Juan Moyano fue el único de los cuatro acusados que declaró. Era menor cuando ocurrió el homicidio.
Así intentó explicar el hecho de que nueve años atrás se autoincriminó en el asesinato del prestamista Roque Ponce, cometido en Quines, e involucró en el hecho a los otros tres jóvenes que ayer llegaron a juicio oral con él: Víctor Gabriel Jourdán y los hermanos Carla Mariel Lucero y Ariel Fabián Lucero.
A Ponce lo mataron de un tiro en su humilde casa ubicada a una cuadra de la terminal, en la zona sur del pueblo, en un intento de robo.
Juan Manuel era menor cuando lo arrestaron, el 12 de febrero de 2005 al mediodía, según recordó con precisión. Ahora tiene 26 años, un hijo de un año y medio y una concubina, aunque ahora no conviven porque está preso. En la cárcel cursa el segundo año de la secundaria.
De los cuatro detenidos y procesados, fue el único que accedió a declarar ayer ante el tribunal.
Recordó que iba por una calle de Luján, su pueblo –veinte kilómetros al sur de Quines– cuando dos policías lo interceptaron y le dijeron que tenía que acompañarlos a la comisaría. Eran, dijo, “el oficial Payero y el inspector Barrios”. En la oficina policial se sumó el policía Lucas Rosales, aseguró.
Según el imputado, en la seccional lo esposaron con las manos para atrás y le pusieron una toalla en la cabeza y encima, una bolsa de nylon. Así, con “submarino seco”, empezaron las torturas. Lo cargaron en un vehículo y aunque no podía ver, se dio cuenta que salieron a la ruta. Después, los mismos policías le confirmaron que lo habían llevado a San Francisco, declaró.
Dijo que lo esposaron hacia adelante, atravesaron un palo entre sus manos y lo colgaron. Volvieron a asfixiarlo con la bolsa, pero además le echaron gas pimienta en la cara y después, como les pidió agua, le echaron agua por la boca y la nariz hasta dejarlo sin respiración.
“Me dijeron que me iban a moler los huesos y me iban a tirar en la ruta, para que pensaran que había tenido un accidente. O me iban a tirar en el murallón del dique de Luján para que pareciera que me había suicidado. Total, me decían, nadie sabía que me habían tenido en San Francisco”, contó.
Los apremios ilegales duraron hasta las ocho de la noche. A esa hora, desesperado, él se adjudicó el crimen, declaró. “Pero yo no maté a ese hombre, no lo conocía, nunca he tirado un tiro. Y a los chicos que están presos conmigo los conocí en el penal”, relató.
La segunda audiencia del juicio será hoy.
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