La sentencia del máximo tribunal frenando el tarifazo para usuarios residenciales fortalece las instituciones y confirma la independencia de sus integrantes. Se trata de un revés para el Gobierno, para también una oportunidad para revisar políticas que no están funcionando
Momento complejo, más aún si nos olvidamos de dónde venimos. Hay grandes logros: salimos del fanatismo y la obediencia degradante de un poder que esgrimía supuestas pretensiones ideológicas para encubrir concretas acciones delictivas. Por muy pocos votos derrotamos al destino que, sin duda, nos llevaba a una confrontación entre hermanos. Estuvimos cerca de lo peor, no por Scioli, sino por los oscuros y nefastos personajes que lo rodeaban y a los que sin duda no hubiera logrado extirpar.
El nuevo Gobierno tuvo logros y fracasos. Nos sacó del cepo al dólar y de la deuda convertida en juicio absurdo y caprichoso, de esa estupidez según la cual todo enfrentamiento con el supuesto imperialismo tiene matices de revolución. Macri nos devolvió la democracia y nos ayudó a salir de la locura de Cristina, que decía ser de izquierda pero en su corrupción y sectarismo era más dañina que si hubiera asumido ser de derechas.
Pero volvamos al presente. Los nuevos jueces de la Corte son respetados e independientes. El fallo del jueves sobre el tarifazo termina poniéndole un límite al Gobierno pero ampliando el lugar de las instituciones. El Congreso volvió a existir como un espacio de opinión libre para sus integrantes; ese avance es de un valor político indiscutible. Ahora ser senador o diputado no depende de perversos Rasputines ocultos tras las polleras del poder de turno. Ahora recuperaron la libertad y hasta en algunos casos pareciera que al liberarse del miedo también están cerca de recuperar su dignidad.
El Gobierno se equivocó al imaginar que su mera presencia servía para atraer inversiones y bienestar. El PRO es un partido integrado mayoritariamente por gente de buen pasar, por gerentes y expertos acostumbrados a vivir en la bonanza; eso los lleva a despreciar la política y caer en el error de imaginar que ayudando a ricos y poderosos dan trabajo y mejoran la innegable crisis. Los resultados están a la vista: el déficit y la deuda están aumentando a la par de la miseria.
Salimos de una enajenación que podía habernos llevado a lo peor. Tenemos un Gobierno que está ordenando muchos sectores, pero que, como el anterior, no se atreve a cuestionar la concentración. Somos una sociedad que produce parecido al pasado pero distribuye de manera muy distinta y, en consecuencia, los ricos son pocos pero mucho más ricos y los pobres son demasiados y sin duda, mucho más pobres.
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