Volvieron al mundo laboral tras haberlo perdido todo. La intimidad de una cocina de oportunidades
“Volver a vivir” es la frase que define el estado de ánimo de los empleados del buffet de la Fundación Sumando Voluntades que funciona en el Hospital San Martín. Todas fueron personas en situación de calle, la mayoría aún se aloja en el parador nocturno de la entidad y, gracias a la iniciativa de la fundación, pudieron reinsertarse en el mercado laboral.
Con el común denominador de haber pasado en las calles situaciones extremas cuando perdieron su hogar, ahora sienten que la vida les cambió un ciento por ciento y, como fruto de su trabajo, juntan dinero para alquilar su propia vivienda o montar emprendimientos productivos.
Como se sabe, el hospital San Martín de La Plata reabrió las puertas de su buffet el 20 de mayo pasado, luego de 15 años de no contar con este servicio. Eso se logró gracias al trabajo en conjunto entre el Hospital y la Fundación Sumando Voluntades, encargada de brindar un lugar donde pasar la noche a las personas que perdieron su casa.
El local de comidas y cafetería es atendido por personas en situación de calle, quienes de esa forma cuentan con un trabajo para mejorar su calidad de vida. Sólo las cocineras se mantienen exclusivamente en la función de preparar las comidas; el resto, alterna en la atención de las mesas, la limpieza y el delivery.
Osvaldo Lencina tiene 58 años, siempre vivió en capital federal, pero por un revés de la vida, perdió su vivienda, quedó en la calle y un día se encontró caminando por las calles de La Plata. “Yo dormía en los pasillos del hospital hasta que alguien en mi misma situación me habló de la Fundación. Me presenté en el lugar, me dieron un lugar para vivir y ahora esta posibilidad de trabajo que me cambió la vida”, cuenta emocionado mientras alinea las mesas por las que pasan decenas de comensales.
Si bien Osvaldo todavía duerme en el parador de la Fundación, el ahorro de parte de los sueldos que ya cobró le permite hacer proyectos: “yo soy peluquero, en algún momento hasta tuve empleados a cargo. Después lo perdí todo y ahora vuelvo a empezar gracias a la Fundación, aunque sé que estoy de paso porque quiero volver a tener mi peluquería y trabajar de mi oficio”, asegura mientras enumera que ya se compró algunas tijeras y peines para ir armando su proyecto.
En la cocina, centro neurálgico del buffet, el trabajo es incesante desde las 8 de la mañana. Estela Sánchez, también se ve con un aspecto entusiasta y casi no despega su vista de las hornallas, mientras prepara una omelette para la mesa cuatro. “Acá preparamos un menú que es accesible y todo tipo de minutas. La comida es fresca y casera, hacemos hasta los postres. Lo que sobra del día se reparte en las salidas nocturnas”, cuenta satisfecha.
VOLVER A ALQUILAR
La otra cocinera, Roxana Mori - madre de dos adolescentes con los que hasta hace poco se alojó en el parador nocturno de la Fundación -, gracias a su trabajo cumplió el sueño de volver a alquilar una vivienda para ella y sus hijos.
“Esto es un trabajo, acá no hay caridad y la idea es que ganen los medios para independizarse de la Fundación”, resume Nancy Maldonado, presidenta de la entidad e impulsora del proyecto laboral que puso en marcha en el hospital y promete replicar en otras dependencias.
Las ganas de trabajar y la necesidad de un buffet para la gente que asiste al hospital y sus empleados, lograron un saldo exitoso: se pudo cumplir en tiempo y forma con los salarios, con el pago del canon a la cooperadora del hospital y se logró invertir en mercadería para ampliar la oferta. Si bien el buffet está abierto entre las 7 y las 22:30, ya se recibieron pedidos para que extienda el horario. También se sugirieron y se hacen comidas para las personas internadas. “Hacemos mucho delivery para el personal, principalmente los fines de semana que es cuando están todos los negocios de afuera cerrados”, cuenta Nancy Maldonado.
De eso también da cuenta Francisco Frontini -66- quien trabajó como sereno mientras el buffet estuvo en obra y ahora hace de todo un poco. “Soy un chapista jubilado. Siempre viví en el barrio Las Quintas, pero un día terminé en la calle y fui a parar a la Fundación. Esta es una nueva oportunidad para mi, estoy muy contento porque me cambió la vida. Si todo sigue bien cuando reúna unos pesos voy a alquilarme algo y dejar la casa de la Fundación”, afirma el ex chapista devenido en mozo.
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