Habla el vestuario de Belgrano

Habla el vestuario de Belgrano
Desde adentro. Día a Día te muestra los detalles de un lugar sagrado para los jugadores. Ahí, donde se gestan los sueños... como el de ingresar a la Copa Sudamericana.

Nunca me hicieron una nota. Pasaron dirigentes, jugadores y técnicos. Hablaron de mí sin preguntarme nunca nada. Que filtraba rumores o peleas. Se equivocaron. Sólo ahora abro la boca por primera vez. Y lo hago porque anoche no pude dormir. Conversé con la Chacha Villagra, se arrimó el Luifa Artime que se descolgó de un cuadro. Darío Blasón pidió silencio, pero no le hicimos caso. No pegué un ojo. Pasa que hoy los muchachos van por más historia ante Independiente.

En el predio de Villa Esquiú tengo cuadros con jugadores de todos los tiempos. Mi cara es una puerta blanca escondida detrás de una pared. El DT Ricardo Zielinski nunca entra. A veces el profe Alfonso Meoni. Sólo los jugadores, médicos-kinesiólogos y los utileros.

Me abren la puerta a eso de las 8. Casi siempre Hugo Colchi, uno de los utileros. Otras el histórico Oscar Díaz, acaso el tipo que más haya conversado conmigo. Él es de los hombres de antes. Guarda los secretos y en su cuerpo no tiene sangre, sino Belgrano. Llega con un canasto de madera, los anteojos impecables.

Hay una mesa blanca –rectangular– y sobre ella un canasto. Adentro bananas, manzanas, mandarinas y naranjas para que los futbolistas desayunen. También, en tres compoteras, esperan silenciosos los copos de azúcar, un puñado de nueces, almendras y pasas de uvas.

En la entrada puse un basurero. Cosa de que tiren la mufa afuera. Los más tempraneros en llegar son Juanca Olave, Gastón Turus, Teté González (por algo son referentes y ejemplo) más Lucas Pittinari y Heredia. ¿De qué conversan? No, yo no voy a contarte nada, viejo. Aparte vengo con insomnio. Eso sí: acá adentro se respira gloria, y mirá que la hemos pasado feo.

Sobre la misma mesa tres mates piden yerba en secreto. Esparcidos hay edulcorante, dos frascos de café, leche, dos termos más saquitos de té en sus cajas respectivas. Al medio de todo eso, una Virgen contempla la escena. A su lado, San Expedito, todo de rojo, le guiña el ojo a los jugadores aunque ninguno lo advierta.

Quise dormir en alguna de las 37 colchonetas donde los muchachos elongan. No pude. Encima unos perros, parece, se han encariñado con el predio y me cagué cuando ladraron. Quizá porque ellos vieron Sudamérica en el cielo. No sé, viejo. Desvelado los miré a la cara. Uno por uno. No les pedí que ganaran, eso es una circunstancia, pero sí que dejaran la vida.

Sobre las paredes, arriba, hay gigantografías de varios futbolistas. Si me viera un psiquiatra me mandaría a guardar, pero juro que hablo en voz baja con Guille Farré, el Hacha Mansanelli que todavía se ríe, el pibe Álvarez Suárez, Lucho Lollo, el Pica o el mismo Juanca. A veces jugamos a las cartas, aunque nos colgamos. Hablamos del ascenso ante River, de los que vinieron y no volvieron nunca más.

Los muchachos dejan botines tirados por ahí y a veces me los pruebo. Aunque no sé si me hubiera gustado jugar a la pelota. Me apasiona verlos cambiarse siempre con las mismas ganas. Los más experimentados como si fueran a debutar, los pibes asombrados.

Yo no tengo mujer. Ninguna entendería que no tengo horarios. Que adentro mío se duchan, ponen música o se juran sueños. ¿Me entendés? A veces la soledad tiene estas cosas.

Pero no la paso mal. El pibe Giuliano Bardín pone la Mona Jiménez, Turus es más del rock y no te voy a mentir, a veces me pongo romanticón con alguna de Sandro que Juan Quiroga propone para recordar viejos lindas épocas.

A eso de las cuatro de la madrugada no pude más. Ahora le dicen “lockers”. ¿Podés creer? Antes era armario y punto. La cuestión es que son 30. Uno para cada jugador. Arriba, con fibrón, está escrito el número de camiseta. Cada jugador tiene el suyo. Para los más pibes, la silla. Acá el esfuerzo sí vale.

Admito que encender los cuatro hidromasajes sirve para relajarme. Pasa que si hoy le ganamos a Independiente, y Racing le hace la cruz a Godoy, entramos a la Copa Sudamericana. Ayer, los últimos en irse, como casi siempre, fueron Luciano Lollo y César Pereyra. Se toman su tiempo, siempre. Descansan. Lo vi con ganas de comerse al mundo. Dispuestos a todo.

En mi espalda –es decir en una de las paredes– tengo banderines de varios equipos. Defensa y Justicia, San Martín de San Juan, Boca Unidos, de AFA y algunos más que el tiempo fue destiñendo de a poquito.

Cepillos y baúles. Debo confesarles algo. Cuando todos se van, agarro los pinceles o cepillos que usan para sacarle la tierra a los ‘timbos’, y me lo paso por la cara. Cosa de darme brillo, viste. Pasa que acá todo está oscuro en madrugada y en los espejos de los baños no es cuestión de verse desmejorado o con ojeras.

Supongo que el masajista Adrián Bertachini entenderá que anoche me tomé toda el agua de los jugadores. Son los nervios. Los muchachos consumen cuatro packs de seis botellas por práctica dependiendo del calor, obviamente.

La verdad es que la consciencia me persigue.

Pero qué quieren... En los baúles enormes busco recuerdos, goles grabados que salen cuando uno abre despacio esas moles gigantes. Suelo prenderme un pucho y escucho a la hinchada cantar esa de “No se Compara...”

Creo que está amaneciendo. Vacié el dispenser, la ansiedad me llevaba puesto. Busqué viejas camisetas entre planchas, cintas, vendas y pelotas. Quería una con mi talle pero no hubo caso. Lo mío es jugar desde adentro, pero afuera. Ahí donde estos hombres hace tiempo sueñan-piensan-germinan la historia grande sin agrandarse. Ya sé, viejo. Todavía no clasificamos y tal vez debamos esperar.

El equipo de música se prendió solo y el Potro Rodrigo me dijo que lo mejor del amor fue Belgrano. Y hoy decido hablar. Por los miles que no pueden entrar a verme, que sueñan, lloran, muerden, gritan, pierden y ganan.

No se preocupen, Piratas. Sé como nadie que estos jugadores se han jurado quedarse sin aire, piernas y fuerzas para llegar a la Copa. Y no van a parar hasta lograrlo.

Los saludo a todos. Yo, el vestuario.

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Ellos

El OK. Se agradece a la dirigencia del club Belgrano, jugadores y empleados de la institución por la autorización y la amabilidad para poder realizar la nota.

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Un mundo que no es aparte

Oscar Díaz a la cabeza en un trabajo de contención para los jugadores.

Si hay alguien que sabe de vestuarios en Belgrano y Córdoba, ese es Oscar Díaz. Hace más de 37 años que trabaja en el club y las vivió todas. Eso sí, jamás se le escapa una palabra de más y muchos de los jugadores pasan tomando largos mates con él. Como si fuera un padre.

“Se va haciendo una familia. Mi esposa es la lavandera del club y acá todos tratamos de que los jugadores estén cómodos”, le cuenta Oscar a Día a Día, mientras ordena el vestuario. Sacude remeras, enrolla vendas, pone a lavar y va dejando todo impecable para el próximo entrenamiento.

“Los esperamos todas las mañanas con criollos, pan lactal, café, mate, todo para que ellos desayunen si no lo hicieron. También tienen frutas para hacer un pre-almuerzo”, agrega el hombre que se siente identificado con Belgrano.

–¿Qué es un vestuario?

–El vestuario es la antesala para formar un buen grupo y lograr éxito. Habiendo un buen compañerismo nacen los grandes grupos. Hay una filosofía que viene desde inferiores.

–O sea que hay un trabajo de fondo...

–A los chicos les van haciendo entender el profesionalismo. Pero acá el grupo es muy bueno, todos unidos y con mucho respeto. Los que van subiendo saben cómo es la cosa. Los más chicos tienen silla, los que hace rato están ya tienen su locker propio.

Oscar arranca bien temprano. Alrededor de las 8 ya está en el predio. Junto a él está su sobrino Hugo Colchi, quien cepilla con firmeza botín por botín. Además Carolina, parte de la familia, hace lo suyo con la ropa sucia.

La historia de Oscar es bien larga. Pero su responsabilidad y seriedad le valen la confianza de todos. Hasta de los jugadores que más de una vez lo adoptan como un padre.

Farré y el vestuario. “El vestuario es desde donde nace el grupo. Ahí se unifican los objetivos y se trazan las metas. Es importante el compañerismo para solidificar todo”, dice el volante. No necesariamente todos tienen que ser amigos, pero sí que haya una idea en común. “Es un lugar muy importante para todos”, concluyó Farré, otro de los referentes del plantel.

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