Cuando murió su novio Gladhys perdió las ganas de vivir. Pero Héctor le devolvió la sonrisa. Llevan 55 años conviviendo con el fantasma de un ex.
Hasta el 16 de junio de 1958 la vida de Gladhys Andrada había transcurrido sin sobresaltos. Nació y se crió en Córdoba con sus padres, dos hermanas y dos hermanos.
A los 25 años, era maestra en una escuelita de Los Cóndores y llevaba cinco de novia con Rubén Guillermo Moyano, un estudiante de Medicina con quien planeaba casarse y mudarse a Mendoza.
Ese día lluvioso de junio regresaba de Los Cóndores a Córdoba con su hermano Hugo, Rubén y su amigo Lucero, después de asistir a una reunión organizada por la escuela.
El camino estaba mojado y Lucero, el conductor, perdió el control del auto. Cuando Gladhys despertó, el coche estaba boca abajo y ella sólo entendía de dolor. Habían chocado contra un puente y caído por un precipicio.
"Yo gritaba y gritaba de dolor. El cambio se me enterró en la pelvis y me hizo 15 fracturas", me explicaba ella mientras señalaba la zona donde recibió el impacto. Gladhys estuvo tres meses internada con un yeso que iba desde el cuello a las rodillas, sin saber que su futuro marido había muerto en el accidente.
Tardó un año retomar sus actividades y a todos lados llevaba su dolor. La mayoría de los viajes a la escuela, ahora en Yocsina, transcurrían entre lágrimas, mientras el resto de las maestras se divertían con las monadas de un soldadito que la deseaba en secreto.
Héctor Maldonado tenía 20 años y hacía el servicio militar en La Perla. El muchacho grandote, buen mozo y carismático se había convertido en el atractivo de todas las maestras, menos el de ella que vivía ausente.
Como las payasadas no tenían efecto sobre Gladhys, Héctor recurrió a los regalos. Gastaba los pocos pesos que llevaba encima para llenarle el portafolio de rodesias o regalarle su revista preferida y, en ocasiones, la sorprendía en la escuela con un ramo de flores silvestres que cortaba en el camino desde La Perla.
A los pocos meses ella accedió a la primera salida y, flan de por medio, Héctor descubrió el porqué de su triste semblante.
En 1962 se casaron quebrando todas las reglas sociales de la época y sin la aprobación de sus familias. Él era seis años menor y ella todavía no había podido superar la pérdida de un gran amor.
"Ahí vino la parte mía donde creo que inteligentemente no luché contra la imagen de él, me hice amigo del espíritu de Rubén", me explica un Héctor de 75 años con una voz entre ronca y ahogada, mientras sostiene la mano de su esposa.
En la mesa del comedor donde conversamos hay una foto de Gladhys y Rubén cuando eran jóvenes y otra del auto destrozado por el accidente. "Él era un muy buen tipo y yo un vándalo", me cuenta entre risas; había comprendido que no era posible competir con el recuerdo.
Rubén Guillermo Moyano se convirtió en una figura familiar. Durante los primeros años de casados Gladhys y Héctor le llevaron flores al cementerio y, por iniciativa de Héctor, le pusieron su nombre al primer hijo de ambos.
Guillermo Maldonado nació en 1963 y es el mayor de cuatro hermanos que desconocieron los pormenores de esta historia hasta su adultez.
En cuatro años tuvieron tres varones: Guillermo (50), Hernán (47) y Juan Manuel (46). "Tres animales, no hijos", me corrige Gladhys con humor.
Aparentemente heredaron la contextura de su papá, lo que significó una tortura para los partos de Gladhys que tenía la cadera "triturada" por el accidente.
Pero su tamaño los ayudó a convertirse en un "orgullo" para el padre. En el año 1993 los hermanos Maldonado jugaban juntos en la primera división del equipo de Rugby del Jockey de Córdoba y ganaron el campeonato de la Unión Cordobesa de Rugby.
La nena de la casa vino de la mano de otro gran acto de amor. 12 años después del último embarazo adoptaron a Valeria, que hoy tiene 35 y es la madre de dos de la docena de nietos que presumen los Maldonado.
"Héctor me hizo reír nuevamente, le debo la vida a él", me dice Gladhys y esboza una sonrisa que aparece de costado. Su rostro tiene una expresión particular por una parálisis facial que la afectó de grande.
Las secuelas de una vida intensa se manifiestan en el cuerpo de ambos. Hace 12 años Héctor fue operado por un cáncer de laringe producto del cigarrillo que lo dejó mudo. Gracias a la insistencia de su mujer para evitar la depresión, Héctor aprendió a hablar con su esófago y hoy hasta forma parte del coro "Voces de esperanza" (ver .
"Tolerancia", dicen casi al unísono. Esa es la fórmula secreta para superar los 50 años de casados según Gladhys y Héctor. "Para nosotros es más fácil porque ella es sorda y yo soy mudo", agrega él y los tres nos reímos. Pero ahora sé que la tolerancia en este matrimonio se viene amasando desde el principio.
A Héctor no le molestan los ojos llenos de lágrimas de su esposa cuando habla de aquel novio con quien iba a pasar el resto de su vida, ni las fotos de los dos sobre su mesa. Tampoco parece preocuparse porque Gladhys conserve las cartas de Rubén escondidas en algún rincón de la casa.
Ese fantasma es su amigo, un amigo que nunca conoció, pero que alguna vez también hizo feliz a la mujer de su vida.
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