Qué ves, qué ves cuando me ves, cuando la mentira es la verdad, dice aquella vieja canción, cuyo origen no podía ser otro que argentino, y cuya letra explica desde la metáfora lo que muchas veces no tiene explicación desde la razón. Es frecuente esto en la política nacional, y en la neuquina también, por supuesto, y en estos últimos días, cruzados por la ausencia presente del gobernador Omar Gutiérrez, dando pasos trascendentes para su gestión en Estados Unidos, se pudo ver algo de esas mentirillas verdaderas.
Un poco del show de las puestas en escena se observó con la visita del secretario de Justicia nacional, Santiago Otamendi, quien cumplió el rito de cualquier funcionario macrista que desembarque en estos tiempos en Neuquén, dividiendo elogios, fotos y presencias entre el gobierno capitalino de Horacio Quiroga y el provincial del MPN. Macri, se sabe, necesita a los dos, tal vez un poco más al provincial, al menos en un año que no es electoral. Pero lo de Otamendi rozó la demencia del discurso retórico, alambicado y poco fructífero, tal vez porque así es cuando desde la política se habla de cuestiones muy prácticas y cercanas al ejercicio cotidiano y sufriente del pueblo, en este caso, de la aplicación de justicia.
No debería confundirse el triste remedo de mani pulite nacional, destinado a enterrar lo más hondo posible el desquicio kirchnerista, sin afectar, en lo posible, la corrupción que sigue ganando por goleada, con estas cuestiones domésticas. Mientras Neuquén floreaba su miseria desde la lluvia persistente, mostrando sus carencias estructurales y la pereza en la acción de funcionarios que están más cerca de las cámaras y las luces que del barro y las lagunas, Otamendi deslizaba posibilidades sobre el traslado de la U9 sugiriendo que tal vez no haya plata para trasladarla rápido, pero que se podrían probar opciones intermedias. Entre ellas, se deslizó que podrían abrirse calles partiendo la cárcel por el medio, un juego de proyección peligroso, que esperemos no pase de una idea alocada.
Después, pasó por la ceremonia de firmar uno de esos convenios que generalmente no sirven para nada para un plan 2020 de justicia nacional. Cada vez que se menciona ese 2020 esotérico, en Neuquén se recuerda aquel ambicioso plan del gobierno neuquino de reconversión económica, que quedó sumergido en la lejanía de recuerdos borrosos y pasó a la historia como otro alarde bien intencionado aunque impracticable en la realidad, que según la interpretación peronista-nacionalista, es la única verdad. Otamendi se llevó el Código neuquino con sus juicios por jurado, y desde aquí se desgañitaron avisando que se instruirá en las escuelas a los alumnos para que aprendan a ser jurados civiles en los juicios públicos, pues se ha sacado una cuenta que indica que los pibes que hoy van a cuarto o quinto grado de la secundaria podrán pasar inexorablemente por un jurado al menos dos veces en sus vidas.
Mientras esto ocurría, se pasaba por la vergüenza de dar otra vuelta de tuerca por la causa Fuentealba II, para que sigan condenados los que primero fueron penalizados, después absueltos, y ahora vueltos al principio, todo oscilando entre las componendas entre el gobierno y el gremio docente, en momentos en que el Poder Judicial neuquino necesita angustiosamente de más presupuesto y los conflictos sindicales del Estado amenazan con arreciar. En este contexto, esos pibes a los que se les instruirá cómo obrar para eventualmente juzgar, por ejemplo, un asesinato, siguen en el mundo real teniendo clases salteadas, de mala calidad, y con la perspectiva de una Universidad a la que la asedia –según se ha confesado oficialmente- un déficit de por lo menos 50 millones de pesos para este año, y que no deja de pedir plata haciendo paros y sin dar clases, reclamando que el gobierno nacional “entienda” lo importante que es una educación como la que se brinda en la Argentina, gratuita, laica, libre, y fatalmente ineficaz, si se tiene en cuenta el mínimo porcentaje de estudiantes que consigue llegar a recibir un título pasando por las deterioradas aulas estatales.
Desde alguna ciudad de Estados Unidos (estuvo en Nueva York, Washington y Houston) dicen que el gobernador neuquino, Omar Gutiérrez, tronó desde su teléfono para implorar que alguien le pusiera el pecho a las balas de la lluvia capitalina, y mostrara un poco más de acción para socorrer y ayudar a la gente con el agua hasta las rodillas, mientras él se ocupaba del asunto de los millones de dólares necesarios para que la gran maquinaria estatal neuquina siga funcionando en pos del venturoso porvenir.
Cuando vuelva, esta semana, Gutiérrez estará mejor posicionado: con una deuda manejable, ordenada, con perspectivas inmediatas de conseguir financiamiento del BID y el Banco Mundial a importantes proyectos de infraestructura, y con renovado interés en la inversión petrolera para los yacimientos neuquinos. Pero volverá a esta realidad, la de todos los días, la que asoma con la lluvia y la mediocridad de funcionarios que repiten como loros las consignas de cada coyuntura.
Habrá que trabajar mucho, mucho, para levantar un poco la vara de la exigencia.

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