Sebastián Ayala tiene 25 años y está en proceso de rehabilitación con el grupo Remar de San Rafael. En una charla para la reflexión, cuenta cómo la adicción a las drogas, con las que comenzó a los 11 años, lo convirtió en un esclavo y lo alejó de todos sus afectos.
Ayer al mediodía, un grupo de jóvenes de la organización Remar Argentina andaban por el centro repartiendo folletería acerca de los perjuicios que provoca la droga. A cambio, pedían dinero para sostener el tratamiento que hacen para desvincularse del vicio en el que han vivido.
En diálogo con Diario San Rafael, Sebastián Ayala, de 25 años, comentó: "Empecé a los 11 años con marihuana, después cocaína y pastillas. Hasta que a los 15 descubrí la pasta base, o sea el 'paco', que consumí hasta los 23". Mira para todos lados y baja la voz como buscando explicaciones. "En ese largo proceso perdí todo, familia, amigos, dinero, afectos y muchas otras cosas de las que podría haber disfrutado. Sin embargo, cuando uno está en ésa, se vuelve ciego y no escucha a los que te quieren bien".
Es de Villa Fiorito, en el conurbano bonaerense, muy cerca de la Capital Federal. En ese ámbito, las drogas están a disposición de cualquiera. Sebastián cuenta que "caminás por la calle y hay gente que te ofrece la 'bochita' de paco a muy bajo precio. Al principio te sentís invencible, pero cuando el efecto se va pasando, querés más y más. No parás hasta que conseguís otra dosis, sos un esclavo".
Cuenta que cuando cumplió los 23 no daba más y temía por su vida: "Yo quería salir de ese mundo, pero no sabía cómo. Ya no tenía amigos o familiares que me ayudaran, porque la droga me hizo perder ese contacto que es primordial para enfrentar un tratamiento".
Después de dos años de terapia psicológica, empezó el camino de vuelta. Ahora trabaja para la ONG y, como parte de su rehabilitación, estará durante un tiempo entre San Rafael y Mendoza. "No es que no piense más en las drogas, porque el drogadicto lo será siempre, sólo que no hay que acercarse, y es lo que hago. Me han ayudado mucho, por eso estoy retribuyendo a quienes confiaron en que podía vivir libre, sin el peso gigante de tratar, todo el tiempo, de conseguir 'algo' que aplaque el vicio", dice mientras mira a los ojos con una certeza pasmosa.
Cuando se le pregunta qué les diría a esos chicos que se juntan en una esquina a fumar, como se dice en la jerga, un "fasito", habla contundentemente: "Es una estupidez, no sos más rebelde por fumarte un faso ni mejor persona. Al final terminás siendo nadie y eso no sirve".
Está agradecido por la recuperación y agrega: "Nunca pensé que mi vida tomaría este rumbo, si alguien me hubiera hablado con claridad sobre este asunto cuando era chico, quizás no hubiera caído en las garras de este animal demandante que es la droga".
Palabras que dejan mucho para la reflexión, sobre todo a aquellos que piensan que es una "aventura" el usar estupefacientes, cuando en realidad y con el paso del tiempo, se convierte en una prisión donde se vive aislado y dependiente de algo que parece que nunca será suficiente, hasta que el cuerpo ya no resiste.
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