Por: Osvaldo PepeEl Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo Humano explora en su informe del 2009 un tema que deja a la intemperie una grave contradicción del mundo de este tiempo. En la "aldea global" se permite el tránsito de mercaderías y de capitales, a veces con la vertiginosa velocidad de un simple "enter", pero también se inteponen trabas burocráticas y se levantan muros -metafóricos y no tanto- con el objetivo enmascarado de desalentar el traslado de los contingentes humanos que marchan en busca de mejores estándares de existencia.
Eso pasa cuando los países endurecen sus controles migratorios y cierran sus fronteras a millones de personas. Ese es el foco del informe: el fuerte impacto humano, medido por el alto costo de sueños rotos y derechos negados, en enormes legiones de migrantes. En algunos casos, como en Italia, y en España, según informó ayer Clarín, esas crecientes regulaciones al ingreso de las personas nos tocan muy de cerca por lazos sanguíneos y de identidad cultural.
En el mundo de hoy, también en la Argentina, migrantes, pobres y marginales, categorías asimilables entre sí, son puntas del iceberg naciente de una escena global que muestra manjares, pero que no invita a todos a la mesa del festín donde otros celebran el menú la vida.
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