Por Ricardo RoaEl escándalo de los casi mil kilos de cocaína que llegaron desde la Argentina a España es un espejo que no deforma los agujeros en nuestra red de seguridad: nadie revisó el Challenger 604 de los hermanos Juliá. Ni en Morón, donde estuvo estacionado, salvo dos cortos vuelos, nada menos que 54 días. Ni en Ezeiza, de donde se escurrió con el cargamento a bordo, según afirman investigadores. Si no los hubieran detectado en Barcelona, seguiríamos garantizándoles impunidad a los narcos.
Normalmente sólo operan vuelos de cabotaje: Morón no tiene Aduana ni Migraciones ni Senasa. Tampoco es lugar de estacionamiento de taxis aéreos sino de escuelas de aviación. Los aviones ejecutivos, como el de los Juliá, se guardan en Aeroparque o San Fernando, donde pueden tomarlos sus clientes. Pero a ninguna autoridad le llamó la atención que lo dejaran ahí y por tanto tiempo: un avión de 15 millones de dólares parado sin sacarle ningún rédito. Legal, se entiende. Los Juliá habían trabajado y mucho en los años en que hacían viajes sanitarios para el Estado. Milagro del padre, entonces jefe de la Fuerza Aérea, que les pudo comprar un Lear Jet de millonario con el sueldo de brigadier. Y que luego puso a uno de ellos como gerente del PAMI para que contratara la empresa de la familia. Caridad bien entendida.
En Ezeiza, el avión fue prolijamente filmado e igualmente ignorado: nadie subió a inspeccionarlo. A esos aviones les pasa como a los pasajeros: los revisan al volver. Es como permitirles irse con drogas y escanearlos al regreso por si traen un iPad. Las cosas deberían haber cambiado después del otro narcoescándalo: el de Southern Winds, cuando subieron a un avión de línea 60 kilos de cocaína. La responsabilidad mayor, entonces y hoy, es de la Aduana. Echegaray, jefe de ese organismo en 2004, prometió recuperar “la primera línea de control” en el aeropuerto. Se sabe que no resiste un archivo.
Esa vez, el Gobierno descabezó la Fuerza Aérea y le quitó además la Policía Aeronáutica. Ahora, silencio stampa: no hay sanciones ni imputados. Sólo el latiguillo autotranquilizador de que la Argentina es un “lugar de tránsito” de la droga.
¿O lo fue?
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