Entre el laberinto y el callejón

El gobierno sirio ha quedado atrapado en el mismo extraordinario laberinto que envuelve como una cadena al resto de los liderazgos del mundo árabe. La contradicción es sencilla: si aumenta la represión sobre la calle, sólo terminará por hacer más evidente y enérgica la protesta. Si acepta las demandas, después de haber perdido la oportunidad de adelantarse a ellas, sólo le quedará la puerta de salida. Tal como están las cosas, ese laberinto ya tiene la forma de un callejón, el peor de los lugares para construir política.
No es la única contradicción. Bashar al Assad, el presidente vitalicio de Siria, es un hombre de dos mundos que vivió gran parte de su vida en Gran Bretaña donde estudió oftalmología y donde nació, en Londres, su mujer. Terminó hace una década en ese cargo debido a una suma de casualidades, la mayor de ellas, la muerte de su hermano, destinado originalmente a suceder al padre de ambos, Hafez al Assad quien controló el país con puño de hierro desde que tomó el poder hace hoy 48 años. Siria es la única de las naciones del universo árabe donde se generó una auténtica dinastía, lo que pretendió hacer Muammar Kadafi en Libia y que se le frustró también a Hosni Mubarak en Egipto.

La revolución social y democrática que está transformando de modo radical esa parte del mundo, reserva un tono especialmente complicado en Siria aunque ahí también lo que agita las aguas es la combinación de una distribución inequitativa del ingreso, la pobreza que atrapa a un tercio de la población y la corrupción.

Siria es el primer país que sufre este terremoto que no tiene un régimen prooccidental o pronorteamericano que es una de las características homogéneas que distinguen al resto de la constelación árabe, Libia incluida. La alianza profunda de Damasco con el régimen ultraislámico iraní, profundizada por el aislamiento a que sometió Estados Unidos a Siria, implicaría, además, un golpe por elevación sobre el país persa en caso de que caiga el gobierno de Bashar. También generaría un impacto equivalente sobre organizaciones como el partido libanés Hezbollah con el cual está históricamente vinculado.

No conviene sin embargo, dejarse tentar por las simplificaciones. Si el mundo árabe se democratiza incluyendo a Siria, se desactivarán ciertos espectros de seguridad que se agitan en Occidente y eso tendrá otras consecuencias. Posiblemente Israel deberá enfrentar la obligación de devolver a Damasco la rica meseta del Golán, un territorio tomado en la guerra de 1967 y que la ONU considera como una ocupación ilegal. También en un espacio de libertades ciudadanas, como parece encaminarse toda esa región, sería muy complicado continuar dando largas al nacimiento del Estado Palestino, un paso pendiente desde la partición de 1948.

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