La noche de la inundación salieron de su casa y fueron en auxilio de sus vecinos que estaban solos.
La noche del domingo 1 de marzo Romina Díaz, la hija de Paula Becerra, anunció que el agua había llegado a la casa de la tía Berta. Su madre sorprendida no le creyó y le pidió que prendiera la radio. “Si no fuera por mi hija que nos avisó de la crecida, hubiera sido mucho peor. Yo no entendía nada por eso cuando escuchamos que la Policía y los Bomberos pedían que nos fuéramos de las casas, empezamos a ver que el agua ya estaba entrando. Y a los pocos minutos ya la teníamos a la altura de la rodilla. Yo alcancé a manotear dos frazadas, los documentos y las carpetas donde tengo los papeles de la casa”, recuerda ahora la mujer que vive en una esquina del barrio ATE de Concarán. “Fue una gran desesperación, yo gritaba y lloraba porque veía cómo entraba el agua”, dijo la mujer.
A pesar de su angustia, Paula se acordó que a media cuadra vive un matrimonio de jubilados mayores de 70 años y le pidió a Roberto (su sobrino) que los ayude. “Gilberto camina con un andador por eso tenía muchas dificultades. Nos fuimos todos a darle una mano. Yo le decía, ¡Vamos Gilberto, suba al auto! Pero él no se quería ir. ¡Vamos que el agua ya entró a la casa!, le insistía. Hasta que vino su hijo, Omar, y también le empezó a gritar para que saliera”. Como los viejitos tienen una gata y un perro, no querían irse sin ellos, entonces su hijo les avisó que los dos ya estaban seguros en el auto.
La mujer admitió que “al final lo tuve que llevar medio de prepo, agarrándolo del brazo, y así salió caminando despacito hasta el coche”. Pero cuando Omar quiso arrancar el auto, se le paró porque el agua le llegó al motor. “En ese momento pasó un amigo de su hijo en una camioneta y le pidió que nos empujara de atrás y así pudimos salir todos”.
Primero llegaron al Polideportivo, estuvieron unas horas y de allí se fueron a la escuela Nº 74 Benigno Rodríguez Jurado donde se instaló el centro de evacuación. “Yo y mi hija nos quedamos dos días en la casa de su profesor de folclore y recién volvimos el martes a la tarde. Yo no quería volver, cuando vi la casa desde el frente me puse a llorar. Después fui al patio y encontré muertas unas cuantas gallinas que tenía. Era una tristeza todo esto. Cada vez que veo tormenta ya me pongo mal y cuando me duermo sueño que sube el agua otra vez”, confesó la vecina.
Roberto Márquez contó que esa noche quiso quedarse a cuidar la casa, “porque las ventanas no tenían rejas y tenía miedo que encima nos robaran lo poco que teníamos seco. Pero los chicos me decían que no me quedara porque no se iban a quedar tranquilos. Entonces me fui con ellos hasta el Polideportivo. Pero al rato les dije que iba a dar una vuelta y me vine”. Su sorpresa fue grande porque al llegar a la esquina confirmó que “el agua ya me daba a la cintura. Y me dije: qué sea lo que Dios quiera y me metí. Llegué hasta la casa y cuando abrí la puerta el agua ya estaba a medio metro de la pared”.
Cuando vio que pasaba el tractor de la Municipalidad por la calle, que iba a rescatar a otra gente, les pidió a los municipales que le ayudaran a subir algunas cosas arriba de la mesa: “No tuvimos muchas pérdidas salvo un par de muebles, pero lo que sí aparecieron fueron grietas en las paredes y los cimientos de la casa. Por eso lo primero que hice fue construir una senda de hormigón desde la vereda hasta la puerta de entrada”, contó el hombre.
Márquez agradeció al intendente Facundo Domínguez porque “mandó gente para ayudarnos a limpiar la casa que quedó llena de barro. Y el martes por la noche volvimos a dormir acá. La verdad es que no nos hemos podido recuperar todavía”.
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