El Trapiche está íntimamente ligado a su río. Vieja población minera ligada a la actividad que se desarrollaba en su vecina La Carolina, hoy su caudal turístico va en busca de las playas tapizadas de césped y el agua cristalina que baja formando pequeñas cascaditas, ideales para un masaje en la zona del cuello.
Al pueblo se llega desde San Luis por la ruta 9, que nace de la 20 a la altura de El Volcán, luego de transitar 40 kilómetros. Ya el camino es un disfrute porque hay campos sembrados de soja y maíz que le dan distintas tonalidades a la planicie que hay sobre la derecha e incluso al faldeo de la sierra.
Ya en la entrada misma, tras un control policial, está la bifurcación rumbo al perilago del dique La Florida a la derecha o uno se mete directamente en El Trapiche si sigue en línea recta. Es recomendable el mirador del embalse, apenas 200 metros dentro del ejido urbano. Allí se puede apreciar perfectamente cómo los ríos Grande y Trapiche abastecen la enorme cuenca que ofrece La Florida.
La ruta tiene suaves curvas y pendientes, pero el río serpentea tanto debajo suyo que son cuatro los puentes que lo cruzan. En todos se puede dejar la cinta asfáltica para meterse en callecitas de tierra que conducen a la orilla. Ambas márgenes están también asfaltadas, por lo que se puede recorrer todo el curso de agua sin bajarse del auto, aunque lo mejor es parar donde uno decida para relajarse con la vista y el "ruido" a agua que no cesa nunca.
Las casitas e incluso algunos complejos de cabañas y hoteles están directamente a la vera del río, lo que le permite al visitante dejar su habitación y estar en la zona balnearia sin tener que cargar con heladera y reposeras más de 20 o 30 metros. Hay sombra suficiente para todos y también asadores, ya que están ubicados en las dos orillas. Personal municipal pasa asiduamente para cobrar $20 en concepto de estacionamiento, un dinero que sirve para mantener la costanera limpia y los baños en condiciones.
Entre las atracciones del pueblo está la imagen del Cristo Redentor esculpido en mármol de Carrara. Piezas de los viejos trapiches se encargan de embellecer las casonas del pueblo. Y la presa de Río Grande, en conjunto con los 7 cajones ayudaron a armar un reconocido lugar de veraneo.
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