La escuela incendiada de barrio Godoy no tendrá clases en toda la semana

Porque no es fácil entender qué lleva a alguien a atacar una y otra vez la escuela de su propio barrio —en este caso, Godoy— es que maestros y padres de la primaria 6.018 ensayan todo tipo de explicaciones, hipótesis que suenan más complementarias que excluyentes.
Lo único claro en el lugar —blanco de al menos seis actos vandálicos desde que comenzó marzo y de un incendio el viernes pasado— es que los destrozos impedirán dar clases al menos toda esta semana. En la puerta, mientras tanto, se habla de exclusión social, de rencores adolescentes, de rivalidad entre bandas, de problemas de convivencia barrial y promesas que el gobierno nunca cumplió. Nadie arriesga qué pasará después.

“¿Nosotros qué culpa tenemos, mamá?”, preguntaba ayer Lucía, una alumna de 4º grado, después de retirar la tarea fotocopiada para toda la semana que las maestras repartían chico por chico y madre por madre al ingreso de la escuela incendiada. Atrás, una cuadrilla de albañiles trabajaba ruidosamente en el sector más dañado.

Tras el fuego que obligó a suspender las clases en el establecimiento de Larralde al 3300 —que además alberga a la primaria nocturna 6.711 y la técnica 1.346— el desconcierto ganó a la comunidad educativa del barrio. Las únicas certezas, ayer, eran que los chicos no tendrían clase en toda la semana y que los padres deberán asistir a una reunión el viernes por la mañana.

Seguidilla. El incendio funcionó como la gota que colmó el vaso, pero en perspectiva fue apenas un acto de vandalismo más en una “seguidilla” que desde inicios de marzo vino golpeando sin tregua a la escuela: destrozo de rejas y ventanas, piedrazos, rotura de un portón, saqueo completo de aulas, robo de dos anafes y una heladera, lo que incluso obliga desde hace 15 días a dar raciones frías a los 1.200 chicos que almuerzan allí.

A tal punto llegó el nivel de alarma, cuentan las docentes, que a comienzos de la semana pasada le dieron la llave de la escuela a la comisaría 32ª para que sus efectivos entraran “si volvía a pasar algo”. Pero las rondas que la policía asegura haber hecho no alcanzaron para frenar el fuego que se inició en un armario, en un sector de la primaria que linda con la escuela técnica ubicada atrás, por donde esta vez habrían entrado quienes causaron el incendio.

Lo increíble es que dos semanas atrás, en un ataque previo, apareció una pintada que decía: “Si no llaman a Canal 5, quemamos la escuela”. Como en Gran Hermano, los autores de la hazaña en barrio Godoy demostraron sus ansias de cámara.

Dos maestras de la primaria, Marisa Catroppa y Cecilia Saldaña, dicen que la situación no dista mucho de la de cualquier escuela de la periferia de Rosario, “a las que no llegan los millones de la publicidad oficial”.

Por un lado, apuntan a la exclusión social que lleva a miles de jóvenes a ver en la escuela, la institución que tienen más cerca, un emblema del mismo sistema que los condena. Por otro, recuerdan que el propio establecimiento escolar sufre de condiciones de marginalidad, con grados abarrotados, falta de aulas y cargos, y escasa infraestructura (no tiene estufas y el año pasado se le electrificaron las paredes).

Por eso el vandalismo no les parece casual y menos escindible de las condiciones sociales que atraviesan al barrio.

Es más. Las propias directivas del establecimiento recuerdan que hace 5 años, cuando la escuela sufrió su primer incendio intencional, se elevó un pedido de custodia del edificio. La promesa del Ministerio de Educación de garantizarles una vigilancia “jamás se cumplió”, recordó la directora de la primaria para adultos, Blanca Quevedo.

Por eso el reclamo unívoco, al que se une la vice de la 6.018, Mirta Hickmann, es que “la primera medida sea instalar una custodia permanente”.

Qué se dice afuera. En las calles también circulan versiones de lo que ocurrió, pero nadie da nada por sentado. Los rumores aluden, como se dijo al principio, a cierta rivalidad entre bandas de adolescentes, una de ellas de Los Olivos, un asentamiento irregular al sur de Godoy. Otro apunta a conflictos de convivencia que trajo aparejada la relocalización de familias de La Granada, al norte del mismo barrio.

En el medio quedan tres escuelas, más de 1.200 alumnos y un grupo de docentes impotentes frente a una violencia que, de tan cotidiana, corre el riesgo de volverse “natural”.

Reunión con supervisión

Como ocurre en otras zonas de la ciudad, el crecimiento del barrio Godoy fue complejo y trajo sus dificultades.

Según cuentan docentes con más de una década enseñando en la escuela 6.018, lo que era un vecindario habitado mayoritariamente por quinteros (trabajadores y propietarios de quintas) se fue transformando rápidamente al ritmo de la construcción de los Fonavi, la relocalización de familias procedentes de otros asentamientos y el propio aumento poblacional, asociado en gran medida al avance de la pobreza.

Seguramente, las estrategias para convivir con esas postales del barrio no estarán ausentes de las conversaciones que directivos y docentes mantendrán hoy con la supervisora de zona en la primaria 1.314 de avenida Circunvalación y 27 de Febrero.

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