Desde mediados del año pasado las comunidades aborígenes del norte de la provincia vienen siendo golpeadas con fuerza por el flagelo de la desnutrición, cuyas consecuencias fueron atribuidas a un problema de gestión del sistema de salud. A esto se suma, ahora, un grave conflicto social en Colonia Santa Rosa, donde un millar de vecinos ocuparon terrenos privados y del Estado como consecuencia de la crisis habitacional que desde hace tiempo afecta a este pueblo del departamento Orán.
La mayoría de las víctimas fueron niños, pero la primera fue una wichi de 37 años que murió a mediados de diciembre del año pasado por desnutrición extrema en una misión aborigen de la localidad de Fortín Dragones, en el departamento San Martín. Si bien el caso de esta mujer puede ser ubicado dentro de otro parámetro por tratarse de una persona mayor que podía valerse por sí misma, su situación marcó un punto de inflexión respecto a la poca efectividad que tiene el sistema sanitario de la provincia para llegar a este sector de la sociedad.
En todos los casos, los familiares de las víctimas se quejaron por el trato que reciben de parte de los operadores de la salud y remarcaron que eso, muchas veces, los condiciona cuando necesitan asistencia médica. La prueba está en el hecho de que los muertos fueron chicos que llegaron en estado desesperante a los hospitales cuando ya nada se podía hacer para salvarles la vida. El más elocuente fue el caso de Teresa Ortiz, la wichi de Dragones, que prefirió dejarse morir porque, según sus familiares, nunca la trataron como correspondía de la enfermedad que la afectaba. “La internaban dos o tres días y le daban el alta en peores condiciones”, sentenció su esposo. La fotos que recorrieron el país fueron una muestra patética del horror. Al expirar Teresa pesaba apenas 37 kg.
Sabido es que el sistema de salud de Salta que comenzó a implementarse a partir de 1983 es uno de los mejores del noroeste argentino. Por eso no se explica que teniendo las herramientas para asistir a los más necesitados, todos los años se mueran chicos por desnutrición, con la particularidad de que la mayoría son aborígenes. Esto demostraría que sus razones tienen cuando denuncian que este sector no recibe un trato adecuado en los centros hospitalarios.
“El sistema aún no dio en la tecla”
“Tenemos un plan de salud bueno pero, lamentablemente, el sistema todavía no dio en la tecla para llegar con efectividad a las comunidades aborígenes”, advirtió Fernando Páez, párroco de Embarcación, en una entrevista que El Tribuno público el 3 de enero pasado. En esa ocasión, el religioso atribuyó el flagelo de la desnutrición “a un problema de gestión”. Hasta ese momento sólo se contabilizaba la muerte de una persona (la de Teresa Ortiz) y los hechos -lamentablemente- terminaron dándole la razón al cura porque luego se desencadenaron los decesos de casi una decena de niños.
La tarea que comenzó a desarrollar el equipo de salud hace 15 días en Tartagal parece encarrilada dentro de la teoría que sustenta el sacerdote de Embarcación. Lo que Páez sostiene es que no podemos pretender que los aborígenes se adapten al sistema de salud, sino que tiene que ser al revés. “Tenemos que involucrarnos más con su cultura; hay que hacerles sentir que ellos también son parte del sistema. Los aborígenes no son tontos; si les brindamos la atención necesaria y les explicamos bien las cosas, lo van entender”, sentenció Páez. Y la prueba de que el plan que se implementó en el norte de Salta está rindiendo sus frutos se confirma con los resultados, porque desde que comenzó el operativo sanitario en la zona se logró controlar la desnutrición.
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