Por: Eduardo Aliverti.Casi nada es o podría ser lo que parece. O tan fácil como parece. Es cierto. Todo lo que pasó era previsible para cualquiera con capacidad de hurgar por encima de la cáscara. Había una media docena de tipos, con sus pajes, convencidos de que podían librar la batalla presidencial sin mover un dedo (¿o todo lo contrario, y sólo se trataba de medir por si las moscas?).
El análisis facilongo es que Magnetto se salió con la suya y que hay un solo candidato opositor para concentrar los sectores medios anti K: el hijo de Alfonsín. Que tampoco era lo deseable para la comandancia periodística: querían un modosito más corrido a la derecha, menos socialdemócrata, más potente, menos figurado como en condiciones de timonear apenas las siestas de Chascomús. Ricardito no les alcanza ni ahí. Y entonces van a ir por la estrategia reducida, pero alcanzable, de que el kirchnerismo pierda la Capital a como sea. Es la vidriera que le resta a la derecha hasta más ver, o hasta donde da la vista hoy. Chance uno: todas las fichas a Macri para que retenga Buenos Aires, con el correlato de eventual impacto hacia octubre. Chance dos: Macri conserva un tercio del electorado porteño en cualquier caso, de modo que todas las fichas a Pino para que el ballottage deje afuera al candidato K. Según percepción del firmante, será la dos. En realidad, ya lo es. Basta certificarlo a Pino convertido en el niño mimado de TN y Grondona. Es un poder de fuego limitadísimo, a estar por la pérdida de credibilidad de esos sostenes electrónicos. Pero es la bala de que disponen. Todo a Pino, más lo que Macri presuntamente arrastra per se. Es la imagen de poder que mínimamente necesitan para reconstruir desde alguna parte. Conservar la Capital. Scioli se encuadró K porque no es ningún tonto; De Narváez se abre hasta el punto de mirar con cariño a los radicales, y viceversa; Duhalde es un papelón atrás del otro; Macri y el Colorado se cruzan, muy mal, por el reparto de listas entre Capital y territorio bonaerense. Y así. Vamos a Pino, apuesta la derecha. Si acaso ganara la segunda vuelta, después lo deglutirá su inexperiencia en todo lo que sea gestionar. Y entonces se verá, según la máxima especulación de una parte del establishment.
Esa también es una reflexión más o menos fácil. O nada más que de opinión periodística. Interesante, efectista, quizás eficiente. No es más profundo que lo discurrido por los parlantes columnísticos de Clarín o La Nación, en su cruzada desesperante por pulverizar a esta potencia casual y/o causal que estaba lejos, muy lejos, de sus cómodos cálculos conservadores. Esa mirada de corto o cortísimo plazo, basada en que a Cristina no hay con qué darle, como cuadro sobresaliente; como mujer; como oradora impresionante; como viuda reciente; como estampa que se puso el país al hombro en medio de una tragedia personal; como líder que ubica de ministra de Seguridad a otra mujer que se carga la Federal; como bajadora de línea que en cualquier observación objetiva está a años luz del mejor pretendiente porque, seamos sinceros de toda sinceridad, la única figura de este país que merece confianza de conducción política –con precisos alrededores– se llama Cristina Fernández. Esa mirada admirativa y merecida, decíamos, requiere de no ser mirón expectante. Demanda acercar militancia y ganas. Intima a no perder de vista que falta demasiado. Que a este Gobierno hay que correrlo por izquierda, pero sin el izquierdómetro de los platos voladores que, si es por eso, siempre encontrarán –con justeza abstracta, pero justeza al fin– lo mucho más a la izquierda que el Gobierno podría correr.
Lo electoral ya está, parece confirmarse. Quedaron, para jugar a oponerse, el apellidado nacional y el capitalino súbito que, conceptualmente aliado a Macri aunque no deba confundírselo con el enemigo, se pone a fría disposición de la derecha. Por lo tanto, es tentador decir que la madre de todas las batallas se concentra en la Ciudad Autónoma. Y no es que sea incorrecto. Es que no va más allá de lo electivo. Por arriba de eso, si se tienen pretensiones de ver antes que de mirar y punto, puede observarse un escenario donde lo que decide es, haga lo que haga la derecha, la vocación y ejecutividad del Gobierno por profundizar cambios progresistas.
Y la disposición social para acompañarlos, siendo que la derecha hará lo que tenga que hacer.

Comentá la nota