La zona más complicada se ubica al norte del Dique Figueroa. En algunos lugares, los antiguos bordos fueron abiertos por los campesinos para que pasaran sus animales. Recursos Hídricos busca cerrarlos.
Sin embargo, el particular brillo de sus ojos denota que confían en que el Salado esta vez no se apoderará de sus bienes ni de su esperanza.
Son familias humildes, que subsisten de la venta de los animales que crían y luego comercializan. Algunos llegaron a tener una quinta en algún momento, pero ahora se perdieron los sembradíos domésticos por las abundantes precipitaciones estivales.
Ese es el caso de Horacia e Ismael Ferreyra (57 y 64 años, respectivamente), quienes residen en el paraje Kilómetro 4. El matrimonio vive en un claro del monte, donde hace ya más de dos décadas se radicaron con sus entonces pequeños niños.
Fue justamente una de las periódicas crecidas del río Salado lo que los impulsó a salir de un rancho que habían levantado cerca de aquél. Sus pocas pertenencias se perdieron o dañaron por efecto de la correntada.
Sin embargo, no tuvieron un pasar tranquilo a lo largo de todos esos años, pues las lluvias a veces se ensañaron con ellos, tal como sucedió en la madrugada del pasado jueves.
La pendiente natural y la construcción del camino que lleva a la remozada presa Figueroa se encargaron de hacer entrar el líquido elemento en su rancho. Doña Horacia reniega por lo sucedido, pero no piensa dejar “su lugar en el mundo”.
La cría de caprinos es su modo de subsistencia. Criaron varios hijos y todos ya dejaron el hogar paterno. Cuatro residen en Buenos Aires, una en Herrera y la restante en Bandera Bajada. Sus herederos los hicieron abuelos quince veces.
Una historia similar tiene por protagonista a Graciela del Valle Guillén (32). Hace más de un lustro que se radicó en el paraje El Pirucho. Su humilde morada la cobija a la jefa de la casa y a sus tres hijos: Cristina (16); Laura (7) y Jorge (8 meses).
La cría de cerdos para la venta es lo que le proporciona un ingreso económico con el que alimenta y viste a sus chicos. Su vida no es fácil y eso se refleja en su rostro.
Su mayor preocupación es que la lluvia anegue otra vez su rancho, por lo que mira al cielo de reojo cuando dialoga con el diario El Liberal. Es que este verano el agua que proviene del cielo ha sido abundante. En vez de convertirse en una bendición, para muchos campesinos es un problema.
Por otra parte, la joven madre confía en que el Salado no llegará hasta su casa, aunque se mostró preocupada por la situación de una hermana que reside en La Ramada, desde donde le llegaron comentarios que el río estaba cerca del sector poblado.
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