La psicóloga Mónica Alberro y el coordinador del CAFER (Centro de Ayuda a la Familia en Riesgo), Gabriel Di Lorenzo, conversaron con “el Retrato…” acerca de las adicciones de los jóvenes y los adultos, para luego hacer foco en la problemática social del país y hasta hablar de la inseguridad. “El mayor número de hechos graves pertenece a los adultos”, expusieron.
Declaración en la que coincidieron la psicóloga Mónica Alberro y el coordinador del CAFER (Centro de Ayuda a la Familia en Riesgo), Gabriel Di Lorenzo, quienes conversaron extendidamente con “el Retrato…” y hablaron de todo lo relacionado al fenómeno mencionado. De cómo es el proceso inicial, cuándo se transforman en toxicómanos, hasta la relación con el delito. A su vez, el rol que debería cumplir el Estado.
“Mar del Plata no escapa a la problemática nacional e internacional, con respecto al consumo de sustancias. Muchas veces se apunta a los sectores juveniles porque son los más vulnerables, pero este fenómeno traspasa todas las edades”, fueron las primeras palabras de Alberro, antes de contextualizar su afirmación.
“El consumo de sustancias es histórico y este fenómeno apareció junto al hombre”, argumentó antes de citar que “en los últimos años tuvo un crecimiento mucho más importante. No solo en Mar del Plata, sino en todo el país. Sobre todo a partir de las décadas del 80 y 90. Por ejemplo, el consumo de cerveza en la juventud creció considerablemente porque las publicidades, que comenzaron en los 70, profundizaron esa tendencia”.
En una línea informativa, aclaró que “nosotros hablamos de sustancias para no encuadrar el tema puramente en el consumo de marihuana, cocaína o el resto de drogas ilegales. Sumamos al alcohol y los psicotrópicos sin recetas que consumen mayoritariamente los adultos”.
En ese marco, Alberro amplió su visión y sostuvo que “el alcohol tiene venta legal y las publicidades están relacionadas a los sectores juveniles. Esto hace que se amplíe la franja de consumidores, porque antes tomaban los adultos, después los jóvenes adultos y ahora lo hacen a partir de los 12 años. Fundamentalmente con cerveza, después con fernet, aunque éste último sea mucho más caro. Entonces, hoy en día estamos frente a un policonsumo en los sectores juveniles: arrancan con alcohol, siguen con todo, es decir, tabaco, marihuana, cocaína y psicofármacos”.
“¿Cuál es el consumo de alcohol de antes y el de ahora?”, se preguntó la psicóloga antes de contestarse que “se utiliza para intoxicarse y lograr un efecto rápido. No es que lo usamos para divertirnos”.
En esa línea, Di Lorenzo se introdujo en las denominadas “previas” de los jóvenes, de las cuales mencionó que “antes, los chicos llegaban al boliche sin tomar nada y luego consumían alcohol dentro del lugar. Claro, a las 3 o 4 de la mañana también se emborrachaban. El problema actual es que los jóvenes ahora salen intoxicados. A las 12 de la noche se juntan en una casa, llevan todo tipo de bebidas y toman mucho en el menor tiempo posible. Hay una compulsión en ese sentido”.
Tampoco dejó pasar, oportunamente, que “en los quioscos de los barrios compran cocaína y es cualquier cosa. Poca droga mezclada con otros remedios para el dolor de panza. Ha habido cuadros de intoxicación con un cuadro hepático, porque había consumido más paracetamol que cocaína”.
A nivel local, de acuerdo a los jóvenes que trata, Di Lorenzo mencionó que “consumen mucho alcohol y marihuana, pero no encontré muchos casos de consumo de cocaína. Quizás porque sea más cara. Porque, además, en sectores marginales existe la alternativa del pegamento o el paco. Sustancias que te destrozan. Conozco jóvenes que a los 15 años están destruidos por consumir eso mismo”.
Ampliando el mapa de análisis, la psicóloga remarcó que “al menos con las instituciones que nosotros trabajamos, no vemos muchos casos de jóvenes que consumen paco. En principio, porque se liga más a las zonas donde existen cocinas. En Buenos Aires sí es más factible con chicos que consumen esta sustancia, sobre todo en puntuales zonas y plazas. Como es una droga compulsiva, no pueden dejar de consumir y rápidamente se deterioran sus cuerpos”.
Sociedad consumista y conflictividad penal:
“En principio, vivimos en una sociedad consumista. El problema es cuando una persona hace cualquier cosa por un objeto que le dará un gran placer. Sea una zapatilla, un buzo, un celular o una droga ilegal. Ahí estamos en presencia de una problemática mayor”. Introdujo Lorenzo al tema.
Sin embargo, relacionado a la cuestión meramente penal, dijo: “Los primeros robos no son grandes golpes. Es querer tener los mismos objetos de consumo y símbolo que hacen que un adolescente sea un adolescente. Es decir, cierta ropa, cierto celular. Muchos chicos que por muchas vías no van a poder acceder a eso mismo. Entonces, si el mensaje es que para ser adolescente hay que tener tales y cuales características, ellos ingresarán al delito con ese fin”. Marginalidad propiamente dicha.
Para Alberro, “lo que propone la sociedad es que consumamos todo. Objetos, personas, sexo, drogas. Por lo tanto, a las sustancias las incluimos dentro de la adicción en conjunto. Pero también tenemos que diferenciar al adicto del toxicómano, que es tener una problemática ligada a la adicción. Normalmente, los chicos estudian o trabajan durante la semana y luego desbarrancan con alcoholes o drogas. Distinta es la persona que se levanta y no puede vivir sin tomar alcohol o drogas”.
De paso, el Coordinador hizo foco en un punto no menor: “Cuando padecen el primer proceso judicial, de ser detenidos por una patrulla y alojados en una comisaría, quedan marcados. Para nosotros los marcan para bien. La idea es que los chicos aprendan de sus errores, porque ellos lo ven de una manera muy confusa”.
El menor y los delitos graves:
“No sé si los menores entran y salen como todos dicen”, manifestó Di Lorenzo antes de contextualizar su afirmación: “Habría que ver estadísticamente cuántos delitos graves cometen los menores a 16 años. Pero en un homicidio, es tan fuerte lo que genera en la sociedad, que uno cree que está rodeado de niños asesinos. Además, los medios saben que es una noticia que vende y la exponen continuamente”.
No obstante, aclaró que “a las personas que sufrieron un hecho de inseguridad o padecieron la muerte de un familiar, no les interesan las estadísticas. Pero más allá del respeto que se merecen las víctimas, el mayor número de hechos fuertes pertenece a los adultos”.
Entendido en el tema, admitió que “hay condenas fuertes a jóvenes y los institutos están llenos. Condenas que están acordes a la Ley de Minoridad, aunque todavía no hay una ley de ejecución de pena de un menor. Es decir, si mata a los 16 y le dan 10 años, a los 18 tendrá que pasar a la cárcel de mayores”.
Apoyo del Estado:
“El apoyo no es el que debería haber”, dijo Alberro y lo fundamentó: “No se trata de criticar. Pero el Estado debería hacerse responsable de la salud de sus ciudadanos. Puntualmente en Mar del Plata, hay instituciones provinciales y municipales que no nos alcanzan. Son establecimientos creados en la década de los 90 que tienen muchas dificultades para sostenerse y no pueden albergar a todos los jóvenes judicializados y la demanda que existe en la ciudad como en toda la región”.
A modo explicativo, Di Lorenzo añadió que “no es una internación hospitalaria. Los chicos no se van a los dos días. Son internaciones prolongadas donde se necesita un gran presupuesto para poder mantenerla. De seis o un año como mínimo para poder trabajar con el paciente”.
Pero no todo es tan fácil como se cree: “El paciente va y viene. Está un tiempo y luego se va. Son pocos los que terminan el tratamiento, que oscila más de un año. Existen casos de chicos que no volvieron a la internación y resolvieron sus problemas. Como el que se fue, volvió a consumir y regresó peor. Lo que tiene que quedar claro es que no hay tratamientos efectivos para ningún cuadro adictivo. Es difícil salir de la toxicomanía. Es una problemática severa, donde muchas veces se cruza con cuestiones psiquiátricas. Es decir, nos hacemos más preguntas de las respuestas que obtenemos”.
En el medio de un “quiebre cultural, ideológico y político”, producido en la década de los 90, donde “el individuo se desligó de lo social y se aferró al individual, el pibe que antes tenía el club o la biblioteca del barrio, y luego iba a la escuela, cuando estas cosas se cayeron los chicos quedaron sin sostén y las adicciones se pusieron muy fuertes. Se llenaron con algo en el medio de la nada misma”.
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