Es, la argentina, un país que necesita de los psicólogos. Sin dudas. En la 39° edición de la feria del libro, Gabriel Rolón, el analista Best Seller, tenía ante sí a las 16;10 de este domingo una hilera de personas de 52 pasos de extensión.
La entrada cuesta 30 pesos y ni bien se traspone el ancho umbral, quedan claras dos cosas: que a esta Feria -que va a extenderse hasta el 13 de mayo-, es imposible recorrerla en un solo día. Lo otro, aquí el país también asoma dividido. Lo primero con lo que uno se topa al entrar es un stand gigante con la leyenda: Una década ganada en la Cultura, de la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Nación. Al tomar el primer pasillo que asoma a la derecha, contra el fondo, a lo alto, dominado todo, un cartel naranja con letras blancas: Clarín.
En el medio hay una jungla de papel, transitada por personajes variopintos y mujeres para enamorarse. Lindas, lectoras, de sencillo vestir. Mirada directa. Algunos agradecerían la colocación de carteles tipo: Peligro, mujeres seguras.
Distribuidores, editoriales, uno que se pagó un stand y/o puesto para poner sus propios cuadros, dibujantes, cantantes de tangos y el viejito de la cerveza Schneider, que a pedido de la muchachada mandaba todo el “ spich” completo del “spot” de la birra santafecina y remataba, en medio de una nube de celulares filmando, con el famoso: ¡Porque lo que importa es la cerveza!
Aquí Borges, Bioy Casares y Horacio Quiroga cuestan lo mismo que un kilo de asado: 50 pesos. Los Conjurados, del ciego; Cuentos de Amor, de locura y de muerte, del suicida; y El sueño de los Héroes, del playboy, se ofrecen a razón de 3×50.
A mitad de camino están los clásicos. Una antología de los cuentos de Gogol, en 79 pesos, y un breve Wash Jones, de Faulkner, en 35. Esto en el puesto de Corregidor, al que tardó un siglo en llegar el ex campeón del mundo Sergio Víctor Palma.
En el tope de la lista de precios las novedades, y consagrados. Un premio Nobel, con buena demanda, como el sudafricano JM Coetzee, ronda los 120 pesos. La biografía de Amalita ídem.
En Tusquets, “El Chino” de Hennung Mankell duele 186 pesos. Un libro que no tiene buenas críticas, sino que recibe alabanzas. Lo ama el editor porque lo vende como pan caliente, y el lector porque escribe bien, es agudo, plantea las incógnitas con sutileza, y describe sin excesos. Nórdico.
Sobre uno de los laterales, hay una larga hilera de puestos de comics. Con sus dibujantes y todo. Y un stand de literatura cubana con su frontispicio atiborrado de ejemplares de El Eternauta. Tengo una edición de colección. Y por suerte la leí antes del 2003.
Palma estaba a un costado del pasillo que conducía a un patio que era necesario cruzar para entrar al pabellón donde, orondos, se apoltronaban en generosos 100 metros, los puestos de La Nación (con bar propio) y el de Clarín.
Ahí estaba el campeón del mundo súper gallo consagrado en 1980. Tiene 57 y parece de 70. Muy delgado, apoyado con fuerza sobre un bastón. Pasé y retrocedí. Le tengo que agradecer mi afición por el boxeo, le dije. Mi abuela Adelina, ya viuda, me sentaba a su lado con voz imperativa y en regodeado cocoliche: “Nacho, vení. Sentate que ahora bossea Palmita”. Sus deseos eran órdenes. Le estreché la mano. Me estrechó con la suya. Deformada, los dedos torcidos para el mismo lado. Los ojos acuosos detrás de gafas muy gruesas. Un ojo casi cerrado. Amable. Humilde. Dónde queda el stand de Corregidor, me preguntó un asistente.
Hay aquí mucho cochecito con bebés. Se terminó la época de la joda y les llegó el momento de refugiarse bajo un techo a la espera que los hijos crezcan. Nada mejor que llenar ese tiempo de libros.
Canela, la de la tele, departe con amigas en una mesita roja de Coca-Cola. Lleva boina negra con bordes en cuerina. Boina de dama. Delicada y exótica a la vez. Acá, la gente de boina toma vino en bota.
El pancho 16 pesos. Agua saborizada, 15. Cuatro pesos menos que en el aeropuerto de Neuquén, donde además tenés que ir vos a sacarla de la heladera.
Pasé por el pabellón de las provincias luego de 3 horas de recorrido. Quería salir. Fugaz, alcancé a ver un cantor de tangos en el puesto de Chubut que hacia cantar a la concurrencia. Un éxito de público.
Traspuestas las rejas de ese emblema de la oligarquía terrateniente, cipaya, basura, vendepatria que es La Rural (no ahorremos adjetivos en tiempos totalitarios, por favor), afuera prepotea la Buenos Aires de siempre. Chori, churro, maquillaje artístico al paso. Cruzo la calle a Plaza Italia. Dos chicas caminan delante. A la izquierda, detrás de un tablero mal alumbrado, tres sujetos se están terminando una tuca. Uno, el de los ojos más achinados, encara sin más a la más linda de las dos. Vestía camisa hindú y lucía algunas mostacillas.
Tenés seda, inquirió el joven. La piba no se detuvo. Insistió subiendo un poco más la voz: Seda, lillo. La chica se para, camina lento al tablón y mete la mano en su pequeño morral. Me sonrío. Ella tenía, y él se había quedado sin papel para armar el siguiente porro.
Sigo hasta Santa Fe. Semáforo en rojo. Miro hacia atrás. El que parecía más afectado por la cannabis, le estaba atando una pulserita de macramé multicolor a la muchacha que le había regalado ese trozo de papel engomado. Hay otros precios, hay otros valores.
Una ambulancia con sus sirenas a todo volumen cruzó delante de mí, y le puso punto final al clima de feria.
Allá, en el pabellón central, quedaba Claudio María Domínguez, firmando libros. ¿Usa peluquín? Empató en fans con Rolón: 49 pasos de fila para lograr su autógrafo.

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