El fantasma de los saqueos los sigue asustando

En 2001, un supermercado recién inaugurado en Alderetes y una metalúrgica de la capital fueron víctimas de actos de vandalismo, que se dieron en el marco de las revueltas que derivaron en la caída del gobierno de la Alianza. Sus dueños aún recuerdan con pavor esas jornadas. Y denuncian que el Estado, lejos de cumplir con la ayuda prometida, los castigó.
Mario aún puede escuchar la alarma de seguridad: ese sonido molesto y persistente que no se apagó, mientras una horda de manos se llevaba -y destrozaba- todo de su flamante supermercado. Isabel, por su parte, nunca olvidará la sensación que vivió cuando llegó a su empresa metalúrgica, alertada por una vecina, y vio cómo una persona pasaba a su lado y se llevaba la silla en la que había estado sentada horas antes.

Tristeza e impotencia delatan los rostros de los dos comerciantes tucumanos que recordaron cómo fueron saqueados sus locales. Ambos episodios estuvieron en las páginas de LA GACETA hace nueve años. Entre el 19 y 21 de diciembre de 2001, los días más violentos del "Argentinazo", en las comisarías de la provincia se denunciaron 21 casos de saqueos. Los empresarios afirman que, a pesar de varias promesas, nunca recibieron la asistencia del Estado.

No quedó nada

"Todo estuvo orquestado por los punteros de los políticos. La gente que entró en mi local no tenía hambre", asegura Mario, el dueño de un supermercado del centro de Alderetes que no quiere dar su apellido. Precisamente, en esa ciudad y en Banda del Río Salí se concentraron gran parte de los ataques. La mayoría de los afectados bajaron las persianas para siempre, al poco tiempo de los robos.

En cambio, el hombre de 58 años aún está a la cabeza de su negocio. En aquel entonces, salió en este diario mostrando cómo se armó para defenderse después del robo: una improvisada "ametralladora" de bombas de estruendo y un alambre de púas electrificado. No iba a permitir otro saqueo.

"Ese 21 de diciembre, a la noche, estaban en los alrededores esperando la orden. Muchos eran clientes míos. Me fui a mi casa y mi familia me retuvo mientras yo veía por la ventana la multitud que iba hacia el negocio", se angustia.

A las 22, la alarma de su local se disparó y marcó el ingreso de los saqueadores. Él y sus empleados observaron la avalancha humana desde la vereda del frente. El comercio había sido inaugurado hacía poco tiempo y no tenía rejas: "rompieron las vidrieras y arrasaron con las cajas registradoras. Llegaron hasta donde estaban los electrodomésticos. No quedó nada", dice con la voz entrecortada.

Al día siguiente del ataque, pudo evitar otro saqueo repartiendo bolsas con mercadería. "Gracias a Dios un amigo me hizo entrar en razón, yo tenía una escopeta y estaba desesperado. Me la quitó y evitó que todo pasara a mayores", reflexiona, mientras señala en una pared el impacto de bala de un arma 9 milímetros que no sabe quién disparó, pero quedó como triste recordatorio. Mario batalló contra las compañías de seguro. "Ocho años después, me pagaron monedas", dice. También critica al Estado. "El Gobierno nos eximiría de impuestos durante seis meses. Pero apenas se cambió al director de Rentas, me hicieron un juicio por esas boletas impagas", reniega.

A nueve años de los saqueos, Mario confiesa que revive el temor cuando observa situaciones de tensión social como las ocupaciones de terrenos en Buenos Aires.

Un antes y después

"Sólo salimos adelante gracias al esfuerzo propio y a la ayuda de los amigos", responde Isabel Sáez de Puertas al ser consultada sobre cómo apoyó el Gobierno a los comerciantes saqueados. Ella y su esposo Alfredo Puertas -que fue entrevistado luego de que su metalúrgica quedara destruida, el 21 de diciembre de 2001- no pueden explicar por qué atacaron su empresa familiar, ubicada frente al hipermercado Libertad de la hoy avenida Kirchner. "Aquí no había comida", desliza la mujer y recuerda la saña con la que destruyeron y vaciaron las instalaciones.

"Tenía ganas de sentarme a llorar. Fue un golpe durísimo: llegar, entrar y ver a los saqueadores llevándose mis cosas", dice conmocionada. Con los ojos llorosos, la mujer recuerda que ese día su esposo estaba de viaje e indicó a los empleados que cerraran temprano porque creyó que tendrían problemas al salir por la cantidad de gente que esperaba comida en el local cercano: "jamás imaginé que entrarían aquí. Se llevaron piezas de autos y herramientas y destrozaron un baño", lamenta. Pero remarca que, tras superar el shock, tuvo que sufrir "una burla" del Estado, que le cobró los tributos, como en el caso de Mario. "Pagué multas e intereses", precisó.

"En esta empresa y en mi familia siempre habrá un antes y después de los saqueos", concluye.

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