Exclusivo: “Se reían de mí porque les decía que Dios los iba a castigar por lo que me hacían”

Exclusivo: “Se reían de mí porque les decía que Dios los iba a castigar por lo que me hacían”
Olinda Campana tiene 87 años, es licenciada en Ciencias Orientales y vivió el peor calvario de su vida, secuestrada durante cuatro años por un matrimonio de Trelew. Le contó a Jornada el estremecedor relato de los maltratos que la dejaron en silla de ruedas y la trampa en la que cayó.

Es dueña de ojos claros, una sonrisa constante y coqueta cabellera. Licenciada en Ciencias Orientales, maneja varios idiomas y su voz es calma, clara y denota alto intelecto. Sólo sus arrugas y la silla de ruedas que sostiene su cuerpo indican que es una mujer de edad avanzada. Olinda Hilda Campana tiene 87 años y es la abuela de Trelew que estuvo cuatro años secuestrada víctima de un perverso matrimonio que le propinó todo tipo de maltratos físicos.

“¿Qué les deseo?….Nada…que Dios les haga ver la luz”. Eso dijo Olinda en una charla exclusiva que concedió a Jornada. Accedió al diálogo con admirable predisposición, nulo resentimiento y una lucidez que despierta la admiración de cualquiera.

Mentiras

“¿Cómo llegué a esa casa? Fue por un aviso en el diario. Me recomendaron ir allí a vivir porque el matrimonio tenía dos nenas y a mí me gustan con locura los chicos y yo entré por ese lado. Me mostraron la casa y me decían amablemente…pase, pase”. Así se inició el martirio vivido, que jamás pensó que debería relatar usando el impecable vocabulario cultivado por su sólida formación literaria.

“Cuando pasó un poco el tiempo, las cosas fueron cambiando. Empezaron los golpes, me pellizcaban y me tiraban el pelo”, admitió, gesticulando con sus manos la forma en que salvajemente la golpeaban. “Así empezó el asunto, los golpes eran con la mano abierta, con mano cerrada, con el puño….de todas maneras”.

“Me estaban trabajando la cabeza con una historia que al principio no me había dado cuenta. Me decían: ´Usted no tiene a nadie, usted está sola, nos tiene a nosotros nomás, ¿verdad que quiere morirse? ¿verdad?”. Así describía los gritos de los dueños de casa.

Hizo una pausa en el relato y suspiró. “Yo pensaba ´antes de estar con ustedes, prefiero morirme´. Porque estaba mal. Así siguió. Un poco mejor, un poco peor o mucho peor. Las nenas no me hacían caso. Ella (por la mujer) las aleccionaba para que dijeran cosas en mi contra. Por ejemplo, que yo extendía en la mesa materia fecal y ellas lo repetían….tienen 7 y 9 años”.

La mujer aseguró que el matrimonio mentía todo el tiempo hacia el exterior. Ellos siempre tenían problemas. “El papá enfermo, después su mamá. La vida era en la calle y así pasó”, indicó.

Golpes sin fin

“Nooo, yo no estaba en sillas de ruedas”, confirmó esbozando una sonrisa. Si bien está postrada, Olinda se esmera por mantener en movimiento sus pies y asegura que hará todo lo que sea para volver a caminar. “Este estado fue consecuencia de unos golpes que me dieron. Cuando me quise parar no pude. Me caí en el patio, me sacaron por los hombros tironeándome para arriba, resbalé y me caí fuerte. Ellos dijeron que me tiré, nunca aceptaron mi caída. Desde ese entonces me tuvieron así, al final pasé a tener silla de ruedas. Me la compraron o alquilaron, no sé, es que vieron que no me podía parar”.

La abuela confirmó que estuvo secuestrada, privada de su libertad por cuatro larguísimos años. Describió esta horrenda situación. “Tengo una hermana y amigos, pero allí fueron siempre de la puerta para afuera. No me dejaban abrir la puerta. Yo quería pero no me dejaban. Una vez pedí para Año Nuevo o Navidad el teléfono para saludar a mi hermana y no me lo permitieron. Entonces dije bueno, acá perdí del todo…no me dejan hacer nada”. Lo dijo con lágrimas en los ojos ante la catarata de recuerdos que venían a su mente.

Levantó la cabeza y continuó hablando: “¿Sabés qué hice? Soy religiosa y le empecé a rezar a mi Virgen. Pedí que se solucionara todo para que pudiese volver a mi vida, sin enfermedades, sin riquezas pero tranquila”.

Olinda admitió que el perverso matrimonio se apoderó de sus ingresos económicos. “Les tuve que dejar un poder para que se hicieran cargo del sueldo que yo pudiera cobrar o percibir. Ellos se resarcían de todo gasto” confirmó la abuela, aclarando que si bien se trató una vez más de un acto perverso, a ella lo material nada le importa.

Terminó la pesadilla

Ella íntimamente lo sabía: su calvario llegaba a su fin. Fue cuando uniformadas de la Comisaría de la Mujer advirtieron su presencia en la casa al concurrir por reiterados hechos de violencia que el inescrupuloso matrimonio protagonizaba. “Todavía no sé cómo las chicas me vieron”, expresó sonriendo y en calma, reconociendo la loable tarea del personal de esa dependencia.

“Este personal policial había estado antes en la casa porque se armaban unas peleas que yo pensaba que se iban a matar, yo cuidaba mi cabeza…se tiraban con todo. Había una habitación con un placard enorme. Ellos decían que tenían 10 habitaciones, no las vi porque estaba siempre cerrada. El placard estaba lleno de botellas de perfumes, cuando se armaban las peloteras se tiraban con eso”, puntualizó con horror.

“Un día se tiraron con todo y el piso quedó regado de vidrios. A la noche, la Policía los fue a retirar, ahí fue cuando nos conocimos con la gente de la Policía”.

La anciana advirtió que “ella lo culpaba a su compañero de haberla empujado a hacer eso. Él decía que era ella, le cerró la puerta y no la dejaba salir. La mujer quiso que fueran dos policías a sacarla de ahí. Porque él decía que la quería matar. Es mentira, es cobarde, pero se peleaban que daba calambre”.

Ciencias Orientales

La claridad en su relato demuestra su formación intelectual. Olinda trabajó desde los 16 años y hasta más allá de los 60. Su marido falleció a raíz de una larga enfermedad y sus dos hijos también perdieron la vida en dos episodios lamentables. “Hice primaria, secundaria y después gané una beca en la Embajada de España para hacer el resumen de la Literatura Española en el Siglo de Oro. Eso me gustaba con locura”.

“Siempre me gustó la Literatura, los chicos y la gente buena. La gente con la que estoy ahora. Después seguí estudiando cosas sueltas pero siempre referida a la literatura y al hombre en sí. A lo que éramos nosotros cuando veníamos al mundo, cuando nacíamos, cuando Dios nos creó”, afirmó Olinda en un repaso de su vida.

Una descripción sobre sí misma. “Rendí toda esa temática y me dediqué a Estudios Orientales. Se trataba de la Literatura toda. Eran los mitos, cosas preciosas. Esas cosas no tienen precio cuando te las enseñan porque no te las olvidás. Te llenan el alma, te llenan la vida”, expresó con voz segura.

Olinda siguió recordando: “Comencé con la licenciatura y la terminé bien, con sacrificio, con un mérito propio que no era pavada. Era mi título. Me lo daban porque lo había hecho muy bien; un diploma de honor. Licenciatura en Estudios Orientales abarca todo. Yo tenía que estudiar dos idiomas (entre los que se encuentra hebreo) y aparte el castellano”, subrayó.

“¿Qué les deseo?...nada….que Dios los haga ver la luz. Yo les dije un día: Dios los va a castigar por todo esto y se rieron. Es cuestión de esperar. Yo esperé”, remató la entrevista la mujer que sacó fuerzas de donde pudo para atravesar los cuatro peores años de su vida.

Pudieron arrebatarle todo, hasta la posibilidad de caminar, pero jamás la perversidad pudo meterse con su sabiduría y la alta formación que le permitió sostener su mente y hasta sentir lástima por quienes se ensañaron tanto en lastimarla. “No me saqués fea, sacame como cuando tenía 20 años”, le apuntó con simpatía al fotógrafo de Jornada que retrataba su imagen después del infierno.

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