De cómo el deporte ayudó a que dos jovencitas con problemas de discapacidad volvieran a creer en sí mismas tras una infancia para el olvido.
Las “mellis”, como las llaman en su casa de Villa Allende, no son mellizas. Para la medicina, son gemelas. Para los suyos, no. Las “mellis “ suena más cariñoso, más simpático, cuentan en su hogar. Para el ojo humano, da igual. Es imposible distinguirlas a simple vista. Antonella y Stefanía son idénticas. Se visten parecido, usan los mismos lentes y son capaces de correr 100 metros llanos en menos de 12 segundos. Rápido. Como pasó todo en sus vidas.
Antonella y Stefanía son el orgullo de la familia. Son atletas que compiten en torneos para menores con problemas de discapacidad. Ellas ven poco (su agudeza visual las obliga a utilizar anteojos con vidrios tan gruesos que sobresalen del marco) y sufren una disminución intelectual leve. Pero saltan lejos, corren rápido y son capaces de lanzar una bola maciza que pesa cerca de la décima parte de su masa corporal a más de 7 metros de distancia.
Estas adolescentes encontraron en el atletismo y la contención familiar el boleto de ida para seguir adelante. Mientras entrenan en el colegio especial Juana Manso y en el Polideportivo Municipal de Villa Allende, lanzan una bola que catapulta recuerdos negros y se alejan tan rápido de los tacos de largada de la pista de carreras como dejan atrás su tomento. Para convertirse en las hijas, que, como su mamá Norma Palacios (34 años) definió, todo padre quiere tener.
Alejarse de los golpes. La historia de la “mellis” remonta a cambios constantes. Algunos malos, muy malos. Otros que dejan ilusionarse. Nacieron junto a sus otros dos hermanos (una nena, mayor; y un varón, menor) en la provincia de Entre Ríos. Su padre biológico, quien les dio su actual apellido, ese que agoniza en sus documentos (lo cambiarán dentro de muy poco por el de la actual pareja de su madre, a quien ellas consideran su papá, Marcelo Noé de 45 años) nunca fue su padre. Los golpes y el alcohol alejaron a Norma de su ex pareja. Y, por ende, a las “mellis”, quienes junto a su mamá y todos sus hermanos arribaron a Córdoba, luego de una fugaz escala por Buenos Aires.
Ya en esta provincia, su madre tomó una decisión de la que creía no iba a arrepentirse: entregó por propia voluntad a sus cuatro hijos a la Casa del Niño del Padre Aguilera de Unquillo (entidad investigada por la Justicia e intervenida desde octubre del año pasado por el Gobierno de la Provincia por maltrato infantil y por mal uso de fondos). “Estaba en una situación de extrema vulnerabilidad y tenía miedo de que la Justicia me los quitara, por eso lo hice”, explicó Norma. Su residencia, con visitas periódicas, iba a ser pasajera. Hasta que la madre normalizara su vida, encontrara pareja, trabajo y un lugar donde vivir. Pero la estadía se postergó.
Vivir sin privilegios. Dentro de la Casa, las “mellis”, que tenían 3 años cuando ingresaron y su hermana Gabriela, por entonces de 4 y hoy con 16 años, fueron separadas de su hermano Gabriel –que era bebé– y tratadas con una particular diferencia. El niño fue criado de manera “premium”. Se convirtió en el consentido de una de las jefas de las distintas “casitas” que formaban parte del complejo y vivió una vida de lujos y fantasía. Sus hermanas, por el contrario, cambiaron muñecas por trapos para limpiar pisos, comieron sobras, tomaron agua de una zanja, se llenaron de piojos y se vistieron como pudieron con lo que encontraron. De acuerdo con lo expresado por su madre, fueron tratadas como “perras”.
Norma nunca imaginó la realidad que se ocultaba detrás del portón. Estaba convencida de que había tomado la decisión acertada. No se recrimina todo, pero no pueda evitar llorar al recordar que no pudo estar al lado de su hija mayor para contenerla al momento en que ésta se cruzó a la vereda de las “mujeres” y abandonó la niñez. Norma parece curtida. Relata su experiencia –y la de sus hijas– de memoria, con precisión y sin sollozar, aunque a veces se quiebra y suelta su tristeza.
“La casa cambió mucho cuando murió el padre, aunque en los últimos tiempos a él ya se le iban de las manos algunas cosas”, recuerda la mujer. Desde el fallecimiento de Aguilera, las visitas se redujeron. Solo se permitían para los segundos domingos de cada mes y cuando se postergaban, no se recuperaban. Se perdían. Además, durante las audiencias para recuperar la guarda, Norma dice que nadie desde la Casa llevaba a sus hijas, que les mentían para que no se pudieran encontrar.
“La distancia y la discriminación generaron celos y rencores entre los hermanos”, se lamenta la madre. Las niñas añoraban dejar la casa, en tanto que el varón se encariñó con su “madrastra” y se negó a abandonarla en el momento en que Norma comenzó con los trámites de retorno de tenencia. A tal punto que Gabriel vive actualmente con esta mujer y visita los fines de semana el nuevo hogar de su familia biológica.
Los Noé se mudaron hace 7 meses a su actual vivienda porque la anterior –en venta– quedaba muy cerca de la Casa del Niño. Personas y memorias sobrevolaban la zona.
Volver a casa. Los casi 10 años que las “mellis” estuvieron dentro de la institución quedaron atrás. Ya con el alta psicológica, viven entre afectos. Volvieron hace dos años a casa luego de sobrepasar las “trabas” que según Norma pusieron desde la Justicia para devolverle a sus hijas. Su hermana lo hizo 5 meses más tarde. El más chico todavía no se decide. Su familia lo espera y sueña con juntarlos a todos. “No me las querían dar porque la casa cobraba un subsidio de 3500 pesos por cada chico que había ahí dentro. Eran un número para ellos”, contó indignada la mujer. Hoy, tras el vendaval, parece estar asomando la calma. Al mismo tiempo en que la familia que alguna vez Norma quiso tener y no pudo toma forma, sus hijas se transforman en atletas y se alejan de una infancia que ningún niño envidiaría. Así, ante el orgullo de madre y la entrega de un hombre que, a pesar de tener dos hijos de otra pareja, optó por hacerle frente a esta aventura, las “mellis” siguen creciendo. De prisa. Como es su costumbre desde pequeñas.
Oro. Ganaron medallas de oro en posta en Natal (Brasil) y, antes, cuatro preseas en Juegos Evita 2012.
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Bienvenido atletismo
El deporte les sirvió para creer en sí mismas y superarse. Su profesor en el Instituto Juana Manso y descubridor en esto de correr como gacelas, Fabián Llobet, manifestó que el atletismo mejoró notablemente sus autoestimas (que venían por el piso al momento de ingresar al colegio) y las ayudó a tomar decisiones por su cuenta, a la interacción social y servirá, según pronostica, como un disparador para continuar y perfeccionarse.
La casa de los Noé empieza a tomar color con la actividad de Anto y Stefi y el deseo de su hermana Gabriela de ser boxeadora en el club Argüello Juniors (cuando termine el secundario, Gaby quiere ser policía). El bichito parece haberles picado a todas.
Entre medallas de oro y plata, remeras sin mangas para correr más cómodas y zapatillas con clavos para no deslizarse en la pista, la casa de los Noé reverdece.
La familia apoya y fomenta el deporte en sus hijas, algo que para Llobet, resultó fundamental en el éxito de las “mellis”. A tal punto que el sostén no es solo moral: Marcelo, el papá de la vida aunque no de la sangre, corre a su lado en la plaza céntrica de Villa Allende para tomarles el tiempo. Bajo la mirada curiosa de los peatones. En verano y de vacaciones, los entrenamientos no aflojan. El atletismo es cosa seria para ellas.
Por la mañana, porque Marcelo trabaja de noche, salen a la plaza. Pulen la técnica de lanzamiento y tratan de romper marcas de cara a una competencia que cada vez será más exigente (al tener 15 años recién cumplidos, pasarán de la categoría sub 14 a sub 16, quedando como las más chicas dentro de ella).
El próximo reto puede ser una olimpíada organizada por la Fundación para la Investigación y el Desarrollo de la Educación Especial (FIDES) a disputarse en Colombia en junio próximo. Las invitaron por los logros cosechados en el sudamericano escolar de Brasil en noviembre del año pasado.
Las “mellis” se trajeron de Natal la sonrisa de haber viajado en avión por primera vez, la adrenalina de tirarse por toboganes de agua en un hotel lujoso y medallas.
Ganaron el oro en la posta 5x80 metros en la que participaron juntas. Antes, habían tenido una gran performance en los Juegos Nacionales Evita de 2012, donde se adueñaron de 3 preseas cada una, repitiendo el oro en posta.
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Ayudar
Las hermanas Noé necesitan costear los gastos por su cuenta para viajar a Colombia en junio. Las competencias anteriores tenían apoyo oficial. Cualquier empresa privada u organismo público que esté interesado en sponsorear el desarrollo de estas atletas amateurs, puede comunicarse con su madre Norma Palacios, cuyo celular es: 03543-15626255.
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