudieron sacarme. Pero cuando salís tenés que seguir caminando inmediatamente hasta poder llegar a un sitio donde armés la carpa y recién ahí te cambiás de ropa. O sea que podés estar largas horas con el cuerpo mojado y, encima, la ropa nunca se termina de secar del todo”, explica el mendocino.

Menos tiempo, más intuición

La travesía, que habían previsto hacer en 12 días (llevaban comida suficiente para tal período de tiempo), la concretaron en siete. Si bien esto es un dato positivo, lo que a Juan le parece más digno de destacar es el hecho de haberlo logrado sin “ayuda” de la ciencia. “Cada paso significa un gran estrés cuando no llevás elementos de medición científica y te guiás por la intuición y el conocimiento empírico. Esto es porque está el riesgo inminente de que algo falle y de hecho falló (se refiere a los quiebres de hielo y a su caída). Pero es apasionante y estoy chocho, ya que los riesgos lograron minimizarse gracias a nuestro estado físico y experiencia”, asegura.

El pasado domingo por la mañana pisó suelo porteño y el lunes volvió a su rutina laboral. Según comenta, no se realizará ningún chequeo físico ya que se siente tan impecable como antes de partir. “El control médico que debería hacerme es para saber por qué ahora estoy encerrado en una oficina, luego de tan espectacular aventura”, se despide bromeando.

Comentá la nota