¿Qué le pasa a la clase política criolla? Ni bien agarran un micrófono, imitando al peor Maradona, se lanzan a detallar las maravillas de su gestión sin ponerse colorados.
Ya presenciamos el increíble mundo de Cristina en el discurso inaugural de las sesiones legislativas en el Congreso, y ahora es el turno de Meoni quien, en idéntica situación, se deja llevar por las mieles del auto elogio y pinta un panorama que, de tan perfecto, huele a estrategia defensiva.
No pongo en dudas los datos en sí, pero hay algo en la forma de comunicarse que los termina distanciando del ciudadano común. La Presidenta se caracteriza por decir bien y tener una memoria a prueba de balas. Sin embargo, apenas deja el recinto, uno empieza a cuestionarse si esa mujer vive en el planeta tierra o está habitando algún otro plano en el que todos son felices, comen perdices y perciben realidades opuestas. Supongo que son los efectos colaterales de trasladarse en helicóptero; un simple viaje en tren y van a ver como sus majestuosas cifras cobran otra dimensión.
Desperdiciar una
oportunidad única
El Intendente no llegó a tanto (por suerte todavía anda en auto), aunque desperdició una oportunidad única de hacer contacto con la gente. Aquellos que vieron “El discurso del rey”, la película que ganó el Oscar este año, habrán entendido la importancia que tenían las palabras hace cincuenta años, cuando la política estaba llena de gestos que debían respetarse. Basada en la vida real de Jorge VI, quien era tartamudo y tuvo que asumir el trono de Inglaterra ante la abdicación de su hermano (Eduardo VIII), el film narra el tortuoso camino de este hombre por vencer la tartamudez y lograr que su voz inspirara al pueblo en plena Segunda Guerra Mundial.
Aunque la anécdota pasa por mostrar de qué manera el aspirante a rey venció sus dificultades con el habla y se transformó en un brillante orador, cuya voz contuvo a los ingleses a través del período más oscuro de su historia reciente, lo que realmente interesa es la esencia de esos discursos.
Detallar lo hecho y
cuánto se ganó
Enumerar los logros de una gestión es propio de empresarios. Particularmente quienes trabajan o trabajaron en multinacionales saben bien de lo que hablo: viajar al país en el que esa empresa tiene su sede para detallar lo hecho y decir cuánto se ganó.
Es cierto que los líderes políticos deben rendir cuentas. De todas formas, llegan a su punto más alto cuando logran interpretar el sentimiento popular.
Jorge VI jamás habló de sí mismo ni de las maravillas que estaban haciendo para ganar la guerra. Sabía que los logros no dependen del talento de los gobernantes, sino del esfuerzo de su pueblo. A veces basta con cambiar “nosotros” por “ustedes” (en referencia a la población), y con eso se alcanza un mensaje afectivo y conmovedor, capaz de impactar con trascendencia en el conjunto de una sociedad que descree de los políticos, sus números e intenciones.
Un generación política
que se mira el ombligo
Ni malo ni bueno, el discurso del Intendente fue tan parecido a todos los otros discursos que se escuchan hoy por hoy, que lo acercó peligrosamente a la intrascendencia; textos propios de una generación política que se mira el ombligo y va por la vida defendiéndose a fuerza de enumerar logros que, de existir, no constituyen más que su obligación.
Los gobernantes son símbolos, no empresarios. Su voz tendría guiarnos en la oscuridad. En lugar de intentar deslumbrarnos con hechos, alguien, alguna vez, debería pararse frente a un micrófono y decirnos “gracias”. Ya hay muchos políticos que se suben al escenario y esperan aplausos que recompensen su actuación. Va siendo hora de que bajen, se sienten en las butacas, y dediquen unos minutos a aplaudir a ese pueblo que, en definitiva, es el que sale de todas las crisis y aguanta cualquier chubasco. ¿Cuesta tanto dar ese paso?
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