Romina Dieu, la joven que fue baleada en el ojo por un amigo en su cumpleaños el lunes 10, narró a Diario Patagónico el abuso sexual que sufrió esa madrugada y reclamó “justicia”; que el agresor esté preso y no en su domicilio. Tiene miedo de que ingrese a la habitación del hospital donde permanece recuperándose. Para hoy a las 19 su madre promovió una marcha en el centro reclamando que Leonel Guerra permanezca tras las rejas.
Romina Dieu ayer cumplió una semana internada en el Hospital Regional. Dice que se aferró a la esperanza de vivir, sobre todo por su hijo de 3 años, aunque teme perder la visión en el ojo izquierdo, luego de que Leonel Guerra le disparara mientras festejaba su cumpleaños número 20.
EL INSISTENTE
Romina accedió a la entrevista con Diario Patagónico en la sala de internación del nosocomio. Recuerda todo lo que ocurrió aquella jornada en que se reencontró con alguien al que no veía desde hace algunos años, un amigo de la infancia al que invitó a su cumpleaños. Leonel Guerra llegó a su casa en el Pietrobelli con un amigo.
Dice que desde que llegó, empezó a insinuársele y que ella se cansó de repetirle: “sos mi amigo de la infancia”. Ante el reiterado rechazo, en un momento dado él le dijo: “ya vas a ver”. Pero en ese momento Romina le quitó importancia al comentario, tomándolo como una estrategia más en el intento de seducción de Guerra, hijo de un militar que se halla en misión de paz en Chipre. La chica hasta le reprochó no haber ido a la fiesta con su mujer.
Pasaron las horas y bebida va, bebida viene, el joven le seguía pidiendo “un beso”. Romina recuerda que “a cada rato me decía ‘ya vas a ver’”. Hasta que en un momento se fue de su casa. Pero ella tuvo que llamarlo para que volviera. Fue porque había dejado a su amigo, quien se estaba comportando fuera de lugar.
Guerra reapareció con una cerveza. “Seguimos compartiendo, nos pusimos a bailar con mis amigos en ronda”. El le preguntó: “¿por qué Romi no querés estar conmigo? Si yo quiero estar con vos aunque sea una noche”.
Ella fue rotunda. “Ya te dije que no, que vos tenés tu mujer, tenés tu familia”. Le explicó también que recién se había separado. “Nunca se me pasó en la cabeza que pudiera hacer algo así”, repite hoy desde la cama que ocupa en el Hospital Regional.
EL DISPARO
Cuando se quedaron sin bebidas, Romina cometió el error de pedirle a Guerra que la acompañase a comprar. Y ya en la calle éste le pidió que lo acompañase a buscar unas cosas a su casa. A las cinco cuadras la abrazó. Y ella volvió a resistirse. “Entrando en el edificio me seguía acosando, como que me quería tocar”, cuenta. La tomó de la boca y le dio un beso. “Yo le digo ‘basta Martín’. Y me abraza y me empieza a tocar por todos lados. Me empezó a tocar la cola y le digo ‘nada que ver lo que estás haciendo, yo me voy’”. Por toda respuesta, él le dijo: “no te vayas. Pasa que me tiento y no puedo”.
Ella se sentó en un sillón y, nerviosa, comenzó a acariciar a un gato. Guerra fue hasta la habitación. “Yo creía que fue a buscar la plata y viene con el arma en la mano. Tenía dos armas en los brazos y me dice ‘mirá’; puf; me venía apuntando del pasillo y me disparó así nomás. Yo escuché cuando cargó el arma en el pasillo. Y yo en el momento que disparó sentí cómo me entró la bala y me empezó a salir un montón de sangre”.
Romina se paró y gritó: “¿qué me hiciste?”. El se mostró totalmente cínico: “y bueno, si vos no querías estar conmigo. Ahora no sé qué va a pasar; vos no digas nada”.
Romina abrió la puerta y creyó que en ese momento él la mataría. Salió corriendo como pudo, bajó las escaleras y llegó a la calle, siempre cubriéndose el ojo herido. Intentó parar a los automovilistas, pero nadie le hizo caso. Finalmente el propio Guerra la subió al auto del hermano. “Vos no pensás en mi hijo; no me quiero morir; anda rápido”, le decía.
Lo que ocurrió después ya es mucho más conocido. Guerra chocó contra el auto estacionado de un policía en la calle Democracia y fue detenido. En el interior del auto había dos armas 9 milímetros. Romina llegó caminando al Hospital.
“¡QUE INJUSTICIA!”
Cuando se enteró de que a Guerra le habían dado la prisión domiciliaria, a pesar de que además de las armas en el auto le secuestraron una granada en su domicilio de Alsina y Sarmiento, Romina sintió angustia. “El pibe éste me pegó un tiro en la cabeza y lo dejan libre. Uno puede matar y va a quedar libre. ¡Qué injusticia! Miren cómo me dejó acá internada. Yo no voy a ver y sacarme la bala de la cabeza es muy riesgoso. No quiero que esté libre; tengo miedo que venga y me pegue un tiro”.
“A mí me cagó la vida: mi cara no va a volver a ser la misma. Y si no vuelvo a ver, no voy a poder trabajar; eso es lo más triste. Este chico no puede estar suelto con lo que hizo; es una injusticia”, acota.
En su decisión, el juez Mariano Nicosia dispuso que Guerra cumpla arresto domiciliario y por dos meses tiene “prohibición absoluta de acercamiento y contacto”.
Ello también fue repudiado por la familia de la víctima que organizó para hoy una marcha por las calles céntricas exigiendo que el agresor cumpla su pena en prisión.
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