RIVER 3 - TIGRE 1: De la mano del uruguayo, River se lo dio vuelta a Tigre y el Ogro volvió a hacer un gol después de 15 partidos. Ponelo a Robert, Pipo.
Jugar sin motivación siempre es feo. Y en el caso de River, además, fue literal. Durante el primer tiempo, no hubo ideas, no hubo plan ni hubo decisión para pelear la bola, recuperarla y jugarla. Salvo Flores, quien arrancó como desde que llegó para reforzar al River campeón de Simeone: observado con lupa. Y de arranque, parecía que el destino iba a ser inalterable. Quería gambetear y se enredaba solo. La pedía y no le llegaba. Arrancaba y se tropezaba. Quería conducir y se estrolaba en la esquina. Pero no se rindió. Al contrario. Y encontró una contra, y tiró una pared con un Fabbiani justamente más estático que una pared, y después de que Islas se la tapara de zurda, facturó de derecha. Y ahí cambió. Fue otro. Como el partido. Porque contagió a Ferrari, a Domingo, a Fabbiani y hasta a Gorosito, quien se animó a romper el doble cinco y se dio cuenta de que con Falcao en cancha River podía parecerse a River. Pero lo más importante es que Tigre no lo vio venir. No supo cómo frenarlo, cómo evitar que el uruguayo lastimara con esa gambeta que de horizontal había pasado a ser vertical.
Cagna intentó neutralizarlo cambiando delantero por volante (Altobelli por Rusculleda), pidiéndole a Castaño que no se le despegara. Pero ya era tarde. En apenas unos segundos, el Tigre de River ya había amargado al Tigre de Victoria. En apenas 30 minutos, el Ogro había pasado de hacer jugar a River con uno menos a tirar tacos y caños y de ser acusado por los hinchas de vende humo a felicitarlo por la posible llegada de un hermanito/a para Uma. En apenas 90 minutos, se trate de una crónica, una entrevista o un análisis, Flores había conseguido que River terminara un fin de semana con más motivos para celebrar que para deprimirse. Y que después de 12 meses, más de uno se enterara que existe.
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