Se hacen 2 mega fiestas clandestinas por mes

En Córdoba hay cada vez más eventos nocturnos a escondidas para evitar controles. Hacen inteligencia en las redes sociales para encontrarlos.
Fiestas en hostels, locales bailables que parecen cerrados y hasta en polvorientos patios de tierra o casas de familia: la creatividad popular para burlar las normativas locales en materia de entretenimiento nocturno no tiene límites.

En los últimos meses, es notable el incremento en Córdoba de eventos alternativos a la movida bolichera “autorizada”. Fuentes oficiales calculan que desde marzo hasta ahora se han relevado unos 60 lugares donde se realizan este tipo de fiestas. Además de otros 20 que funcionan como after hours.

La mayoría se difunde por Internet y son cada vez más populares entre los jóvenes. Un ejemplo es la fiesta detectada ayer en Villa Rivera Indarte.

“Cuando vamos a controlarlos, encontramos todas las irregularidades juntas; desde lugares no habilitados, hasta fallas de seguridad o venta de alcohol a menores”, advirtieron desde la Dirección de Espectáculos Públicos.

Según Gustavo Ferrero, subdirector del área, en Córdoba se hacen dos mega fiestas de gran envergadura por mes. “Y esperamos que en lo que queda del año haya muchas más, porque los meses de primavera y verano son los de mayor actividad”, dijo.

Te veo por el Face. Lo curioso es que para no perderle pisada a esos encuentros, los inspectores desarrollaron nuevas tácticas de control y prevención: de hecho, ya son especialistas en “monitorear las redes sociales” durante la semana, rastreando anuncios de esas “jodas ocultas”, para saber dónde deben ir a controlar el finde.

Las tareas de inteligencia de los inspectores incluyen muchas veces “hacerse amigo” en Facebook de los promotores de fiestas, contactarlos y ganarse su confianza para conseguir la dirección aproximada del evento no autorizado.

“Incluso a veces mandamos gente de la Dirección a comprar entradas anticipadas para las fiestas”, reveló a Día a Día Ferrero, tras aclarar que los agentes más veteranos de la dependencia cuentan con la “inestimable” ayuda de hijos o sobrinos usuarios de Internet.

Otras ocasiones, los que aportan datos suelen ser vecinos, que llaman por teléfono o dejan mensajes en la web del municipio. “Incluso hay bolicheros que se enteran de algún evento y avisan. Es entendible: para ellos, esas fiestas son casi competencia desleal”, reflexionó el funcionario.

Control al descontrol. Si bien toda la información recabada en la semana es útil, cuando llega el momento del control los inspectores deben apelar también a una dosis extra de “picardía” para dar con las convocatorias clandestinas.

El primer desafío es descubrir dónde está la fiesta: “y es que a veces desde la calle no se ve ni se escucha nada; pero adentro hay actividad. Nos pasó de descubrir boliches funcionando con las persianas bajas; fiestones en salones de centros vecinales alquilados de buena fe o hasta en una academia de inglés”, relataron los inspectores.

El siguiente paso es ingresar al lugar para comprobar las irregularidades y labrar las actas. “Cuando no nos dejan, mandamos a alguien de incógnito que compruebe que se cobra entrada o se vende alcohol. Luego sale, atestigua y entramos con la Policía”, comentó Ferrero. En ocasiones se incautan las bebidas y los reproductores de música. “En el único caso de fiestas en las que se nos complica ingresar es cuando los asistentes no pagan entradas ni bebidas, sino que cada uno lleva una botella”, dijeron los inspectores.

Desde la más estricta reserva, algunos promotores de estos encuentros aseguran que muchas de las prácticas de los inspectores están reñidas con la legalidad: y es que –dicen– ni la Policía Municipal ni la provincial pueden entrar “de prepo” a un domicilio sin una orden de allanamiento.

De las actas labradas las causas más comunes son obviamente la falta de habilitación del domicilio o local donde se realizan; las fallas a seguridad e higiene y el expendio de bebidas alcohólicas en horarios no permitidos. Si bien no es una falta común, en ocasiones se constata la presencia y venta de alcohol a menores de edad.

“Si detectamos menores, vamos apenas empieza. El objetivo no es clausurar con chicos tomados, sino impedir que se alcoholicen”, indicó Ferrero. “En el verano tuvimos un evento clandestino de Villa Warcalde; había 500 adolescentes tomando en un gran patio. La madre que vendía bebidas incitó a los chicos a que agredan y echen a los inspectores”, recordó.

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