La licenciada en Filosofía María José Melendo indaga las formas con las que el arte representa en el espacio público los hechos políticos y sociales que marcaron la historia reciente de la Argentina.
La especialista considera que las formas memoriales no trabajan la memoria como una estructura hermética sino que la entienden como una actividad cuya realización compromete al presente pero también al futuro.
¿Representar la memoria con su componente traumático es un desafío para la estética contemporánea?
Sin duda que lo es. Para las políticas de memoria y para el arte en su conjunto el desafío es cómo dar voz a todo ese pasado. El horror inenarrable de este tipo de pasados desafía la posibilidad de que puedan ser aprehendidos, pero esto no supone que sean inexpresables. La pregunta no es si es representable el horror sino cómo es posible representarlo, interrogante que apunta al procedimiento, es decir a las estrategias de las que debe servirse el arte para rememorarlo. Es por ello que el desafío para las estéticas de memoria contemporánea es proponer mecanismos contramonumentales que discutan con los criterios canónicos de rememoración que han mostrado ser obsoletos, no elocuentes en el espacio público.
El sociólogo Horacio González afirma que "el horror desafía a la representación, no la anula ni la reprende, pero horada sus bases tradicionales de actividad”.
Estoy de acuerdo con lo expresado por González en la medida en que los pasados considerados límites imponen desafíos de diversa naturaleza éticos, políticos y estéticos que en el caso de los monumentos, por tratarse de objetos que tienen la intención de evocar un determinado pasado, desde una determinada perspectiva, estos tres elementos aparecen fuertemente entrelazados.
En este contexto, ¿qué implica un monumento?
Un monumento tradicional, en principio, intenta ver el pasado de modo maniqueo: esto es lo bueno o esto es lo malo del pasado a representar. Theodor Adorno decía que el parecido entre el monumento y el mausoleo no es sólo fonético, en algún punto el monumento sirve hoy de hogar para las palomas, no persuade y como está emplazado en el espacio público el desafío es cómo se logra interpelar a los habitantes de la ciudad para que al tenerlo frente a sí sigan pensando en él y sobre todo en lo que representa y en el pasado que evoca.
En relación a los monumentos, las Madres de Plaza de Mayo tienen una postura particular.
Para el sector disidente de Madres de Plaza de Mayo construir cualquier metáfora material de la memoria, trátese de un parque o de un paseo, es una manera de consolidar la muerte en la piedra. Esta posición se ubicaría en torno a las denominadas “retóricas de la inexpresabilidad o del silencio”, según el filósofo alemán Andreas Huyssen. Esto también se da en el caso del Holocausto. Hay quienes piensan que el holocausto es irrepresentable porque consideran que ningún tipo de aproximación está a la altura de las circunstancias. Esto también tiene eco con una frase de Adorno que dijo que es imposible el arte después de Auschwitz.
Sin embargo se demostró lo contrario.
Adorno lo dijo en sentido figurado, en el sentido en que el arte así como está no puede servir, tiene que proponerse otras alternativas. De allí que hayan surgido contramonumentos y antimonumentos.
Huyssen también dice que el monumento tiene sensibilidad estética pero está lejos de estetizar una memoria traumática.
Exacto. También decía que ningún monumento puede hablar del holocausto en su totalidad, es decir ese monumento no puede arrogarse el derecho de hablar del holocausto como comprenderlo en términos de aprehenderlo y disolver su complejidad.
Estos lugares de memoria además de tener su componente de revisión y de recuerdo permanente suele generar controversias y críticas a ciertos objetivos.
Sí, existen estrategias evocativas que en su contramonumentalidad resultan fuertemente criticadas, por ser demasiado conceptuales (ya no estamos ante el realismo maniqueo de los monumentos tradicionales que exhibían literalmente un posicionamiento respecto al pasado que evocaban) pero el carácter abstracto de ciertas prácticas las vuelve inaccesibles para quien no posee información sobre la obra, de modo que la mentada eficacia, problema que acosaba a los inertes monumentos clásicos vuelve a hacerse presente con los artefactos monumentales contemporáneos.
Entonces, ¿cuál es el desafío?
El desafío es desplegar memorias que resulten elocuentes en el presente y de cara al futuro, y para lograr eso, o mejor dicho para conducirnos en esa dirección es muy importante no perder de vista que no habrá nunca un monumento que hable del pasado que evoca de modo completo, que agote su vastedad, las infinitas perspectivas desde las que se lo puede mostrar. Es en la forma plural donde la memoria del pasado "se siente más a gusto" por ello hay que celebrar que existan en el espacio público no un monumento que agote el pasado en un objeto sino una constelación de marcas de memoria que trabajen para volver visible el pasado en el presente.
Cuál ha sido el rol del arte en relación a nuestro pasado reciente?
El rol del arte en relación a nuestra dictadura es paradigmático por sus alcances prácticos y políticos, en la medida en que el arte cumplió la función no sólo de hacer memoria, de evocar a través de tal o cual recurso, plástico, instalación, intervención urbana sino que principalmente merece mención el arte de resistencia, el arte al servicio de la lucha contra la impunidad y a favor de los derechos humanos. Basta recordar la incidencia de la emergencia de HIJOS en los ''90 y cómo los escraches que ellos implementaron eran realizados con la colaboración de colectivos de arte como Etcétera o Grupo de Arte Callejero para realizar las señalizaciones en casas de genocidas conformando una suerte de cartografía de memoria en la ciudad de Buenos Aires.
También merece mencionarse el Siluetazo cuando un grupo de artistas convocó en 1983 en el marco de la Marcha de la Resistencia a la dictadura a realizar siluetas que representen a los desaparecidos, clamando por la restitución con vida. Posteriormente el recurso de la silueta para referirse a los miles de desaparecidos como "ausencia-presente" fue cobrando más fuerza, en la medida en que ese recurso estético tuvo la potencia de exhibir en el espacio público y en las marchas posteriores la impune entidad del desparecido, y su presencia en el modo de la ausencia.
¿Qué opinión le merece lo presentado durante los festejos del Bicentenario en Buenos Aires?
Me encantó. Me pareció que fue un recorrido justo y crítico en el sentido en que hubo una toma de partido, una valoración teórica sobre el pasado que se representaba. Desde el arte me parece que fue una muestra muy gráfica de lo que es la necesidad de implementar mecanismos alternativos porque ya no sirve la cuestión realista de mostrar ese pasado tal cual fue sino a través de objetos culturales que aludan al pasado, porque el recurso plástico, aún cuando es poético, tiene que tener un eco que trascienda el ejercicio estético que tiene el lugar.

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