Llegan cada vez más jóvenes en plan de intercambio. Las claves de un sistema de hospedaje gratuito
David Padilla -22- es de Aguas Calientes, México, pero llegó hace tres meses a La Plata para realizar un curso en la facultad de Medicina. Está alojado en un departamento céntrico de un grupo de estudiantes y no duda en contar que lo que más le gustó de la ciudad es el ambiente universitario y las variadas ofertas en materia de salidas. Ya adaptado al ritmo platense, reconoce que su única dificultad fue acostumbrarse a los modismos idiomáticos locales y se sonroja porque en alguna oportunidad lo hicieron pasar un momento incómodo.
“Muy naturalmente pedía que me sirvieran dulce de cajeta, sin saber que acá se le dice de leche”, revela entre risas. El, como miles de jóvenes de todo el mundo, es parte de la red CouchSurfing -CS- y comparte el plan de conocer gente nueva, compartir aficiones y ofrecerse ayuda.
PROTAGONISTAS
En el grupo de Couch Surfing están los visitantes, los que dan alojamiento y los que se ofrecen para hacerlos conocer los puntos turísticos. Esta es una actividad que a Valeria García le resulta atractiva: “es muy interesante poder hacer intercambio con otras personas, compartir tiempo con ellos, enseñarles nuestras costumbres y aprender las de ellos”, señala.
Dar alojamiento, buen trato y encargarse de que el visitante pase una estadía agradable son los mandamientos del anfitrión de CouchSurfing. Cobrar la estadía y cualquier tipo de intercambio monetario se encuentra terminantemente prohibido.
David Guevara -28- es otro joven de la ciudad que participó de distintos roles dentro del grupo. El CS le permitió conocer siete países en un mes y adquirir una experiencia completamente diferente a la del turista tradicional porque vivió la cultura del sitio visitado junto a lugareños. Ahora disfruta como guía de jóvenes que llegan de otros países.
“El vínculo que se construye es distinto, el idioma se aprende a partir de elementos cotidianos y lo mismo ocurre con las costumbres y las comidas”, cuenta.
Convivir con personas de otros lugares, no sólo constituye una experiencia enriquecedora en el aspecto cultural, sino que también en muchos casos se entablan amistades duraderas. “Cuando estuve en Bélgica me hice muy amigo de una chica que el año pasado vino a La Plata y tuve la suerte de alojar”, agrega David.
Quienes hospedan a los visitantes coinciden en que les resulta atractivo poder tener un intercambio cultural y compartir los contrastes entre mundos diferentes. Por eso el anfitrión se encarga de mostrarle la vida real en el lugar en el que vive y ayudarlo en sus necesidades.
Mariel es de Pasadena, Estados Unidos, y llegó al país por segunda vez hace tres meses y medio. En esta oportunidad dicta clases de inglés en la facultad de Humanidades y en la Escuela de Lenguas Vivas. “Lo que más me gusta de La Plata es que no es una ciudad muy grande, pero tampoco chica. Además hay muchísima gente joven y una intensa actividad estudiantil”, asegura.
Una de las consignas es que el visitante no se comporte como si estuviera en un hotel, que se muestre colaborador con las tareas del hogar y, aunque no se espere que comparta los gastos de la comida, que realice algún aporte con la compra de algunos alimentos.
En La Plata hay unos mil miembros y entre 30 y 40 participan de reuniones de bienvenida a los recién llegados.
Josh, un joven norteamericano que está desde hace dos meses en la Argentina para perfeccionar su castellano, cuenta que ésta es su segunda experiencia de intercambio porque hace unos años vivió un tiempo en Brasil. “Me gusta mucho el país y su gente, son todos muy cálidos y amigables. La única experiencia negativa que tuve fue que apenas llegué me robaron el celular en capital federal. Tampoco me gusta que cualquier trámite que haya que hacer se demore tanto tiempo”, afirma el joven que acaba de terminar en Estados Unidos una carrera vinculada a la sociología económica.
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