Por Eduardo AlivertiLos 25 años del retorno a las urnas tras la noche más tétrica vienen a coincidir con algunas muestras sobresalientes de un aspecto, central, que la democracia no pudo resolver.
El gobierno alfonsinista careció de respuestas frente a esa andanada de problemas heredados y nuevo escenario. En 1985 forzó la jugada del Plan Austral, finalmente manifestado como una mera reingeniería monetaria, y en 1987 terminaría quebrando la confianza popular entre una economía que no reaccionaba y la rendición ante los carapintada. Perdió las elecciones de ese año a manos del peronismo “renovador”, el “mercado” le propinó el nocaut con la hiperinflación, lo renovador terminó siendo la rata, y la rata sinceró todo con el remate nacional más espeluznante de que se tenga registro en un país latinoamericano con fuerte tradición de Estado. Lo que le fracasó a Alfonsín se llamó luego “convertibilidad” y el conjunto popular avaló lo actuado por el roedor con más del 50 por ciento de los votos, tanto como había confiado en la tablita cambiaria de Martínez de Hoz. No mucho después sobrevendría la repetida destrucción de la fantasía, siempre tarde. Hubo así el período patético de la Alianza, previo autoconvencimiento de que el mismo modelo podía ser eficaz con el simple expediente de acabar con la corrupción. Eso terminó en la crisis más grande la historia argentina. Y poco menos que de casualidad apareció y se desarrolló un esquema basado en el ahorro fiscal, con nutriente en los precios despampanantes de las materias primas que Argentina exporta. Lo cual duró o dura más o menos hasta hoy, en que ese ciclo de la valorización financiera del capital, sin anclaje en los bienes materiales realmente existentes, provoca el terremoto mundial.
Un hilo conductor de estos 25 años es el fracaso, las limitaciones o la complicidad de la dirigencia política para revertir esa correlación de fuerzas con los bloques dominantes. Lo que se escucha por estos días, a propósito de retenciones agrícolas, reestatización del sistema jubilatorio e intervención del Estado en general, en términos de operaciones de prensa, amenazas del establishment y discurso hegemónico (todo en igual paquete, por cierto), es exactamente lo mismo que –con sus alternativas temporales– viene imponiéndose desde aquel tiempo que sólo ubicó sus miras en la formalidad democrática. Presión sobre el dólar, aislamiento externo, inseguridad jurídica, riesgo país, gasto público, déficit fiscal, dirigismo estatista, inflación desbocada, confiscación de ahorros, son la batería semántica con que los dueños de la torta generan imaginario de inestabilidad, tumban gobiernos, se apropian de las mentes de los incautos, atemorizan. Y lo más espectacular es que se otorgan la licencia de continuar haciéndolo en medio de que los Estados de los países centrales tuvieran que salir al rescate de sus bestias financieras. Lo que debería el descalabro definitivo del pensamiento neoliberal resulta que no es la victoria o el adelantamiento del progresismo, de la izquierda o de cómo quiera llamársele. Hay algunas señales interesantes en América latina, pero todavía no alcanzan dimensión equiparable a lo que fue y es la victoria cultural de la derecha. En la Argentina hay un polo conservador inmenso, hoy mucho más de espacio social que de articulación política. Ya lo demostró el conflicto con los campestres, y ahora las resistencias a que se termine el negociado obsceno de las AFJP (comprensibles en buen grado, debido a las inmensas desprolijidades y sospechas que despierta el kirchnerismo, pero no por eso justificables en lo ideológico).
En el repaso de estos 25 años se constata que los progresos en las libertades individuales y políticas son muy importantes. Y deben ser celebrados como piso. El tema es que, al repararse en la libertad como una cuestión que termina siendo de la clase a que se pertenece, resta saber cuántas ganas hay para enfrentar y afectar el interés de los núcleos del poder económico. Con un Estado anémico o irresoluto, que no sea capaz de resolver las necesidades básicas de las mayorías, las sociedades culminan arrojadas, recurrentemente, al palabrerío o los brazos de sus opresores más temibles. Eso es lo que hay, sin ir más lejos, en la reinstalación mediática de la “inseguridad” a partir del increíble debate sobre la edad en que los menores deben ser imputables. Eso es lo que hay cuando el miedo acomete a los sectores medios, y se insiste en suplir la protección social con cárcel y a los tiros. Eso es lo que hay cuando quienes promovieron el vaciamiento del Estado le piden auxilio.
Y cuando hay eso, la democracia corre el riesgo de acabar por ser nada más que una palabra.
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