Talleres, sueño y realidad. Carabajal es una de las grandes promesas albiazules y una carta para pelear el ascenso a la B Nacional. Se recupera de una lesión y no ve las horas de volver.
El sol aún castiga y pincha hasta a los faquires. Y Gabriel no conoce nada, ni los negocios, ni las calles, ni ese barrio. Pero corre. Para evitar lo peor. Mete un pique por una recta larga. Y no mira hacia atrás. A medida que va escapando, el camión verde del que bajaron unos seis soldados con ametralladoras se va haciendo más chico.
Los milicos miran con calma. Saben que algún día tendrán otra oportunidad. Carabajal pasa del amarillo al blanco. Lánguido. Transpira el vapor tropical que se le pega en la piel. Y está en el medio de la peor experiencia personal que le tocó en vida: huir de la guerrilla colombiana. En el Patriotas de Boyacá, club de la B de la liga colombiana, acababa de terminar el entrenamiento vespertino.
“Caminaba con algunos compañeros tras la práctica. Y de golpe se detuvo el camión. Corrimos como locos. Nos separamos cada uno por un lado distinto. Y nos salvamos”, cuenta a Día a Día el volante de la T, mientras espera el turno de fisioterapia en Espacio Físico, los consultorios del kinesiólogo del equipo, Pablo Renzi.
El jugador albiazul sigue con su rehabilitación tras su operación de meniscos. Y le falta muy poco. Carabajal ya sabe algo de la palabra destino. Se ríe cuando recuerda aquel año en la ciudad de Tunja, capital del estado de Boyacá, Colombia.
–¿Cómo fuiste a parar ahí?
–Yo jugué al fútbol en Río Segundo, en Central. Y apareció la chance de irme a Rosario. Jugué en Mitre de Pérez, de la Liga Rosarina. El gerente de ese club llevaba jugadores a Colombia, a probarse. Y estuve en Boyacá Chico, a prueba, pero apareció el Patriotas, de la B colombiana, que me contrató un año (2009). Tuve a Mario Vanemerak de entrenador (ex jugador de Vélez Sársfield) y jugué varios partidos (16 y 1 gol). Para mí fue una gran experiencia, hasta que apareció otro técnico colombiano que me borró. Después me volví a Argentina.
No hay adolescencia sin aventura. Y Gabriel tuvo una muy grande. De esas que cuando sea abuelo será de dudosa veracidad para los nietos. El chico ya creció. Hoy está en la primera de Talleres, a un paso de escribir esa gran página que todos esperan.
“Dejé el fútbol dos meses. Me volví a Lozada, el pueblo. Retomé los estudios secundarios. Y justo una ex novia me dijo que conocía a (Victorio) Ocaño. Y vine a una prueba a Talleres. Y quedé. Estuvo él y Chazarreta. Gané el Preparación de la Liga con el Tallerito y después éramos una banda y nos subieron a primera, con Nery (Leyes) y algunos más”, recuerda como si el pasado fuera sepia. Pero es apenas dos años atrás.
“Debuté con (José María) Bianco en Talleres y luego fue todo muy rápido. Arranqué bien, tuve un bajón futbolístico y por suerte después me recuperé”, relata el talentoso volante que hoy ya tiene 22 años, que sabe que aún falta un montón, pero que ya es la realidad de aquella promesa.
Carabajal juega con un aparato sobre la mesa que además “sirve para hablar por teléfono”. En la pantalla táctil está sonriendo con José Alfredo Zelaya, el Cachi.
–Podrías ser como él, ídolo...
–Amo a Zelaya, a Garay, son muy grandes. Por suerte a la Chancha Albornós lo veo seguido, jaja. Ojalá que me toque ganar muchas cosas en Talleres. Pero primero, lo que estamos jugándonos.
Es la siesta en Córdoba. Hace un mes que Gabriel sintió un pinchazo en la rodilla y fue a parar al quirófano: “Pensé que no era tan grave porque venía con una tendinitis. Pero mi hermano empezó a leer que sí, que me operaban. Después me lo confirmó el Hacha (Carlos Bertola, ex jugador de la T y su representante) y bueno, acá estamos, no veo las horas de volver”.
Carabajal habla con otro tono. No es el del muchacho disperso que algunos creen. Como si tuviera una luz roja que se le enciende en un costado del cerebro. Una especie de “alerta de humildad”. Porque, como lo dice, todo fue muy rápido. “La gente es increíble en la calle. Es diferente este torneo. No te dicen ‘Carabajal, tenemos que ascender’, te lo dicen convencidos ‘vamos a ascender’. Y eso antes no lo viví, no pasaba”, recalca con un convencimiento notable.
–¿Hay una idea de que andás en cualquiera, en la pavada?
–Se dicen muchas cosas siempre, la gente habla. Yo lo único que hago es abrir bien las orejas. Y cuando mi viejo viene y me dice qué tengo que hacer, trato de hacerlo. Mirá, yo nunca tuve guita. Nunca manejé plata. Ahora no gano una barbaridad, pero tengo plata. Al principio me compraba de todo. Un día vino mi papá y me dijo: ‘Comprate cosas, pero cuidala, cambiá eso por favor’. Y así lo hice. Yo quiero una casa, seguir ayudando a mi familia como lo hago y proyectar una vida. Y para eso tengo que saber escuchar.
Gabriel tomó en serio eso de que Talleres es una “esponja” que te chupa. Y tiene el sueño de todos, como cuando era el pibito, aquel de Villa El Libertador. “Yo nací en Córdoba y estuvimos allí con mi familia hasta los seis años. Y jugué ya a los cuatro años en el potrero. Gerardo y Ezequiel (amigos) me llevaban a la canchita al frente. Después, por seguridad, nos mudamos a Lozada”, recuerda Gaby.
El hijo del plomero Horacio y de Roxana. El hermano de Leo y de Vanessa. El nieto de María Cristina y de Horacio. La cuna azul y blanca. La pelota entre sus pies. El destino de aquel chico de antes. La realidad de hoy, de haber crecido, velozmente. El niño en su alma.
“Mi mamá me cuenta que para poder dormirme en la cuna me tiraba una pelota para abrazarla”.
Ése es Gabriel Carabajal.
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Carabajal, un salto fugaz a la primera de la T
Gabriel Carabajal nació en Córdoba el 9 de diciembre de 1990. Se crió en Villa El Libertador y a los seis años se mudó con su familia a la localidad de Lozada. Allí creció. Jugó al fútbol en Central de Río Segundo, desde los siete años. A los 15 pasó a Mitre de Pérez en la liga Rosarina. A los 19 fichó en Patriotas de Boyacá, Colombia y desde agosto de 2010 es jugador de Talleres. Su pase pertenece al club.
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»LA RECUPERACIÓN DE CARABAJAL
»Último partido. Gabriel Carabajal sufrió un golpe en el partido en el que Talleres le ganó a Juventud Antoniana de Salta 1-0 con gol de Gonzalo Klusener el 26 de enero pasado, en el estadio Mario Alberto Kempes.
»La lesión. Carabajal sufrió una lesión de meniscos en su rodilla izquierda y fue operado el 1 de febrero. La intervención quirúrgica estuvo a cargo del doctor Julio Ferreyra y a los tres días comenzó con tareas de rehabilitación.
»Recuperación. El 10 de febrero ya arrancó con tareas de gimnasio y el 16 inició trabajos de campo. El jugador experimentó una rápida evolución.
»Físico. Tras recibir el alta médica y definitiva, culminará con un trabajo especial a cargo del preparador físico del plantel Adrián Navarro.
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OPINIÓN
Se recuperó muy rápido y está a días del alta definitiva
Pablo Renzi
Kinesiólogo del plantel profesional de Talleres
La recuperación de Gabriel ha sido muy buena. Y la semana que viene comenzará a trabajar con el grupo en la parte física y según como esté se le dará el alta definitiva, pero está a días.
Es un jugador que lleva tres pretemporadas, dos de ellas con el profe Navarro, algo que le ha sumado a su favor. Tiene una condición física muy buena y una gran capacidad. En el último año también se nutrió de una buena masa muscular. Se lo trabajó en doble jornada casi todos los días haciendo rutinas diferentes, fisioterapia, pileta y gimnasio.
También, en los últimos días hicimos trabajos de campo individual. Seguramente el profe comenzará a trabajar sobre él el con la supervisión nuestra hasta el alta definitiva. Pero, por suerte, hemos encontrado una vocación del jugador por recuperarse rápido. Es entendible que a veces cuesta porque las lesiones suelen generar depresiones o bajones anímicos.
Pero de eso también nos hemos ocupado y lo hacemos cada vez más. Generar trabajos con pelota, en campo, de gimnasio y de pileta, crea cierta expectativa y predispone de otra manera. Pero Gabriel siempre tuvo en claro que quería dedicarse de lleno. Por eso llegó tan rápido.
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