Las raíces de la uva chinche resisten tras 120 años de historia
Francisco “Pancho” Domingues, hijo de Don Antonio, en aquellos años era un adolescente que los fines de semana ayudaba a su padre y a su madre, Luz Ribeiro, a trabajar la quinta. Ahora tiene 79 años y es uno de los principales productores de los 28 que hay en Berisso. Cuenta, como si hubiese sucedido ayer, que “mi viejo arrancó en 1935 con muy pocas parras, unas 20 ó 30, y es que en realidad la producción fuerte no era el vino, sino el mimbre, la ciruela y la famosa pera de agua. Los portugueses, españoles e italianos de la zona hacían vino para consumo propio, como en su tierra natal. Pero como cada domingo los lugareños se juntaban en una quinta distinta a comer un asado, cada uno, cuando se iba, le pedía al anfitrión que le vendiera unos litros. Entonces, un día dijeron: ‘Si lo vendemos no nos queda para nosotros’. Recién ahí lo comenzaron a ver como la posibilidad de un ingreso más y empezaron a plantar más parras, de a poco”, dice Pancho para aclarar que había productores grandes, pero eran los menos, y cuenta cómo su familia llegó a tener poco más de 3.000 plantas en la quinta que queda entre la (playa) Municipal y La Balandra, el último viñedo de esa zona, que hoy él lleva adelante.
“SE LLEVA EN LA SANGRE”
Con pura sangre portuguesa -”todos mis antepasados son de Portugal, no hay una sola mezcla”, dice sonriendo-, Pancho Domingues describe que “desde la Isla Paulino hasta el actual Hogar de Ancianos (ubicado en Los Talas) estaban los italianos; esa es la zona más fuerte. Y de allí hasta La Balandra predominaban los españoles y portugueses”, apunta para recordar que su padre “empezó a plantar un puñado de parras más, al año siguiente otro tanto, y así llegó a las tres mil. Venía a comprar gente de la zona, que tenía el paladar muy acostumbrado a ese vino porque había heredado la costumbre de sus abuelos y bisabuelos que llegaron de Europa”, remarca y acota que en la actualidad “debo tener algunas parras más que mi viejo, tres mil y pico. Y la verdad es que me resulta extraño cuando se vende en botellas de tres cuartos. En aquel tiempo salía en damajuanas de 5 y 10 litros y hasta en barriles de 200”, rememora.
Fue la época de oro, cuando unas 70 familias llegaron a producir un millón de litros al año. Hoy, tras la resurrección de la actividad, los 23 socios de la Cooperativa de la Costa y los 5 ó 6 viñateros que trabajan por su cuenta elaboraron 50 mil litros en 2010, “el máximo hasta el momento”, detalla Claudia Sepúlveda, técnica de la entidad.
El resurgimiento empezó a finales de los años ‘90 y se logró mediante un arduo trabajo que iniciaron los 9 productores que subsistían por entonces, con el apoyo del Municipio, la facultad de Agronomía de la Universidad platense y, en los últimos tiempos, de organismos provinciales, nacionales e internacionales. Y el premio a tanto esfuerzo llegó el año pasado, cuando el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) le dio al vino de la costa el estatus de “regional” -antes estaba catalogado como “artesanal”- al reconocer a la uva isabella con la que se fabrica como vinífera. Ahora bien, más allá de ese espaldarazo que recibieron, aquellos números hacen que los productores no terminen de entender la ofensiva contra la decisión del instituto que emprendieron los grandes bodegueros cuyanos días atrás.
Pero los viñateros vuelven a su viña, a su historia familiar y personal, a ese olor inconfundible de las parras, a costumbres tan arraigadas que el tiempo y las crisis no pudieron vencer. Es decir, a la materia prima del vino de la costa.
COOPERATIVISMO
Pancho recuerda que su padre y su madre trabajaban la quinta solos.
“Yo estaba en el secundario e iba los fines de semana. ¡Cómo me costaba madrugar para ir a ayudarlos!”, exclama y ríe, y dice que “en aquel momento las mujeres trabajaban a la par de los hombres y ambos lo hacían de sol a sol. Eso sí, en la época de cosecha se necesitaban muchas manos, pero entonces aparecía el vecino de un lado, el del otro, el de enfrente, todos se ayudaban entre sí. Eso era cooperativismo”, subraya.
Francisco Domingues cuenta que cuando murió su padre “Don Antonio”, en 1964, dejó en pie 300 parras y en el resto de la quinta plantó monte. “Eso fue en 1970, los malos tiempos. En el ‘67 el INV quitó a la uva isabella del registro oficial (mediante una ley que, a la vez, promovía a Cuyo como zona vitivinícola), y los jóvenes emigraban hacia las múltiples fuentes de trabajo que se generaron en la zona, como YPF, el Astillero, los frigoríficos”. Pega un salto en el tiempo y resalta que “en 1998 la facultad de Agronomía se metió en Berisso y yo me enganché (fue uno de los fundadores de la cooperativa), y seguí el camino de mi viejo, es decir, un año planté 300 parras, al otro 500, y así. Ahora tengo 3.000 y pico en dos hectáreas y moneditas. En las otras cuatro y pico hay monte y un poco de ciruela”.
El promedio de superficie plantada por productor es de una hectárea y media, señala el titular de la cooperativa, Andrés Aguiar. Una extensión que apenas supera a la de la quinta que recuperó Eraldo Gomes de Araujo en la zona de Bagliardi entre Montevideo y 3 de Abril, a un paso de la planta elaboradora de la entidad.
Con 22 años, es el productor más joven de la ciudad ribereña. Y su historia remonta al “verdadero cooperativismo” que hizo nacer y, tras largo tiempo, recuperarse a la actividad, como definió Pancho Domingues.
“Vine de Misiones hace siete años y empecé a trabajar en un aserradero. Tres años después conocí al productor Juan Galeán, quien me propuso que lo vaya a ayudar a su quinta. Hasta que en el 2011 empecé a alquilar un viñedo abandonado y a recuperarlo. ¿Quién me ayuda? El propio Juan y otros viñateros. Esto es así, todos te apoyan y te dan una mano. Es lo que más me enganchó, además de la historia que tiene esta actividad en Berisso”, relata Eraldo para detallar que produce entre 7 mil y 8 mil kilos de uva al año y unos 4.900 litros de vino. “Para mi, por haber empezado hace tan poco tiempo, es muchísimo”, subraya.
PASOS CORTOS
¿Es importante el margen de ganancia? “No, da para ir sobreviviendo, porque hay que reinvertir en forma permanente”, asegura Eraldo. Aguiar, en tanto, detalla que el coste final de una botella de tinto de tres cuartos es de 13 pesos, y que “en la planta elaboradora se vende a 18, mientras que en góndola se comercializa a 25. El vino le permite al productor llevar el mes a mes, aprovechando la uva que no se vende en fresco (uva de mesa)”.
No puede evitar tocar el tema de la ofensiva de quienes él define como “los grandes productores del país”. “Es algo absurdo. Nosotros tenemos un público acotado, compuesto por gente de la Región en la que está muy arraigado este vino porque ha pasado de generación en generación. La superficie y el volumen de producción no crecerá exponencialmente ni vamos a convertirnos en exportadores”, afirma, casi con una sonrisa. “¿Dónde vendemos? En Berisso, Ensenada, La Plata y ciertos puntos de Quilmes y Avellaneda. No competimos con nadie, es por eso que atacar al vino de la costa es ir contra familias de pequeños productores que viven de esto”, enfatiza.
Ahora bien, desde aquel homenaje que la Comuna berissense le hizo en 1997 a las antiguas familias viñateras y, a la vez, le pidió a Agronomía un estudio sobre el potencial productivo de la zona, la recuperación de esta actividad que lleva “120 años” fue creciendo a pasos cortos pero seguros.
“Se empezaron a recuperar los primeros viñedos, y en el 2003, año en que se constituyó la cooperativa, se produjeron 5 mil litros. El apoyo era de Desarrollo Social de la Nación y se usó para adquirir herramientas y comenzar a montar la planta elaboradora en un terreno que nos cedieron”, acota Andrés Aguiar, mientras la técnica Claudia Sepúlveda afirma que “la planta tiene una capacidad total de 70 mil litros, y nunca se llegó a ese tope”.
En 2005 se fabricaron 15 mil litros; en 2008 (con el apoyo de una agencia española que acercó la facultad) se finalizó la planta y se elaboraron 20 mil, y en 2010 se llegó al máximo conocido hasta la fecha: 50 mil.
Hoy cuentan con el apoyo de la Comuna, la Provincia, la Nación, el INTA, la Universidad, y de más de 100 mil personas que van a la Fiesta del Vino de la Costa cada año. Y con una tradición marcada a fuego, que resume Domingues: “Esto se mama de chico, y si te gusta es para siempre”.
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