En la república francesa no se abuchea al jefe de Estado. Es impensable y sucedió por primera vez el lunes pasado. Ante los silbidos al presidente François Hollande en el día del Armisticio y cuando Francia conmemoraba su millón y medio de muertos en la guerra, una unión republicana de reprobación se escuchó entre todos los partidos en la Asamblea Nacional.
Frente a un país en cólera, rebelión fiscal en Bretaña, ante una “malaise” generalizada como llaman los franceses a ese malestar colectivo por la crisis, los altos impuestos y los sacrificios que el gobierno está imponiendo para desendeudar a Francia, Boutih cree que el gobierno “está sumergido en una crisis exponencial. Cada elemento nutre la crisis del día siguiente. El gobierno parece a la vez haberse vuelto sordo y como si no entendiera: el diálogo con el país está roto”, diagnosticó.
Por eso, propone el reemplazo “con urgencia de Jean Marc Ayrault”, el carbonizado primer ministro francés. Hasta sugiere sus reemplazantes: Manuel Valls, actual ministro del Interior, o Martine Aubry, que ayer desayunó sorpresivamente con el jefe de Estado, después de los abucheos. O Claude Bartolone, el presidente de la Asamblea. Para él, la partida de Ayrault será el “signo indispensable para toda discusión con el país”. “Si (Hollande) continúa en su poder personal, la caja dorada del Eliseo, tendrá un grave problema”, alertó.
Ni Hollande ni el primer ministro comparten la opinión del diputado Malek Boutih. Una de las grandes cualidades de Hollande es saber resistir y cualquier socialista que le disputó el poder lo sabe. Así controló el partido y llegó a presidente. Ayrault es un aliado político incondicional, que el presidente no está dispuesto a cambiar bajo presión. Mas allá de esta defensa republicana, los silbidos dejan al desnudo la debilidad de la autoridad presidencial en esta pesada atmósfera que reina en Francia frente a la crisis económica.

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