La falta del servicio altera la rutina y la economía familiar, quita tiempo y genera situaciones de estrés.
Estar unas horas sin luz es un inconveniente que llega a alterar la rutina hogareña o laboral y provoca más de un contratiempo. Pero si la falta de suministro se mantiene durante cuatro días, ese imprevisto se transforma en una carga que puede causar desde pérdidas económicas hasta problemas de salud, tal como expresaron ayer vecinos de barrio Aeropuerto que viven en los edificios de las calles 2, 3 y 609. “Perdí toda la comida que tenía en la heladera, una horma de queso, un jamón entero y diez pizzas”, enumeró Elsa Acebal, una de las vecinas que ayer permanecía sin luz. Con decenas de reclamos formulados a Edelap por el corte de luz que comenzó el martes en plena tormenta, la gente indicó que se sienten “desamparados” ante la falta de repuestas. Solamente en la torre C, unos 8 departamentos pasaron cerca de 100 horas sin suministro eléctrico, pero además sin agua ya que la bomba encargada de distribuirla hacia las unidades habitacionales tampoco funcionó por el corte energético. Elsa, al igual que sus vecinos, contó que su padecimiento comenzó a las 2 de la madrugada del martes cuando en el medio del diluvio repentinamente se le cortó la luz. “Primero pensamos que en cuestión de unas pocas horas volvería el servicio, pero el tiempo pasó y nos fuimos poniendo peor porque tampoco llegaron las respuestas”, dijo la mujer que creyó tener una señal cuando el miércoles a las 10:30 recuperó el servicio por unos minutos, pero la alegría no fue duradera, porque cuando comenzaba a organizar las tareas de su casa volvió a comprobar que una vez más estaba sin luz. LA PACIENCIA SE AGOTA En ese momento la vecina trató de tranquilizarse y comenzó a llamar a Edelap para denunciar el corte y exigir una respuesta. “Lo único que me dijeron es que muchos barrios estaban sin luz”, apuntó la vecina a quien esa respuesta no le pareció suficiente porque a esa altura toda su heladera perdía el frío de manera acelerada y se quedaba sin una gota de agua en sus canillas. Decidida a hacer valer sus derechos, se subió a un micro y se dirigió a las oficinas comerciales de la distribuidora energética en donde también plasmó su situación. “Me aburrí de que me dijeran que la luz volvía en una hora, después en dos y finalmente nunca volvió; mientras tanto nos quedamos con los artefactos apagados, a oscuras, perdí toda la comida que tenía guardada, no pude ni bañarme por falta de agua y para colmos en cuanto oscurece el patio de los edificios es una boca de lobo porque no se ve nada”, agregó Elsa. Tanto ella como su esposo, ambos jubilados, tuvieron que ir a buscar agua potable a otros lugares y subirla hasta el segundo piso donde está su departamento para poder cocinar. Juan Carlos Magen, su esposa y su pequeño hijo también tuvieron que cambiar la rutina hogareña por la falta de luz. “Además de no tener luz ni para encender una lamparita, no tuvimos agua ni para bañar al nene porque la bomba del edificio estuvo apagada desde que se cortó la luz”, agregó el vecino quien además dijo que nunca tuvieron un corte de luz tan prolongado. Contratiempos como tener que organizarse para ir al trabajo y llevar a su hijo a la escuela sin poder hacer un desayuno, bañarse o planchar una camisa, fueron algunas de las cosas que la familia tuvo que afrontar en los últimos cuatro días. “De todo lo que tenía en la heladera lo único que pudimos rescatar fue un pescado porque estaba en el freezer, después tiramos la gran mayoría de los alimentos”, apuntó Juan Carlos. En ambas familias tuvieron que modificar hasta la rutina alimentaria porque durante estos días no pudieron comprar alimentos que requirieran de heladera. En ese contexto se vieron obligados a dejar de comprar carne o alimentos lácteos o de lo contrario terminarlos en el día. “Somos personas grandes, no podemos ir de acá para allá para reclamar que nos vuelva la luz ni ir y venir con las compras para la comida del día”, agregó Graciela, otra de las vecinas damnificadas por el corte de luz. En los barrios coinciden en que con cada corte de energía eléctrica la calidad de vida de los vecinos se ve sensiblemente afectada: el estrés que genera este tipo de situaciones se suma al temor de sentirse más vulnerables a la inseguridad; también quita horas al trabajo o al estudio, configurando un cóctel nocivo que repercute en el ánimo y la salud de los afectados.
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