Un golpe en la pesada puerta de hierro y se abre una mirilla. Aparece un ojo y el pedazo de un casco militar. ¿Qué busca? Pregunta en un español centroamericano. "¿Es el hospital argentino?". Sí, dice una voz desconfiada. "Soy periodista de Buenos Aires", respondo. "¿Periodista? Espere un momento". El portón se abre y algunos hombres que merodean tratan de entrar sin suerte. Consigo filtrarme entre los soldados. Y ya en contacto con los jefes de la misión de Minustah la tensión desaparece. Una siente que allí se pisa "terreno firme".
Una vez afuera, un millar de personas se apiñaban ayer detrás de una valla de contención. A primera vista, parecían parientes que habían ido a esperar viajeros. Lejos de eso, se trataba de personas que luchaban por salir del país, a costa de pagar cifras siderales. De pronto, ya en el exterior sin policía y sin los vehículos de las Naciones Unidas, afloró el miedo: no había caras sonrientes sino hostiles. En las calles se veían personas vagar sin rumbo fijo, después de una tragedia que los dejó sin familiares y sin casas.
Ayer llegaron varios aviones norteamericanos, de Bélgica y de Brasil. Los estadounidenses bajaban enormes cajas y muchos perros entrenados para encontrar humanos vivos o muertos debajo de las ruinas. Al parecer habría gente aún con vida debajo de los pedazos de hormigón que se amontonan en las calles de Puerto Príncipe. Comentaban que una persona, atrapada debajo de varios metros de mampostería, mantenía todavía comunicación con el exterior con un handy. Pero las 48 horas que pasaron desde el temblor desalientan esas expectativas.
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