Correr para vivir: la historia de Eduardo Fraire

Correr para vivir: la historia de Eduardo Fraire
Se llama Eduardo Fraire. A los 19 años tuvo un accidente automovilístico. Estuvo en coma 4 y le quedó la cadera fija. Le aconsejaron correr para poder sobrevivir. Hoy, a los 39, es maratonista.

Nadie anda de noche, en pleno invierno, en la ciclo vía de barrio Ayacucho, ahí donde la calle Capdevilla corta hasta la respiración. Divide a los buenos de los malos. No hay nadie. Eduardo Fraire mira para los dos costados. Se sube la campera polar. Se ajusta los cordones de sus zapatillas deportivas fluorescentes y sale, corre, avanza.

Los vecinos ya lo conocen. Saben de quién se trata. No es ningún “loquito”. Es apenas un tipo que entendió que para vivir tenía que correr. Que no podía quedarse detenido. Eduardo Fraire tiene 39 años. Dos hijos (Enzo, de tres, y Sara, de siete). Una mujer de fierro como Mónica. Y una vida. Sobre todo una vida.

Que casi se le va a los 19. Cuando andaba “perdido” como él mismo lo dice. Le gustaba la noche. La bebida. Las mujeres. Y andar en su auto de bar en bar. Había amigos a montones. Fue justo ahí cuando su historia se partió en dos.

“Yo viví una vida hasta la noche del accidente. Y otra vida desde esa noche en adelante, cuando empecé mi recuperación”, cuenta.

Un choque en auto lo dejó en coma 4. “Estuve ahí cerquita de partir, maestro”. Tuvo luxación de cadera y traumatismo de cráneo. No fue una quebradura normal. Y su cadera quedó fija. “Pero mirá que sabia es la naturaleza. Si no hubiera tenido traumatismo de cráneo estaríamos hablando de un reemplazo de cadera. Eso no sucedió. Todo lo que tengo es mío. No tengo nada externo”, dice, y se toca esa misma cadera con la mano derecha. Sí, es suya. Y está firme.

“Dios me dio una oportunidad y la voy a aprovechar mucho mejor que la vida anterior”.

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El silencio se adueña del Hospital Privado. Eduardo ya está mejor. Pero debe arrancar la rehabilitación. El doctor Castillo Morales lo mira fijo y le dice: “Eduardo, va a tener que empezar a caminar, luego a trotar. Es la mejor manera de recuperarse. Si no, va a quedar inmovilizado”.

Fue el clic necesario para él, que ya había entendido todo. Dejó la noche, la bebida y las mujeres. Y comenzó, casi sin saberlo, a transformarse en un deportista. Un maratonista, o “medio maratonista” como dice él, ya que las competencias para personas normales son de 42 kilómetros. Eduardo corre 21. Y asombra a propios y extraños.

Arrancó trotando por la ciclo vía de barrio Ayacucho. Hasta que un día se animó a participar de una maratón en San Roque, en 2009. “Esto es reciente”, explica. Fue algo corto, entre 8 y 10 kilómetros. Fue el inicio. Desde allí, no se detuvo: maratón de Moreno, en Buenos Aires (7/03/2010), maratón Pampa Traviesa (La Pampa, 11/04/10), 9º maratón Adidas (Rosario, 09/05/10), maratón 437º aniversario ciudad de Córdoba (04/07/10), maratón Bicentenario (Paraguay, 08/08/10), maratón Puerto de Valparaíso (Chile, 17/10/10), maratón Pampa Traviesa (10/04/11), maratón Rosario (08/05/11), maratón New Balance Buenos Aires (12/06/11).

“No me olvido más de la de Valparaíso. Estaba a unos metros de la meta y la gente se acercaba para saludarme, me querían tocar... Fue algo muy raro. Después pregunté y me dijeron que en Chile generalmente los discapacitados no hacen deporte. Era algo groso para ellos. Y yo pensaba: ‘acá en Córdoba cuando llego me están esperando mis hijos y mi señora en la meta. Nadie sabe del esfuerzo que hago’”.

Hincha de Racing de Nueva Italia, antes del accidente Eduardo jugaba al fútbol, “pero no a nivel profesional”. También estudiaba administración de empresas. Pero su vida no estaba bien administrada. “Tenía una vida descontrolada. Ahora aprendí a vivir. A los golpes, pero aprendí. Tenía mucha noche, alcohol, mujeres... Fue un freno a esa vida. No era ese camino. Salí de un coma cuatro y entendí que tenía una oportunidad. Que tenía que vivir bien”.

“Yo no tenía ni idea lo que era una maratón. Esto fue de a poco. Empecé a ver que me hacía bien. Que mi cuerpo lo necesita. Hay días que no puedo salir a entrenar, y siento que mi cuerpo me pide que salga a correr. Yo trabajo de 14 a 20; a veces llego a las ocho, ocho y media, y me pongo los largos y salgo. Mi cuerpo me lo pide”.

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Eduardo se levanta su buzo y en el cuerpo tiene las marcas. Los tajos de aquella vida: una cicatriz producto de una traqueotomía, otra de una gastrostomía por donde lo alimentaban, una en el medio del pecho por drenaje que debieron hacerle en los pulmones. Y la lista sigue: “Tengo esta marca acá, en toda la mano derecha (se corre la manga y muestra una eterna cicatriz), y también otra en el pie derecho”. Es la memoria de su cuerpo.

“Supe salir a flote como estaba. Yo me acepté a mí mismo. Así la voy a pelear de acá en adelante”, afirma.

“Yo no me considero bueno como maratonista. Considero que estoy haciendo un esfuerzo que no lo hace cualquiera. Sólo lo entienden los atletas como uno. Ellos ven el esfuerzo. ‘Mirá este loco con la cadera fija, corre lo mismo que nosotros’. Hacemos distintos tiempos, por supuesto. Pero a pesar de mi discapacidad no tengo techo. Día a día trato de superarme”.

Lo mismo le sucedió en su vida fuera de la maratón. A pesar de su discapacidad, buscó su lugar. Primero encontró trabajo como viajante de la empresa Cargo. La cosa no funcionó, y se dedicó a ser vendedor de zapatos. Hasta que finalmente le dieron una oportunidad en el Ministerio de Solidaridad. Allí trabaja actualmente, justamente en el área de discapacidad. “Estoy en el PROSAT, que es un programa para la gente discapacitada sin obra social. Se les da ayuda, no económico, sino que les cubren la rehabilitación, ayuda técnica y lo que necesiten. Entré al Ministerio cargando datos en la computadora, pero como tengo la mano en garra no podía cargar con la misma velocidad. Así que pasé al área de discapacidad... Hemos andado y remado. Yo sé lo que es la calle. Ahora gracias a Dios tengo algo estable para mis hijos. Soy contratado, llevo cuatro años... Espero pasar a planta permanente”.

La maratón de La Pampa y Rosario las corre todos los años. Y en septiembre quiere volver a Chile. Su gran apoyo económico para viajar fue el ex Ministro de Desarrollo Social Juan Carlos Massei. Hoy, ya no tiene ese respaldo. De todos modos, recibe una beca de la Agencia Córdoba Deportes que suma. “Te estimula a seguir”, dice Fraire, ante la atenta mirada de sus hijos Enzo y Sara, que van de su mano a todos lados. Y también cruzan la meta apretándole los dedos en cada carrera que compite.

El 6 de julio se viene la maratón de la Ciudad de Córdoba. El 9 de julio otra competencia en Río Segundo. Son sus próximos objetivos.

“Esto es una lucha de todos los días. Yo corro y me siento vivo”.

Ya sabe. Si anda de noche por la ciclo vía de barrio Ayacucho pueden cruzarse con él. Con Eduardo Fraire. No se asuste. Es sólo un hombre que corre para vivir.

Su vida. Eduardo. Fraire es un atleta con discapacidad motora, con mano en garra y cadera fija, corre una media maratón por mes.

¿Dónde? Medio. El medio maratón es una carrera a pie de larga distancia cuya distancia es de 21 km; es decir, la mitad de la de un maratón.

Próximas carreras. El 6 de julio se viene la maratón de la Ciudad de Córdoba. El 9 de julio otra competencia en Río Segundo.

Además, enseña. Eduardo también trabaja en la Fundación Mi Casa en Pozo del Tigre, que se encuentra camino Jesús María. Allí va todos los jueves y colabora con chicos discapacitados, enseñándoles a correr y realizar ejercicios físicos.

“Les inculcó a los chicos que pueden lograr sus objetivos. Van chicos de todo tipo de discapacidad, chicos down, parálisis cerebral, con discapacidad leve también... En vez de ver la vida, ‘mirá lo que me pasó, por qué a mí’. Esto tiene una razón de ser. Y entonces tengo que ayudar a pares míos a que tengan una mejor calidad de vida. Eso te llena el alma, estar con esos chicos es algo que no puedo describir”.

Su historia:

» Eduardo Fraire comenzó a correr en el 2009. Tiene 39 años. Su familia viaja a todas las competencias con él.

» Durante cada competencia, Eduardo se detiene para hidratarse y alimentarse. Su máximo son 21 kilómetros.

» Lo más emotivo es cuando llega a la meta. Siempre lo esperan sus hijos Sara y Enzo para completar la competencia.

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