Por Juan Manuel Asis
Imagine: el 25 de octubre gana Macri las presidenciales; no hay segunda vuelta. El líder del PRO invita a Cristina a compartir al día siguiente un desayuno en su domicilio. La Presidenta accede gustosa a la cita con su sucesor y va con su can Simón. Macri la espera con su perrito Balcarce. Charlan amigablemente, se hacen chanzas -“¿viste que con globitos se puede ganar?”, “arreglá el helicóptero de De la Rúa”- proyectan la transición con madurez y piensan en el país de la confraternidad que se viene. Ella le propone reunirse después en El Calafate para degustar un rico cordero patagónico.
Usted, lector, lo imagina, pero no lo cree factible, ni viéndolo; los antecedentes no ayudan. En la otra orilla del Río de la Plata, en Uruguay, en un gesto de sensibilidad cívica, todos los ex presidentes siempre comparten la asunción del nuevo mandatario, sea del color político que sea. Por estos lares no podemos ni siquiera pensar que sea posible que suban juntos a un escenario De la Rúa, Menem y Cristina para aplaudir a Macri mientras recibe la banda presidencial. ¿Alguien mencionó una isla llamada Utopía?
Imagine: el 23 de agosto se impone el radical Cano en los comicios provinciales e invita a Alperovich para tomar el café de la reconciliación en su residencia, al día siguiente. El gobernador ni lo duda; agradece y asiste. Hacen bromas sobre el pasado radical del gobernador, sobre la sociedad política del hombre de Alem con un peronista disidente -“nos asociamos al peronismo y ganamos”-; ríen y se abrazan los contertulios de ambos grupos con cada chiste, arrojan a la mesa con medialunas algunas ideas sobre un tranquilo traspaso del mando y sobre los planes a desarrollar en forma conjunta en favor de Tucumán.
Usted, lector, lo imagina, pero no lo cree ni aunque le paguen. Después de todo lo que se dijeron, y de lo que se van a decir todavía, ese gesto de grandeza democrática no entra en la cabeza de nadie. ¿Alguien habló de una sociedad ideal? Sin embargo, en esta misma Argentina, a 1.200 kilómetros de la provincia, en Mendoza, sucedió lo insólito, lo inédito: un gobernador peronista en su fin de ciclo y un mandatario electo radical se reunieron al día siguiente de los comicios cuyanos. El sucesor invitó al mandatario a su casa para dialogar sobre la transición. Usted lo lee ¿y no lo cree? Sucedió. La pregunta a hacerse si esta es la imagen de la Argentina que se viene, o de la que se quiere. Imagina a todo el mundo viviendo la vida en paz, escribió John Lennon.
Imagine otros resultados electorales posibles en las presidenciales. De ganar Scioli en octubre, y en primera vuelta, ¿deberá ir periódicamente a El Calafate a pedir instrucciones de gestión a Cristina o a negociar espacios de poder porque estará encorsetado por el camporismo y la oposición parlamentaria? Ya lo dijo Aníbal Fernández: él será el jefe de la Nación, ella la jefa del movimiento. Más aún, la ultra “K” Diana Conti apuntó que con Zannini detrás de Scioli se concreta su aspiración de unaCristina eterna en la conducción. El kirchnerismo en fuga no tolera el ostracismo político, menos el olvido desconsiderado.
Si se da el caso de una victoria oficialista, en un par de años puede ocurrir algo interesante para los analistas políticos: se podría verificar in situ si la fórmula setentista de uno al gobierno, otro al poder renació en plenitud con un nuevo liderazgo político desde la Patagonia o bien si se volverá a repetir en el justicialismo la tradición post-Perón de que en el país son imposibles las conducciones políticas bicéfalas y que quien sucede termina devorando a su antecesor en el Poder Ejecutivo. Ejemplos de estos últimos sobran: Kirchner-Duhalde, Alperovich-Miranda. ¿Scioli-Cristina? ¿Manzur-Alperovich? Hoy, si se lo preguntan, ni Scioli ni Manzur lo admitirán, no sería políticamente correcto. El cómo hacerlo sí se les debe cruzar por la cabeza. Lo imaginan. Son los elegidos para la continuidad con cambios. O para poner fin a la continuidad. Quien elige su heredero elige su verdugo, deslizó con crudeza Julio Bárbaro.
Lo que anticipan estas dos visiones -que uno retendrá el poder desde su casa o que el otro se lo arrebatará desde el Ejecutivo- es que dos estilos de conducción para ejercer y consolidar del poder convivirán en permanente tensión en el peronismo; si es que el oficialismo se impone, claro. Será una puja constante entre dos sectores, uno más visible y politizado que el otro: el de los camporistas que responderán con militancia ciega y subordinación política a la líder del sur y otro que siempre se forma -y generalmente crece- a la sombra del que se adueña temporalmente de la lapicera de los recursos. Es que cuando se habla de un país con concepción presidencialista, o centralizada, lo que se está diciendo es que siempre se termina haciéndole la venia al que administra los fondos del Estado. Con Cristina recluida en Santa Cruz y con Scioli sentado en la Rosada, la opción shakespeareana para los peronistas será ideología fanatizada o pragmatismo de la chequera. O simplemente, cristinistas vs. sciolistas. Hasta que uno devore al otro.
¿Se repetirá ese esquema de crisis en Tucumán? Dependerá primero, obvio, de que gane Manzur y, segundo, de la vocación de poder que exponga Alperovich. Sobre lo último sólo se pueden hacer conjeturas en función de las señales que envió y envía el mandatario. A diferencia de Cristina, Alperovich no generó ni consolidó una línea interna adicta como La Cámpora -una estructura apuntalada desde la gestión- como para que defienda y justifique su conducción después que abandone la gobernación. La agrupación “El Ateneo de la Militancia”, armado por su hija Sara, amenazó con ser ese sostén político -símil al de Máximo Kirchner-, pero finalmente tuvo una efímera vida. ¿Él le bajó el pulgar? Además, en la integración de la lista oficial y en la de los acoples del Frente para la Victoria se observa la presencia de alperovichistas (¿futuros residuales?, pero no de fanáticos militantes de su causa política, como lo son los camporistas de la Presidenta (en adelante, cristinistas puros). Es decir, hay más dirigentes proclives al esquema centralizado de poder, o pragmatismo de la chequera, que el de los identificados con aquella vieja expresión setentista del peronismo. Será difícil escuchar ¡la vida por Alperovich!
En ese marco, Manzur ya podría ir esbozando una sonrisa. Pero no, hay una señal significativa a atender: la esposa del mandatario, la senadora Beatriz Rojkés, no integra ninguna lista del FpV, ni para legisladora, parlamentaria nacional o del Parlasur (se especula con un rol en la futura gestión sciolista). No podrá defender la continuidad del modelo “K” desde el Congreso, ni fiscalizará la continuidad de la gestión alperovichista desde la Legislatura; sólo observará el devenir provincial desde la presidencia del PJ, donde tiene mandato hasta 2019. Esto puede tener varias interpretaciones; pero una en especial: que Alperovich no esté convencido del triunfo del FpV el 23 de agosto. ¿Cómo? Una victoria opositora expondría a Rojkés a tener que pasar cuatro años en una banca -si la hubieran postulado para legisladora- observando la conducción de Amaya en la Cámara; justo de quien le pidió la renuncia al PJ por los insultos que le profirió a un vecino de El Molino, y al que tendría que llamar “señor presidente” cada vez que pida la palabra como eventual jefa de la bancada opositora. Demasiada incomodidad. Imagine. Si esto es lo que quiso evitar el titular del Ejecutivo, Manzur no debería sonreír, sino preocuparse. No estar para no ver. Mala señal.
Por otro lado, una mala señal en este tiempo de comicios es que las chicanas sean más importantes que las propuestas y, encima, que la dirigencia estime que generan más votos que la difusión de las plataformas electorales. Capaz que tengan razón y que la mayoría ciudadana prefiera y festeje la artimaña verbal y se desentienda de los proyectos de gobierno. Sería inquietante que un voto se resuelva por este aspecto, aunque preferible a los aprietes y a las amenazas de los legisladores de quitarles los subsidios estatales a los pobres que no voten por ellos. La corporación política, oficialista y opositora, declaró su vergüenza por la situación, pero no avanza con una medida ejemplificadora para que no ocurra más. A ese gato no le ponen el cascabel. ¿Será que nadie puede arrojar la primera piedra? Puedes decir que soy un soñador, pero no el único, escribió el ex beatle asesinado.
A retomar la senda: imagine que en un instante de iluminación el Gobierno resuelve prohibir por decreto las chicanas en aras de mejorar la calidad del debate político y de facilitar un mayor conocimiento por parte del elector sobre las propuestas de gobierno de cada candidato. O bien que les ponga un plazo de vencimiento en el cronograma electoral para cortarlas de cuajo. Un intento “serio” para obligar a los postulantes a ganarse la simpatía del elector por sus ideas de gestión más que por su ingenio para ironizar y dejar mal parados por sus burlas a los adversarios.
“Se permitirán chicanas, burlas, ironías, chanzas, ridiculizaciones y ninguneos contra los adversarios políticos que estén en condiciones de ser candidatos por un partido o alianza, hasta 60 días antes de los comicios”. Claro, en Tucumán resultaría de difícil aplicación, los doctorados en la materia inundan la plaza; sobran los especialistas de consulta obligada para ridiculizar al otro. ¡Cómo le van a poner un límite al ingenio popular! ¡Estado autoritario! Tamaña osadía para privilegiar la propuesta por sobre la burla sólo merecería una única respuesta: un planteo ante la Justicia para exigir la anulación de la iniciativa legal. ¡Chicana sí, propuestas no! “Señor juez, cómo van a impedir chicanear, si corre por las venas de los tucumanos, está en las entrelíneas del artículo 31 de la Carta Magna -todos tienen el derecho de manifestar libremente su propio pensamiento-, es parte del ser nacional”. ¿Le parece gracioso? No más que la realidad. Baste un ejemplo: el oficialismo quiso chicanear a Cano impulsando una ley para prohibir la doble candidatura; Cano fue a la Justicia, obtuvo un fallo favorable y los ninguneó no presentándose; el Gobierno ridiculiza a Cano diciendo que tiene miedo de ser candidato cuando antes trató de evitar que lo sea. Otro: el boleto estudiantil. Es que todos son pícaros y chicaneros.

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