Las homilías de fechas patrias suelen ser el discurso más esperado por una gruesa parte de la ciudadanía. En ese momento, más o menos breve, reina el silencio; y la autoridad de la Iglesia -sector de la sociedad- hace retumbar su voz, su "palabra autorizada"
En un año comicial, en una provincia que vivirá tres procesos electorales en 70 días -del 14 de agosto al 23 de octubre-, la homilía engordaba en expectativa. Máxime si quien la pronunciaba había jugado un rol protagónico durante el primer año del conflicto entre los autoconvocados y el Gobierno, cuando algunos de estos le pidieron que oficie de mediador. Y más aun si se toma en cuenta que el de ayer fue el último discurso que monseñor pronunció en una fecha patria, ya que se retirará antes del aniversario de la Batalla de Tucumán.
En literatura -y la homilía lo es- resuena tanto la palabra a gritos como el silencio acentuado; y el hecho de que el arzobispo no se haya referido a las carpas de los trabajadores de la salud, que a jirones sobreviven en la plaza Independencia, no pasó inadvertido.
El texto de monseñor Luis Héctor Villalba fue la homilía soñada por la dirigencia política en general y por el gobernador, José Alperovich, en particular. Sobre todo, porque no hizo mención alguna a una causa que anda pasillando en tribunales: el planteo opositor en contra de su empeño por atornillarse al poder.


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