La Declaración Universal de los Derechos Humanos es tanto la consecuencia del crimen más atroz registrado en nuestra historia como la formulación de una serie de pautas que permiten evaluar y orientar el desenvolvimiento de los ordenamientos políticos.Aprobada el 10 de diciembre de 1948 por la Asamblea General de las Naciones Unidas, esta Declaración es el pilar de una cultura de los derechos humanos que se asienta en el aprendizaje colectivo de la noche más oscura de la humanidad: el exterminio masivo causado por el régimen nazi. El significado de la nómina de derechos formulados se vincula a la preservación de libertades, dignidades y garantías indispensables para todos los integrantes de la familia humana.
Hace seis décadas, la comunidad internacional también debió nominar y contribuir a la prevención y a la sanción del crimen más atroz, el genocidio. Así, y después de Auschwitz, la lucha contra los exterminios masivos orienta, a pesar de todas las deficiencias que persisten, el imperativo categórico de nuestra época: nunca más genocidios. El valor de los derechos humanos nuestra sociedad lo sintió con crucialidad durante la experiencia de terror vivida durante la dictadura militar. Y las lecciones de la historia contemporánea muestran que la cultura de los derechos humanos y la legitimidad democrática son dos dimensiones complementarias y necesarias para la realización de las aspiraciones de justicia.
Tras los crímenes nazis, la Declaración de los Derechos Humanos -que hoy cumple seis décadas- se convierte en la base de una nueva cultura, que tiene la aspiración de preservar la dignidad de todos los seres humanos por igual.
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