Cuatro mendocinos unieron México y la Polinesia en un barco

Cuatro mendocinos unieron México y la Polinesia en un barco
Uno de ellos es un aventurero con vasta experiencia en estos viajes y el año próximo la productora Kraken estrenará un documental con todo lo que dejó el viaje. Subsistieron 42 días en alta mar con lo básico y se sobrepusieron a todo tipo de adversidades. "Es una metáfora de lo que es la vida", destacó Hernán Crespo, director del proyecto y quien participó del viaje también.
Tormentas que seguían su rastro como si se tratase de de una persecución hollywoodense (por más ilógico que suene) y que -sin saber cómo- viraban siempre en la dirección en que viraba el barco.

Casi 21 días ininterrumpidos bombeando agua sin descanso para mantener la embarcación a flote, durmiendo con los ojos medio abiertos para no ser sorprendidos.

Cuatro timones construidos en tiempo récord y una extraña sensación de tambalearse y desvanecerse luego de asentar los pies en tierra firme.

Esas son apenas algunas de las sensaciones que cuatro mendocinos experimentaron durante 42 días navegando de corrido por el Pacífico (o más de mil horas) y que quedarán plasmadas en un documental que la productora mendocina Kraken ya está editando y verá la luz en 2014.

La travesía unió México con la Polinesia surcando el Océano Pacífico, incluyó 7.000 kilómetros a bordo de la embarcación (sumando los viajes de adaptación que hicieron en la costa mexicana) y les ha dejado a los realizadores más de 300 horas de filmación.

"Nos turnábamos para hacer las guardias nocturnas. Uno tenía que quedarse atento por cualquier cosa que pasase. Y así me sorprendió un día el amanecer en alta mar. Me asomé y vi que me estaba acompañando un grupo de delfines que saltaba alrededor del barco. Entonces me até a la proa y me tiré, quedando suspendido en el aire, viendo y sintiendo cómo 30 delfines saltaban alrededor mío y me saludaban".

"Fue una situación muy particular, estás solo en medio del océano comulgando con los delfines. Me reía sólo, sentía mucho éxtasis, y eso que sabía que si llegaba a caerme nadie se iba a enterar e iba a quedar ahí, porque el mar estaba bravo y todos dormían. Pero es algo único y está entre las cosas lindas que pasé en esos días", rememoró Hernán Crespo, director del documental e integrante de Kraken.

Itinerario libre

Hernán Rikkers (28), más conocido como "Guapo", es un soldado de mil batallas. Sus expediciones son incontables y se ha relacionado de una forma tan particular con el océano y la adrenalina que su ser es la personificación de todo ello. Actualmente continúa navegando por las aguas de la Polinesia y fue él el inspirador de la travesía y uno de los cuatro tripulantes.

El equipo fue completado por su tocayo, Crespo, Germán Moyano y Renzo Recchia. "Habíamos escuchado hablar del 'Guapo' porque nos habían comentado que era un tipo súper aventurero, que navegaba por todo el mundo y que hacía cuanta actividad se te ocurra: buceo, salto, paracaídas.

Durante toda la expedición él fue el capitán, por su experiencia, y lo más llamativo es que a los otros dos chicos los conocía, pero al 'Guapo' lo conocí ahí. Subí al barco sin saber qué me iba a encontrar y vi a un tipazo. Con un coraje y una determinación que lo hacían invencible", siguió el responsable del trabajo audiovisual.

Antes de emprender el cruce del Pacífico, los osados mendocinos hicieron varios viajes de adaptación, navegando por el Mar de Cortés (en la costa occidental de México), aclimatándose y preparando el barco en los diferentes puertos del lugar. En total pasaron un mes ultimando detalles antes de zarpar hacia alta mar.

"A fines de abril de 2013 salimos desde Cabo San Lucas. La cabeza es determinante para estas cosas, porque vos podés tener talento, fuerza física y todo eso, que termina siendo relativo. Sin fuerza psicológica lo otro no vale nada", reflexionó Crespo.

Planes iniciales y horas enteras invertidas en hacer y preparar cálculos en tierra firme. Todo esto puede quedar en la nada ni bien la embarcación sale mar adentro y algo así fue lo que les ocurrió a Rikkers, Crespo, Moyano y Recchia cuando se adentraron en el Pacífico.

"En el océano no sos nada, sos una simple cascarita flotando. Y estás en un ambiente de hostilidad. Todo el material que llevábamos para reparar se agotó a las tres semanas y recién íbamos por la mitad. Eso nos llevó a improvisar. Con decirte que en un momento, para que no entre más agua en el barco, tuvimos que taparlo con chicle", ejemplificó.

El director del documental destacó que en esos momentos es cuando el ser humano se vuelve más consciente de la importancia de los afectos, de la comunicación y de lo escaso que resultan todos los víveres que se prepararon, aunque en tierra firme hayan parecido más que abundantes.

"Un viaje como éste te puede dar el mejor y el peor momento de tu vida en un mismo día", reflexionó. "Conocimos lo que es la verdadera luz de estrellas. Varias noches pudimos ver perfecto y todo muy claro iluminado solamente por las estrellas. Y entre las cosas más complicadas que pasamos, está la sensación de que sabés que estás en un peligro constante.

El darte cuenta de que una apendicitis en alta mar te mata, porque el aislamiento es así. Y es todo genuino, porque no somos actores haciendo un papel. Muchas de esas cosas quedaron afuera de la cámara. Las más lindas porque querés disfrutarlas vos en vez de perdértelas buscando la cámara, y las más feas porque tenés que abocarte de lleno a solucionarlas", relató.

Y que sea lo que sea

La expedición duró más de lo previsto, mucho más de lo que duraría cualquier aventura que tenga ese punto de partida (Cabo San Lucas, México) y ese de llegada (Nuku Hiva, Islas Marquesas, Polinesia).

"Tu motor son el viento y las olas, y nada más. En el viaje pasamos por dos islas, pero no pudimos bajar porque eran militares y tenían restricciones. A tres semanas de llegar nos cruzamos con un buque atunero y nos ayudaron con provisiones. Ya estábamos con lo último que nos quedaba, hasta cocinábamos mezclando con agua salada. Nos dieron una mano muy grande, nos ayudaron a reparar el timón -que se nos rompió tres veces- y el último que hicimos fue con acero inoxidable y soldaduras, mucho mejor que el original incluso”, contó Crespo. La dieta se centró en el pescado (principalmente en langostas y mahi mahi) y, ocasionalmente, tiburones. "La carne del tiburón no es buena, es más bien dura.

Sólo lo comíamos cuando no quedaba otra y estaba muy enterrado el anzuelo. Porque si no, lo perdíamos, o perdíamos la mano intentando sacárselo para luego liberarlo. Y seguíamos un ritual polinesio que consiste en comerte el corazón del animal que acabás de pescar casi de inmediato, así lo sentís latiendo en tu interior. Un día, incluso, liberamos un tiburón blanco que habíamos pescado".

Cualquier momento de la navegación fue el oportuno para arengarse y darse fuerza entre ellos, gritarse y animarse. Tal vez por eso fue que cuando la expedición llegaba a su fin y ni bien avistaron tierra firme, los invadió una sensación "impresionante, alucinante".

En las Islas Marquesas (Polinesia Francesa) no los esperaba nadie y, al mismo tiempo, aguardaba por ellos toda una población de ciudadanos hospitalarios. No tenían ningún contacto ni vínculo que supiese que llegarían ni cuándo lo harían. Pero fueron muy bien recibidos. "No me informé a propósito, quería sorprenderme con el lugar. Estuvimos un mes en las Marquesas, en Tahití y en Morea", rememoró Crespo.

El regreso a casa fue duro, desde lo sentimental. Mientras que "El Guapo" y la embarcación quedaron en el Pacífico, los otros tres regresaron en avión a Mendoza.

Hernán acotó: "El reencuentro con los seres queridos fue muy fuerte, muy poderoso. Te das cuenta de que hay dos cosas que extrañás realmente: la seguridad de sentirte tranquilo en cualquier momento y las personas. Cuando estás en el mar te acordás de tu familia, tus viejos amores”.

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