Dios lo bendiga, señor intendente de La Plata

Dios lo bendiga, señor intendente de La Plata
El día de 3 de abril de 2013, cuando la desgracia se posó sobre los contribuyentes platenses, debimos padecer -además del descontrol de la naturaleza-, el peor de los castigos.

El señor intendente de La Plata nos mintió. En plena inundación, cuando buscábamos vecinos desaparecidos, cuando dábamos una mano al prójimo, cuando tratábamos de entender qué nos pasaba, qué haríamos con nuestros niños y nuestros abuelos.

Cuando perdimos nuestra historia y nuestra dignidad bajo la fuerza de las aguas, usted nos arrojó, como si fuera un salvavidas de plomo, una mendacidad que nos terminó de hundir para siempre.

¡La mentira empequeñece, señor intendente!. Nunca crea que me pudo engañar. Yo sí estuve allí, viajé 125 kilómetros para estar allá. Podrá pensar que, con su mentira, podrá salirse con la suya...

De hecho, podría salirse con la suya, pero solo por un tiempo, porque su vida también está circunstanciada de elecciones y decisiones. Pobres elecciones, pobre vida. Malas decisiones, mala vida.

En la vida, al igual que en las ciencias económicas, todos somos libres de tomar decisiones. De lo que nunca escaparemos es de sus consecuencias.

Dios lo bendiga, señor intendente de La Plata. Se lo desea con todo respeto uno de sus contribuyentes inundados.

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