Una excepción que exhibe la desmesura de la política oficial

Por Ricardo Kirschbaum

“Los diarios son los ojos y los oídos de una Nación. Clarín y otros tantos diarios –en Argentina, Brasil, en todo el mundo– hacen a la Nación hablar consigo misma . Ese es el papel de la prensa en las verdaderas democracias. Los diarios son un foro insustituible, y la interdicción de ese foro, a veces en forma truculenta, otras veces de manera disfrazada y sutil, afecta a la democracia y a los ciudadanos ”. Esta frase pertenece al discurso de María Judith de Brito, presidenta de la Asociación Nacional de Diarios de Brasil, y la dijo en la ceremonia de entrega del premio Libertad de Prensa a Clarín (ver Premio a Clarín en Brasil por la defensa de la libertad de prensa). El acto se realizó en un lugar simbólico: el Supremo Tribunal de Justicia de ese país, como una forma de reforzar la idea de independencia. Independencia de la prensa, libertad de expresión plena . Independencia de la Justicia para que sus fallos reflejen una decisión autónoma de los intereses políticos, oficiales o privados.

En la democracia, los poderes deben resguardar los derechos de los ciudadanos y su ejercicio sin interferencias ni recortes. Nadie desconoce aquí ni en el exterior los actos de hostigamiento y de presión constante desde el poder contra Clarín y otros diarios argentinos, como La Nación y Perfil , también destacados en el acto. Y el destrato y la descalificación a sus miembros que cumplen con dignidad profesional su tarea. Por eso, la distinción recibida honra a sus periodistas e ilumina cada vez más el acoso político al que son sometidos los medios no adictos. El poder, ya se sabe, no estimula la crítica sino la sumisión. Esta anomalía en la democracia es muy visible apenas se despeja la hojarasca del doble estándar y aparece el verdadero rostro del discurso monolítico que atraviesa a todos los medios oficialistas, ratificando aquello de que la pluralidad invocada es una coartada para crear muchas voces que digan lo mismo y que sean controladas a través de un único aportante económico: el Gobierno.

Esa política comunicacional ha sido impugnada con inteligencia y aplomo por Beatriz Sarlo , una intelectual lúcida e incisiva, cuya participación en la televisión gubernamental –no es pública, a pesar que la pagan todos los ciudadanos– se convirtió en un acontecimiento. El propio hecho demuestra la desmesura de la política oficial en los medios estatales. Que haya sido invitada una intelectual crítica a un programa hiperoficialista es una noticia que refleja, en sí mismo, el grado de desviación . Aunque la intención haya sido desacreditar o impugnar un libro de Sarlo sobre Kirchner, el pelotón de fusilamiento preparado para “ejecutar” mediáticamente a la autora se tuvo que disparar a sus propios pies . Salieron derrotados. Sería interesante que el Gobierno cesara con la persecución a los medios y periodistas que no integran la orquesta oficial y pusiera en debate su política como una contribución enorme a la democracia.

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