Crónica involuntaria de un robo cotidiano

Sábado 4 de enero. 21:30 horas. Carlos labura en el centro, está volviendo en el bondi. Hace lo que pinta y lo que puede. Compra y vende. Lo que venga. Del shopping al paseo. Por ahí levanta quiniela. Meta llamados, a dos celulares. Vive frente al arroyo, en Meyrelles, cerca de Beltrán. Se levanta y ve todo el parque, y la vera del arroyo que los muchachos de la cooperativa dejaron muy limpita. Está bueno.

El día fue largo pero al fin terminó. El 541 está repleto. Baja siempre en el mismo lugar, oscuro, bien oscuro, cerca del arroyo y frente al parque. La mayoría de las luces no prenden. Pensar que Aprile había inaugurado todas las luminarias de Beltrán en el 2001, antes del caos y la renuncia, era una serpiente luminosa marcando el límite de los árboles. Era, ya fue.

Va pensando en una ducha, un poco de tele, y por ahí, un vasito de cerveza. Y descansar para arrancar mañana de nuevo. Sí, el domingo también se labura.

Baja del micro y no se da cuenta que un tipo, joven, mayor de 18, grandote, lo miro todo el viaje hablar por celu y desciende con él.

Antes que arranque el micro, saca un fierro de la mochila y le pega en la cabeza, y cuando se da vuelta, lo completa con otro golpe en la frente. Carlos, cae, el otro lo zamarrea y se queda con el bolso, lo abre rápido y saca los dos celulares, sólo quiere eso. Carlos, grita, todos miran, los autos pasan. Nadie hace nada. La imagen de Carlos tratando de incorporarse, estirando el brazo pidiendo auxilio, queda en mi mente. Y no se borra.

Putea. Por dos razones. Por el robo. Y por la indiferencia de todos alrededor. Dos autos delante de mí aceleran y rajan. Paro la camioneta, los veo a los dos. Amago con bajar casi con el vehículo en movimiento. Y me detengo. Pienso por un segundo e imagino al ladrón con un arma, apuntándome y disparando. Y me quedo quieto. Inmóvil. Con miedo. No nací para héroe. Seguramente fui un cobarde. No lo sé. Mi mujer grita. Mis hijos están mudos, con miedo en los ojos. Apunto con los faros al ladrón que ya se pierde dentro del parque oscuro. Llamo al 911. Copio y repito, me dice una piba, que me informa que van a mandar una ambulancia.

Carlos tiene toda la cara ensangrentada, y la sangre cayó hasta su camperita, su camisa y sus jeans. Es todo sangre y bronca. Me putea primero y luego me dice gracias. “Nadie paro a ayudarme, nadie”.  Voy con él hasta su casa, a 100 metros de la parada oscura donde le acaban de robar sus dos herramientas de trabajo. Me dice que aprovechó el triplícate y los había cargado a los dos.

Se mete en la casa. Me voy a la mía. Todas las paradas de micro por Beltrán son una trampa. No hay luces, y no hay canas. El chorro corrió por los árboles de Camet en diagonal. Seguro que pasó cerca del destacamento de la montada, donde nació la valiente pueblada policial buscando los $8500 pesos por mes.

Camino a casa, me cruzo con los patrulleros nuevos en Estrada y Tejedor, en Constitución y la costa. Las banderitas del Operativo Sol flamean en la noche, las pibas y los pibes, policías nuevos, toman mate y mandan mensajitos como locos. Parecen los reyes del watsap.

Esa noche Carlos no watsapeo. Y no sintió la presencia policial, ni la protección de la bonaerense, ni el Buenos Aires Arena. Para él, Buenos Aires no es seguridad. Beltrán y el arroyo, no merecen un patrullero.

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